🕷️ 𝑳𝒂 𝒎𝒖𝒏̃𝒆𝒄𝒂 𝒆𝒔𝒑𝒆𝒄𝒕𝒓𝒂𝒍 🕷️
Cuando tenía diez años, la muerte de mi padre dejó un vacío imposible de llenar. Nadie explicó nada; nadie lloró conmigo. Solo encontré un sobre antiguo bajo llave, con un nombre escrito y un aviso:
“Si algo me pasa, sigue este camino.”
Al principio, no quería creerlo. ¿Qué tipo de juego era ese? ¿Acaso mi padre me estaba engañando incluso desde la muerte? Me pregunté si debería dejarlo todo atrás y olvidar aquel sobre, pero algo en su letra temblorosa y en la memoria de sus abrazos me decía que debía seguirlo. La curiosidad me quemaba, pero más fuerte que eso estaba el amor: el deseo de entenderlo, de encontrarlo aunque ya no estuviera.
Años después, guiada por aquel mensaje, llegué a una mansión aislada en la colina. Sus ventanas eran ojos vacíos, los pasillos respiraban secretos antiguos, y la hiedra susurraba con el viento. Según las notas de mi padre, allí guardaban un artefacto muy especial: una muñeca espiritual, capaz de revelar secretos que los vivos temían pronunciar y de señalar la verdad de los muertos. Él decía que solo funcionaría a medianoche y únicamente para quien estuviera preparada para escucharla.
Esperé en la penumbra, mi corazón golpeando contra mis costillas, mientras cada sombra parecía moverse a su propio ritmo. No quería creerlo, no podía ser real, y sin embargo, ahí estaba: el crujido metálico que llenó la estancia, el único ojo de la muñeca girándose hacia mí. Su boca se abrió y pronunció mi nombre:
“Clara.”
Retrocedí, dudando, queriendo negar lo imposible. ¿Cómo podía una muñeca hablar? ¿Cómo sabía mi nombre? Quise gritar, correr, huir, pero algo dentro de mí me mantenía quieta. Cada murmullo de la muñeca me hacía temblar, y aun así, cada palabra parecía estar ligada a recuerdos que yo misma había olvidado.
De pronto, la muñeca extendió sus manos diminutas y de sus dedos surgió un hilo de luz que se enrolló alrededor de mi muñeca. Intenté apartarme, quería rechazarlo, pero el hilo me envolvió con una suavidad irresistible. Entonces vi lo imposible: imágenes de la noche en que mi padre murió, secretos familiares ocultos, y comprendí que no había escapatoria. Tenía que enfrentar aquello, aunque mi miedo me gritara que huyera.
Entonces lo entendí: mi padre había preparado todo esto. No era un sacrificio cómodo ni un acto de cariño fácil: me estaba endureciendo, preparándome para resistir lo que él jamás podría evitar. La muñeca y yo éramos dos, y ahora debía ocupar su lugar. Él sabía que la verdad era demasiado peligrosa para que la supiera antes, así que me había dejado este terror como única escuela.
La brisa helada apagó las velas, dejando la mansión en tinieblas casi absolutas. El hilo de luz me guió hasta una habitación secreta, donde encontré un espejo antiguo. Cuando me miré, no vi mi reflejo. Vi a la muñeca detrás de mí, con su único ojo brillando y una sonrisa que no era suya. Susurró de nuevo mi nombre, y entendí la última verdad: yo debía suplantarla.
Y cuando la voz de la muñeca terminó su último susurro, algo más se dejó oír detrás de las paredes. Un arrastre lento, húmedo, casi ansioso. No era un animal. No era humano.
Era algo que sabía mi nombre antes incluso de que yo naciera.
De pronto lo comprendí: la muñeca no solo revelaba secretos…
Señalaba a aquello que me acechaba.
Mi padre no me había preparado para hablar con muertos ni para entender secretos:
me había preparado para enfrentar a los Devorahuellas.
Seres antiguos. Invisibles a los ojos comunes.
Sombras que no atacan cuerpos, sino caminos:
te quitan la identidad paso a paso,
te deshacen la memoria,
te convierten en un hueco andante.
La nota de mi padre lo decía sin decirlo:
“Aprende a reconocer lo que no se ve.”
Una grieta recorrió la pared.
No era una grieta:
era un ojo.
Un ojo sin párpado, sin forma, sin humanidad…
pero fijo en mí, como si estuviera degustando mi futuro.
Comprendí que, si quería sobrevivir, debía aprender lo mismo que había aprendido mi padre:
a respirar sin miedo cuando ellos susurraran,
a caminar sin dejar huellas,
a mirar a la oscuridad hasta que fuera ella la que pestañease.
Porque los Devorahuellas no matan rápido.
Te desarman.
Te observan.
Te estudian.
Y cuando creen que ya no vales nada…
te reclaman.
Mi padre no huyó: se sacrificó para retrasarlos, para que yo tuviera tiempo.
Y ese tiempo acababa de consumirse.
El hilo de luz se desvaneció, la mansión volvió al silencio, y yo comprendí que no volvería a ser la misma Clara que entró. No era amor dulce lo que me había dejado mi padre, sino la preparación más aterradora y necesaria. Y ahora, cada vez que alguien pronuncia mi nombre en la oscuridad, sé que no estoy sola… ni del todo viva.


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