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Vivir en un s茅ptimo piso te otorga una falsa sensaci贸n de inmunidad. Desde aqu铆, el mundo es una maqueta silenciosa; los coches son juguetes y las personas, apenas puntos que se desplazan sin importancia. Las ventanas son, en teor铆a, fronteras infranqueables para cualquiera que no tenga alas. O al menos eso cre铆a yo hasta que apareci贸 茅l.

La primera vez fue un martes de lluvia. Un reflejo r谩pido, una mancha p谩lida contra el cristal empapado. Pens茅 que era un efecto 贸ptico, un juego de luces de los faros de la calle rebotando en el agua. Pero entonces, la mancha parpade贸.

Era una cara. Una cara humana, pero con esa cualidad est谩tica de las m谩scaras de cera. No hay repisas fuera de mi ventana, no hay andamios, no hay escaleras de incendio que alcancen esta altura. Solo hay vac铆o y una ca铆da de veinticinco metros hacia el asfalto. Y, sin embargo, ah铆 estaba, suspendido en el aire, mir谩ndome con una curiosidad obscena.

Lo que realmente me inquieta no es el miedo a lo desconocido, sino la normalidad de su presencia. No flota como un fantasma de pel铆cula, no atraviesa el cristal. Simplemente est谩 ah铆, como si el aire fuera s贸lido bajo sus pies invisibles. A veces, cuando el viento sopla con fuerza y hace vibrar los marcos de las ventanas, su pelo no se mueve. Ni un solo mech贸n.

Hay noches en las que sonr铆e. Es una sonrisa que no llega a los ojos, una exposici贸n mec谩nica de dientes demasiado blancos que parece decir: «S茅 que est谩s solo ah铆 dentro». Otras veces, simplemente me observa durante horas mientras intento leer o ver la televisi贸n. Siento su mirada como una presi贸n f铆sica en la nuca, un peso que me obliga a cerrar las cortinas, aunque s茅 que la tela no es m谩s que un velo de autoenga帽o. 脡l sigue ah铆 detr谩s.

He dejado de llamar a la polic铆a. ¿Qu茅 les dir铆a? «Hay un hombre flotando frente a mi sal贸n». Me tomar铆an por loco o por drogadicto. He empezado a investigar la historia del edificio, buscando suicidios o accidentes, pero el registro est谩 limpio. No es un eco del pasado; es algo que pertenece al presente, algo que ha decidido que mi ventana es su mirador personal.

脷ltimamente, la ansiedad ha dado paso a una pregunta mucho m谩s aterradora. Anoche, por primera vez, golpe贸 el cristal. Fue un toque suave, r铆tmico, casi educado. Toc, toc, toc.

Me acerqu茅, temblando, y pegu茅 mi rostro al vidrio. 脡l no se alej贸. Sus ojos, negros como el petr贸leo, estaban a escasos cent铆metros de los m铆os. Susurr贸 algo que no pude o铆r, pero sus labios formaron una palabra clara: «Sube».

Y ah铆, en la soledad de mi apartamento a setenta pies de altura, entend铆 el verdadero horror. Lo m谩s raro no es c贸mo alguien consigue estar siete pisos arriba y sonre铆r. Lo aterrador es que, cada vez que lo miro, el vac铆o de afuera me parece m谩s acogedor que el silencio de mi propia casa. Me pregunto si la cara no est谩 ah铆 para asustarme, sino para invitarme. Quiz谩s solo sea cuesti贸n de tiempo antes de que yo tambi茅n aprenda que, para algunos, la gravedad es opcional.


El aislamiento de mi apartamento empez贸 a resquebrajarse la noche en que decid铆 bajar a la lavander铆a del s贸tano. En el ascensor me cruc茅 con la se帽ora del 4潞B, una mujer que siempre llevaba el perfume demasiado fuerte y una sonrisa de cortes铆a ensayada. Pero esa noche, su reflejo en el espejo del ascensor era distinto. Ten铆a las ojeras hundidas y las manos le temblaban tanto que las llaves repicaban como campanas f煤nebres.

—¿Usted tambi茅n la ve? —le pregunt茅, sin filtros, con la voz quebrada por semanas de vigilia.

Ella no me mir贸. Clav贸 la vista en el panel de botones, pero sus nudillos se pusieron blancos. —En este edificio no se habla de lo que hay fuera de los cristales —susurr贸 con un hilo de voz—. Si no les das importancia, a veces... a veces se cansan de sonre铆r.

El ascensor se detuvo. Ella sali贸 casi corriendo, dej谩ndome con un vac铆o en el est贸mago que pesaba m谩s que la propia gravedad. No estaba solo. Cada ventana de este bloque de hormig贸n ten铆a su propio centinela.

Regres茅 a mi piso y, en lugar de cerrar las cortinas como hac铆a siempre, apagu茅 todas las luces. Quer铆a ver. Me pegu茅 al cristal, pero no mir茅 a la cara que ya estaba all铆, esper谩ndome con su habitual quietud de m谩rmol. Mir茅 hacia abajo, hacia las ventanas de mis vecinos.

Lo que vi me hel贸 la sangre m谩s que cualquier espectro.

A lo largo de la fachada del edificio, como si fueran g谩rgolas invisibles o insectos gigantes adheridos al ladrillo, hab铆a docenas de figuras. Algunas estaban est谩ticas, otras se balanceaban r铆tmicamente frente a los cristales del quinto, del tercero, del d茅cimo. Eran hombres, mujeres y ni帽os, todos con esa palidez cadav茅rica, todos flotando en el vac铆o absoluto a metros de altura. Y lo peor de todo: desde las habitaciones oscuras, mis vecinos tambi茅n miraban. Vi siluetas tras las cortinas, manos apoyadas en el vidrio, rostros que compart铆an el mismo destino que el m铆o.

Nadie llamaba a la polic铆a. Nadie gritaba. Era un pacto de silencio urbano, una convivencia forzada con lo imposible.

Mi visitante golpe贸 el cristal de nuevo, pero esta vez no fue un toque suave. Fue un golpe seco, con la palma de la mano abierta. El sonido reson贸 en todo el apartamento vac铆o. La cara se acerc贸 tanto que su aliento no empa帽贸 el vidrio; ellos no respiran, solo esperan.

—¿Por qu茅? —le grit茅, golpeando yo tambi茅n el marco de madera.

脡l no respondi贸 con palabras, pero se帽al贸 hacia abajo. Vi a un hombre en el quinto piso abrir su ventana. No hubo grito, no hubo lucha. Simplemente se dej贸 caer hacia fuera, y en lugar de precipitarse contra el suelo, su cuerpo se detuvo en el aire. Sus pies se despegaron de la repisa y se qued贸 all铆, suspendido, girando lentamente hasta quedar de frente a su propia ventana vac铆a. Su rostro empez贸 a palidecer, sus facciones a endurecerse como la cera.

Ya no era un vecino. Ahora era uno de ellos. Hab铆a ocupado su puesto en la guardia eterna.

Entend铆 entonces que el s茅ptimo piso no era una protecci贸n, sino un pelda帽o. La cara en mi ventana no me estaba acosando; estaba esperando a que mi resistencia se agotara, a que la soledad pesara m谩s que el miedo a caer. Ma帽ana, quiz谩s, alguien nuevo se mudar谩 al 7潞A. Y cuando esa persona mire por la ventana buscando las luces de la ciudad, se encontrar谩 conmigo, sonriendo desde el otro lado del cristal, invit谩ndola a subir.


La ma帽ana naci贸 con un color gris ceniza, pero la luz no trajo el consuelo habitual. El cristal de mi sal贸n ya no era una barrera; era una membrana tensa, un tambor que vibraba con la frecuencia de algo que late fuera de la f铆sica. Me puse en pie y not茅 que mis pasos no produc铆an sonido. No era silencio, Clara, era ausencia. Al mirar hacia abajo, vi que mis pies no tocaban la alfombra por apenas un mil铆metro. Una luz sucia se filtraba por ese espacio infinitesimal.

脡l segu铆a all铆. Pero ya no sonre铆a con esa rigidez mec谩nica. Su rostro se hab铆a relajado, adoptando una expresi贸n de bienvenida casi fraternal. Apoy贸 la palma de su mano contra el vidrio y, por primera vez, el cristal no cruji贸; se curv贸 hacia adentro como si fuera agua estancada.

—Es el momento —cre铆 escuchar, no en mis o铆dos, sino en la m茅dula de mis huesos.

Camin茅 hacia la ventana abierta. El viento de la ciudad, a setenta pies de altura, deber铆a haber sido un rugido azotando mis cortinas, pero el aire en la habitaci贸n estaba sobrenaturalmente quieto. Me asom茅 al abismo. Abajo, el asfalto era una idea remota, un recuerdo de una vida donde las cosas caen. Vi a la se帽ora del 4潞B; ahora ella tambi茅n flotaba, de espaldas al vac铆o, peinando el cabello de una figura infantil que permanec铆a suspendida a su lado. No hab铆a horror en sus ojos, solo una paz g茅lida, la paz de quien ya no tiene que sostener el peso de su propia existencia.

Sent铆 un tir贸n en el pecho, una levedad insoportable. Mis dedos soltaron el marco de madera y, en lugar de precipitarme hacia la muerte, sent铆 c贸mo la gravedad se invert铆a. Mis pies se elevaron por encima del nivel del marco. El vello de mis brazos se eriz贸 mientras mi cuerpo encontraba su nuevo eje en la nada. Ya no era un habitante del s茅ptimo piso; era un sat茅lite de mi propia soledad.

Me gir茅 en el aire, con la torpeza de un reci茅n nacido, hasta quedar frente a frente con 茅l. Su piel no era de cera, sino de una transparencia cristalina que reflejaba las nubes. Me tendi贸 la mano. Al rozar sus dedos, sent铆 un fr铆o absoluto que detuvo mi coraz贸n, pero no necesit茅 que latiera. El aire se volvi贸 s贸lido bajo mis plantas, una plataforma invisible que se extend铆a hacia el horizonte de tejados.

Mir茅 hacia el interior de mi apartamento. El televisor segu铆a encendido, emitiendo est谩tica; una taza de caf茅 a medio terminar se enfriaba sobre la mesa. Ese mundo de objetos pesados y leyes inmutables me pareci贸 de repente una prisi贸n rid铆cula. Ya no era yo quien estaba encerrado. Los encerrados eran ellos, los que segu铆an anclados al suelo por el miedo y la carne.

Me acerqu茅 al cristal del 7潞B. All铆, un joven que acababa de mudarse desempaquetaba cajas con movimientos fren茅ticos. Me pegu茅 al vidrio, sintiendo c贸mo mis facciones empezaban a endurecerse, c贸mo mi sonrisa se volv铆a eterna y mi mirada, negra como el petr贸leo. Golpe茅 suavemente. Toc, toc, toc.

脡l se gir贸, p谩lido, dejando caer una l谩mpara que se hizo a帽icos contra el suelo. Pobre infeliz. A煤n cree que las cosas se rompen al caer. No sabe que el verdadero terror no es la ca铆da, sino el descubrimiento de que, una vez que empiezas a subir, ya nunca puedes bajar.




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