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Al principio no parec铆a nada. Un simple “hola”.
De esos saludos que te cruzas cada d铆a en redes, anodinos, inofensivos.
Intercambiamos dos o tres frases tontas, comentarios sobre fotos, chistes flojos… lo t铆pico.
Pero 茅l estaba siempre.
A cualquier hora.
Como si vigilara el momento exacto en el que yo me conectaba.
Parec铆a simp谩tico. Amable. Demasiado atento.
Hasta que un d铆a, sin que viniera a cuento, me pidi贸 una foto sexy.
As铆, como si yo fuese una ficha m谩s en su cat谩logo privado.
Le dej茅 claro que conmigo esas cosas no iban.
Pero 茅l no desapareci贸: cambi贸.
Sus mensajes se volvieron m谩s turbios, m谩s invasivos, m谩s valientes.
Y cuando lo bloque茅, no fue un adi贸s:
fue el comienzo.
Porque volvi贸.
Con otro nombre.
Otra foto.
Otra excusa.
Siempre con ese tono entre amable y afilado que no necesitaba presentaci贸n.
Era 茅l.
Lo sab铆a por c贸mo escrib铆a, por lo que insinuaba, por c贸mo parec铆a recordar detalles que yo no hab铆a vuelto a mencionar.
Y no paraba.
Cada d铆a surg铆a un perfil nuevo, una cuenta reci茅n creada, un saludo disfrazado.
Yo intentaba pasar p谩gina, pero 茅l siempre se las arreglaba para colarse por un resquicio que yo no hab铆a visto.
Una noche recib铆 un mensaje que me dej贸 el est贸mago fr铆o:
una foto de la fachada de mi casa.
Sin comentario.
Sin contexto.
Solo esa imagen, tomada desde la acera, como si hubiera estado all铆 hac铆a minutos.
Se la envi茅 a mis amigas, a moderaci贸n, a quien pude.
Pero, ¿qu茅 puedes denunciar cuando el acosador cambia de piel cada cuarenta y ocho horas?
Me hart茅.
Cambi茅 contrase帽as, borr茅 perfiles, instal茅 verificaci贸n en dos pasos, tres pasos, los que hicieran falta.
Pero 茅l encontraba nuevas entradas, como si conociera mis h谩bitos mejor que yo misma.
No era insistencia.
Era t茅cnica.
Cada vez que aparec铆a un nuevo mensaje suyo, ven铆a acompa帽ado de algo que no deb铆a saber:
una frase que yo solo hab铆a dicho por privado,
el nombre de una calle cercana,
una foto antigua que cre铆 borrada para siempre.
Empec茅 a dormir mal.
A revisar la mirilla.
A escuchar ruidos que quiz谩 siempre estuvieron, pero ahora me hablaban otro idioma.
Una madrugada, mientras intentaba escribir para despejarme, me lleg贸 un correo desde una direcci贸n sin nombre.
El asunto era una sola palabra:
“Guapa.”
Dentro hab铆a un v铆deo.
Grabado desde fuera de mi ventana.
Yo, sentada en mi sal贸n, leyendo, con el m贸vil apoyado en la pierna.
Estuve diez minutos sin mover ni un m煤sculo.
Era yo.
Esa era mi ventana.
Esa era mi luz encendida.
Ese era mi jersey naranja.
Y ese era un v铆deo que yo no grab茅.
Llam茅 a la polic铆a.
Tomaron nota.
Prometieron “mirar el caso”.
Ya sabes c贸mo va.
Pero yo no pod铆a seguir mi vida normal sabiendo que alguien hab铆a estado en mi calle, en mi ventana, m谩s cerca de m铆 de lo que jam谩s deber铆a.
Apagu茅 redes.
Elimin茅 cuentas.
Desaparec铆 digitalmente.
Y 茅l…
desapareci贸 conmigo.
Durante semanas no supe nada.
Silencio puro.
Oscuro.
Como si se hubiera aburrido, o hubiera encontrado otra v铆ctima.
Hasta que hoy, a las 3:17 de la madrugada, me lleg贸 un mensaje a un correo que solo conocen dos personas y ninguna de ellas soy yo desde hace a帽os.
Un correo con asunto vac铆o.
En el cuerpo, solo dos l铆neas:
“Sab铆a que ibas a volver a escribir.
No te escondas tanto, cielo. Te echo de menos.”
Y debajo, una foto.
De mi sal贸n.
De hace cinco minutos.
Yo, escribiendo esto.
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