🕷️𝑹𝒆𝒇𝒍𝒆𝒋𝒐 𝑷𝒓𝒐𝒉𝒊𝒃𝒊𝒅𝒐🕷️

 

Siempre pensé que mi casa estaba vacía.
Me decía a mí misma que los ruidos eran el viento, la madera que se dilataba, mi imaginación cansada.
Hasta que empecé a notar los detalles.

Pequeños al principio: un libro caído que nunca había movido, una silla ligeramente girada, pasos que se escuchaban en la noche y que no correspondían a nada humano.
Luego fueron más claros: susurros que se apagaban al girar, sombras que no coincidían con nada que yo conociera, un frío que no se explicaba por la ventana abierta ni por la calefacción.

Una tarde, frente al espejo del pasillo, vi algo que me heló la sangre:
mi reflejo sonreía sin que yo lo hiciera,
sus ojos brillando con un fuego que no era mío.
Sentí cómo la presión en mi pecho se volvía insoportable,
como si una mano invisible apretara mi corazón mientras mi propia imagen me observaba desde el otro lado del vidrio.

Desde entonces, cada vez que paso frente a cualquier cristal, siento que me observa, que aprende mis movimientos, mis secretos, mi miedo.
Cada reflejo se ha vuelto un enemigo silencioso.
Las luces de la casa tiemblan al ritmo de sus risas contenidas, y el eco de mi propia respiración me parece ajeno, como si alguien más estuviera usando mi cuerpo para sobrevivir.

Intenté huir. Mudanzas. Ventanas cerradas. Luces encendidas toda la noche.
Nada sirve.
La sombra creció conmigo, se coló en mi rutina, en cada silencio, en cada esquina.
Escucho pasos en habitaciones vacías.
Siento miradas detrás de puertas cerradas.
Incluso el aire se ha vuelto pesado, denso, cargado de algo que no sé nombrar.

Una noche decidí enfrentarla. Me planté frente al espejo más grande de la casa, aquel que cubría casi toda la pared del salón.
—¿Quién eres? —susurré, la voz temblando.
Mi reflejo no respondió.
Pero la sonrisa se ensanchó, y sus ojos brillaron con una inteligencia cruel, consciente de cada miedo mío, de cada secreto que creía oculto.

Empecé a notar cosas que antes pasaban desapercibidas:
el polvo que se movía sin viento,
el leve roce en la nuca cuando estaba sola,
el sonido de uñas sobre el suelo de madera en el silencio de la madrugada.

Dormir se volvió imposible.
Cada sombra parecía palpitar, acercarse, tantear mis límites.
Incluso el tiempo parece estirarse en mi casa: los relojes se detienen, los segundos se alargan como si la sombra quisiera jugar conmigo, probar mi cordura.

Mis amigos intentan hablarme, pero ya no puedo confiar ni en sus voces.
A veces escucho mi nombre, susurrado desde detrás de las paredes, como si la sombra hubiera aprendido a imitarlo, a deformarlo, a usarlo para atraerme.
Y cuando giro, no hay nadie.
Nunca hay nadie.

Ahora escribo esto con las luces apagadas, solo la pantalla iluminando mi rostro.
Mis dedos tiemblan, no por cansancio, sino porque sé que ya no estoy sola dentro de mi propia cabeza.
Porque el reflejo en cada cristal me sigue, me estudia, y aprende.
Y sé que pronto, cuando me descuide un instante… me atrapará.

El espejo me devuelve su sonrisa otra vez.
Y esta vez estoy segura:
ya no puedo escapar de lo que soy…
ni de lo que me mira desde el otro lado del vidrio.
Ni siquiera en la luz del día estoy segura.

El miedo se ha vuelto mi sombra permanente.
No hay rincón donde esconderme, no hay noche que calme mi corazón.
Solo queda esperar… y mirar, porque mirar significa reconocer que esa cosa existe, y mientras exista, seguirá creciendo.



🕷️𝑹𝒆𝒇𝒍𝒆𝒋𝒐 𝑷𝒓𝒐𝒉𝒊𝒃𝒊𝒅𝒐 2🕷️


Desde aquella noche, nada volvió a ser normal.
La casa parecía respirar.
No era el viento ni la madera que se dilata, era algo más: un latido que se movía bajo los pisos, que vibraba en las paredes, que olfateaba cada uno de mis pasos.

El espejo del pasillo ya no solo me reflejaba.
A veces mostraba cosas que no estaban frente a mí: un rostro que se asomaba detrás, un brazo que rozaba la pared, un par de ojos que brillaban demasiado.
Cada vez que pasaba, sentía un calor húmedo subir por la espalda, un roce invisible que me hacía temblar.

Una madrugada, decidí enfrentarla de nuevo.
Encendí todas las luces, cada bombilla de la casa, esperando que la claridad la debilitara.
Pero incluso bajo la luz más intensa, las sombras se doblaban donde no debía haber nada.
Y la vi: en el reflejo del espejo del salón, un segundo antes de que yo apareciera allí, ya estaba su figura.
No era un simple reflejo de mí, sino algo distorsionado, con los ojos demasiado grandes, la sonrisa demasiado ancha, los dedos largos, afilados, esperando.

Intenté correr, pero la casa había cambiado.
El pasillo se alargaba más de lo que recordaba, la puerta de la cocina estaba donde antes no existía, y el aire olía a humedad y hierro.
Cada sombra que se movía a mis costados parecía una mano invisible buscando atraparme, rozando mi brazo, mi cuello, mis tobillos.
Mi corazón latía a mil, pero sabía que cualquier ruido era una invitación.

Me refugié en mi dormitorio y cerré la puerta, pero al mirar hacia el espejo que colgaba frente a la cama, lo vi otra vez.
No había espejo allí antes.
Era él, o ella, o lo que fuese…
su sonrisa se amplió cuando me observó paralizada, como si disfrutara de cada segundo de mi miedo.

El miedo se volvió físico.
Sentí dedos invisibles rozar mi nuca, un peso sobre el pecho, susurros que me llamaban por mi nombre con voces que no existían.
Intenté tapar el espejo con sábanas, con cartones, con lo que encontré, pero nada funcionó.
Siempre encontraba un hueco, una rendija por donde mirarme.
Siempre aprendía de mis movimientos, de mis hábitos, de mi miedo.

Dormir se volvió imposible.
Cada vez que cerraba los ojos, sentía que su reflejo me aguardaba, acechando en la penumbra de la habitación,
observando cómo respiraba, cómo me movía, cómo intentaba no pensar en él.
Era una presencia constante, un parásito que se alimentaba de mi ansiedad.

Una noche, mientras escribía con la luz de una vela, noté que la sombra se movía fuera del reflejo.
La vi en el suelo, detrás de la mesa, desplazándose sin tocarla, silenciosa, paciente.
Un roce frío me recorrió la pierna y me lancé hacia la puerta.
Al abrirla… nada.
Solo el pasillo, largo, vacío, respirando conmigo.
Pero sabía que allí estaba. Siempre allí.

Ahora la casa entera se volvió un laberinto.
Cada esquina, cada espejo, cada ventana es un potencial ojo que me observa.
Sé que está aprendiendo, que cada miedo mío la hace más fuerte, más audaz, más presente.
Y mientras escribo esto, siento que mis dedos tiemblan… porque sé que pronto, no solo me verá: vendrá por mí.

Aviso final: apaga la luz si quieres… pero recuerda que lo que se refleja en tu espejo aprende, espera y acecha.
Y mientras tú creas que estás sola, tu reflejo ya se mueve en tu mundo, y un día, la frontera entre el cristal y la carne desaparecerá.




Comentarios

Entradas populares de este blog

𝗣𝖗𝖊𝖘𝖊𝖓𝖙𝖆𝖈𝖎𝖔́𝖓

🕷️𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐𝒔 -𝟐 🕷️

🕷️𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐𝒔 -𝟏 🕷️