🕷️𝑺𝒆𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝑪𝒆𝒓𝒓𝒂𝒅𝒂🕷️

Al principio no parecía nada. Un simple “hola”.
De esos saludos que te cruzas cada día en redes, anodinos, inofensivos.
Intercambiamos dos o tres frases tontas, comentarios sobre fotos, chistes flojos… lo típico.
Pero él estaba siempre.
A cualquier hora.
Como si vigilara el momento exacto en el que yo me conectaba.

Parecía simpático. Amable. Demasiado atento.
Hasta que un día, sin que viniera a cuento, me pidió una foto sexy.
Así, como si yo fuese una ficha más en su catálogo privado.

Le dejé claro que conmigo esas cosas no iban.
Pero él no desapareció: cambió.
Sus mensajes se volvieron más turbios, más invasivos, más valientes.
Y cuando lo bloqueé, no fue un adiós:
fue el comienzo.

Porque volvió.
Con otro nombre.
Otra foto.
Otra excusa.
Siempre con ese tono entre amable y afilado que no necesitaba presentación.
Era él.
Lo sabía por cómo escribía, por lo que insinuaba, por cómo parecía recordar detalles que yo no había vuelto a mencionar.

Y no paraba.
Cada día surgía un perfil nuevo, una cuenta recién creada, un saludo disfrazado.
Yo intentaba pasar página, pero él siempre se las arreglaba para colarse por un resquicio que yo no había visto.

Una noche recibí un mensaje que me dejó el estómago frío:
una foto de la fachada de mi casa.

Sin comentario.
Sin contexto.
Solo esa imagen, tomada desde la acera, como si hubiera estado allí hacía minutos.

Se la envié a mis amigas, a moderación, a quien pude.
Pero, ¿qué puedes denunciar cuando el acosador cambia de piel cada cuarenta y ocho horas?

Me harté.
Cambié contraseñas, borré perfiles, instalé verificación en dos pasos, tres pasos, los que hicieran falta.
Pero él encontraba nuevas entradas, como si conociera mis hábitos mejor que yo misma.
No era insistencia.
Era técnica.

Cada vez que aparecía un nuevo mensaje suyo, venía acompañado de algo que no debía saber:
una frase que yo solo había dicho por privado,
el nombre de una calle cercana,
una foto antigua que creí borrada para siempre.

Empecé a dormir mal.
A revisar la mirilla.
A escuchar ruidos que quizá siempre estuvieron, pero ahora me hablaban otro idioma.

Una madrugada, mientras intentaba escribir para despejarme, me llegó un correo desde una dirección sin nombre.

El asunto era una sola palabra:
“Guapa.”

Dentro había un vídeo.
Grabado desde fuera de mi ventana.
Yo, sentada en mi salón, leyendo, con el móvil apoyado en la pierna.

Estuve diez minutos sin mover ni un músculo.
Era yo.
Esa era mi ventana.
Esa era mi luz encendida.
Ese era mi jersey naranja.
Y ese era un vídeo que yo no grabé.

Llamé a la policía.
Tomaron nota.
Prometieron “mirar el caso”.
Ya sabes cómo va.
Pero yo no podía seguir mi vida normal sabiendo que alguien había estado en mi calle, en mi ventana, más cerca de mí de lo que jamás debería.

Apagué redes.
Eliminé cuentas.
Desaparecí digitalmente.

Y él…
desapareció conmigo.
Durante semanas no supe nada.
Silencio puro.
Oscuro.
Como si se hubiera aburrido, o hubiera encontrado otra víctima.

Hasta que hoy, a las 3:17 de la madrugada, me llegó un mensaje a un correo que solo conocen dos personas y ninguna de ellas soy yo desde hace años.

Un correo con asunto vacío.
En el cuerpo, solo dos líneas:

“Sabía que ibas a volver a escribir.
No te escondas tanto, cielo. Te echo de menos.”

Y debajo, una foto.
De mi salón.
De hace cinco minutos.

Yo, escribiendo esto.




Comentarios

Entradas populares de este blog

𝗣𝖗𝖊𝖘𝖊𝖓𝖙𝖆𝖈𝖎𝖔́𝖓

🕷️𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐𝒔 -𝟐 🕷️

🕷️𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐𝒔 -𝟏 🕷️