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Hay silencios que no son ausencia de ruido, sino la presencia f铆sica de algo que espera con una paciencia mineral. Los llamamos Los Velados, y su existencia es el precio que pagamos por cada fragmento de nosotros mismos que decidimos ocultar por miedo o verg眉enza. No tienen rostro porque se alimentan de los rasgos de quienes se quedan demasiado tiempo mir谩ndolos; roban la curva de una sonrisa, el brillo de una mirada o la firmeza de una mand铆bula, dejando al observador como una fotograf铆a borrosa que se desvanece al sol, una c谩scara vac铆a que camina pero no siente. Ellos no invaden tu hogar con violencia; lo reclaman palmo a palmo, habitando en los rincones que el orden ha olvidado, all铆 donde el polvo se acumula y la luz se rinde antes de tocar el suelo, convirtiendo tu refugio en una celda de sombras.

No tienen voz propia, pero poseen la habilidad de usar el eco de tus propios pensamientos para decirte lo que m谩s temes en el momento justo en que la noche se vuelve m谩s densa. Susurran con tu propio tono de voz, en el teatro de tu mente, repitiendo esas verdades que enterraste por comodidad hasta que se vuelven verdades absolutas que te impiden respirar. Se quedan ah铆, est谩ticos, como estatuas de sal en un desierto de hormig贸n, observando c贸mo te mueves por la casa como si todav铆a fueras el due帽o, mientras ellos ya han empezado a reorganizar tus recuerdos. Dicen que son el residuo de las palabras que no dijimos, de los secretos que asfixiamos bajo la almohada y de las disculpas que nunca llegaron. Cada vez que mientes para salvar las formas, cada vez que finges una vida que no te pertenece, uno de ellos da un paso imperceptible hacia tu cama, acortando la distancia hasta que puedes sentir el fr铆o de su inexistencia rozando tus s谩banas.

No busques ojos bajo esas capuchas de tela cenicienta que parece hecha de telara帽as y olvido. No los hay. Solo hay un vac铆o negro que absorbe la luz y la esperanza, un pozo infinito que succiona la voluntad de quien intenta descifrar lo que hay debajo. Si esta noche sientes que la habitaci贸n est谩 m谩s fr铆a de lo normal, no subas la calefacci贸n; el fr铆o no viene del exterior, ni de las corrientes de aire que se cuelan por las rendijas. Viene de la certeza visceral de que, aunque cierres los ojos y te cubras hasta la cabeza, ellos seguir谩n ah铆, pegados a la pared, a escasos cent铆metros de tu nuca, respirando tu mismo miedo. Vigilando. Esperando a que el 煤ltimo rastro de tu identidad se desvanezca bajo el peso de tus propias mentiras para ocupar, por fin, tu lugar en el mundo de los vivos. Se pondr谩n tu ropa, saludar谩n a tus amigos y vivir谩n tu vida, mientras t煤 te conviertes en un nuevo Velado, esperando en un rinc贸n olvidado a que alguien m谩s comience a mentir.




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