🕷️𝑺𝒖𝒔𝒖𝒓𝒓𝒐𝒔 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒏𝒊𝒆𝒃𝒍𝒂🕷️
La noche había caído como un peso húmedo sobre la ciudad, y yo avanzaba por la acera sintiendo cómo la niebla me rodeaba los tobillos. Las farolas parpadeaban como si tuvieran miedo de encenderse por completo. Cada sombra parecía estirarse hacia mí. Y aunque intenté convencerme de que era paranoia, sabía que no lo era.
Porque desde hacía un rato, alguien me llamaba.
No con palabras claras, no. Era un susurro suave, envolvente, como si alguien soplara mi nombre muy cerca del oído. Me giré dos veces, tres quizá, pero la calle estaba vacía. Solo la niebla. Solo el silencio.
Y aun así, la voz seguía ahí.
Mi corazón latía muy rápido, y mis pasos se volvieron torpes. No sé si por miedo o porque la calle parecía alargarse, como si quisiera que tardara más en salir de ella. Sentía una presión helada entre los omóplatos, como dedos invisibles guiándome hacia alguna parte.
Y entonces lo vi.
Él.
Quieto bajo una farola moribunda, con la luz temblando sobre su rostro. No sabría decir si era humano. Sé que tenía ojos, pero no parecían mirar: parecían devorar. Y su sonrisa… no era una sonrisa, era un colmillo contenido, un filo.
Quise retroceder. Juro que quise. Pero mis piernas dejaron de responder. La garganta se me cerró. Y en un pestañeo, él ya estaba a mi lado.
No escuché pasos.
No sentí aire.
Solo lo tuve encima.
Y entonces el dolor.
Frío.
Profundo.
Los colmillos entrando en mi cuello como agujas heladas, perforando no solo la piel, sino algo más hondo, más íntimo. Intenté gritar, pero no salió ni un gemido. La niebla se volvió más espesa alrededor, como si quisiera ocultar lo que estaba pasando.
No sé cuánto duró.
Un segundo.
Un año.
Una eternidad suspendida.
Cuando abrí los ojos, él ya no estaba. Ni rastro. Como si hubiera sido un sueño. Pero yo sabía que no lo era, porque mi cuerpo temblaba, y la noche se había quedado clavada dentro de mí.
Caminé a casa sin sentir los pies. A cada paso, escuchaba un murmullo detrás, suave, casi cariñoso, pero no humano. Las luces parpadeaban al pasar, y mi sombra… mi sombra no se movía al mismo ritmo. La vi desdoblarse un instante en un escaparate. Perder forma. Recuperarla demasiado rápido.
Al llegar, cerré la puerta con fuerza, casi con desesperación. Pensé que dentro estaría a salvo. Me equivoqué.
El espejo del recibidor fue el primero en traicionarme.
Mis ojos no eran los mismos. Algo oscuro asomaba detrás, como si otro par de ojos mirara desde dentro de los míos. La respiración se me volvió irregular, como si no pudiera llenarme del todo. Y justo detrás de mi reflejo, la luz cambió. Un instante. Solo uno. Pero vi una figura alta inclinada sobre mí.
Me giré.
No había nadie.
El espejo mintió.
O tal vez dejó de mentir por un segundo.
Intenté dormir.
Dios, lo intenté.
Pero cada vez que cerraba los ojos, sentía una mano fría en mi costado, suave, casi tierna. Como si alguien se acomodara a mi lado. Y las sombras del pasillo se estiraban, acercándose más y más, como si me observasen desde dentro de la pared.
A medianoche, él volvió a hablarme.
Esta vez no desde la calle.
No desde la niebla.
Desde dentro de mi cuarto.
Desde dentro de mí.
—Ya eres mía —susurró una voz que era la suya… y la mía al mismo tiempo.
No sé qué soy ahora.
No sé qué parte de mí sigue aquí, respirando.
Solo sé que cuando miro el espejo, la sombra que veo detrás sonríe antes de que yo lo haga.
Y a veces, cuando la noche está demasiado silenciosa, siento unos colmillos imaginarios acariciar mi cuello… como un recuerdo dulce, como una promesa que avanza despacio por mis venas.
Ya no camino sola.
Nunca más.
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