🕷️𝑵𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒂𝒑𝒂𝒈𝒖𝒆𝒔 𝒍𝒂 𝒍𝒖𝒛🕷️
Perdí a mi marido y a mi hija en un instante que todavía me quema los recuerdos.
Cuando el dolor parecía no ceder, busqué un refugio lejos del mundo y alquilé una cabaña aislada en el bosque, esperando reconstruirme aunque solo fuera un poco, aunque solo fuera para dormir sin miedo.
Los primeros días fueron silenciosos y tranquilos. Caminaba entre senderos polvorientos, escuchando el crujido de hojas secas y el canto lejano de algún pájaro.
El aire olía a tierra húmeda y madera vieja; cada respiración era un recordatorio de que estaba viva, pero sola.
Cada noche me dormía con la ventana entreabierta, la luz tenue del atardecer filtrándose entre los árboles. La paz era frágil, pero estaba agradecida.
Hasta que un objeto me detuvo: medio enterrado entre raíces húmedas, algo sobresalía del suelo.
Me agaché, palpando la tierra fría, y lo saqué con cuidado.
Era un relicario de metal oscuro, pequeño pero sólido, con símbolos que no reconocía. Lo llevé a la cabaña y lo limpié lentamente con un paño suave, quitando el barro pegajoso.
Quedó hermoso, hipnótico, y en la base trasera había una inscripción que me heló la sangre. Letras retorcidas, que se doblaban como raíces o venas.
Al mirarlo más de cerca, juraría que escuché un susurro grave y musical, pronunciando esas letras. No entendía las palabras, pero algo dentro de mí respondió. Un escalofrío recorrió mi espalda, mezclado con fascinación y miedo.
Esa noche intenté dormir como siempre: luz apagada, ventana entreabierta, silencio absoluto.
Pero no estaba sola.
Primero fue un cambio sutil en el aire: un frío que no venía del exterior, sino del interior de la habitación.
Luego un sonido, apenas un susurro, como si algo rozara la madera del suelo.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, sintiendo cómo mis latidos se aceleraban. Cada segundo se estiraba. Cada sombra se volvía peligrosa.
Y entonces apareció.
No era la sombra de la habitación, ni un juego de luces.
Era alta, desgarbada, con cabello largo y enmarañado que se arrastraba por el suelo como hilos de humo negro. Avanzaba hacia mí con movimientos imposibles, torcidos, crujientes. Cada paso parecía medir el tiempo, calcular mi miedo, preparar su avance.
Encendí la luz con un temblor en la mano.
Se desvaneció lentamente, dejando tras de sí un vacío húmedo, una presión que me obligaba a respirar con cuidado.
Apagué la luz de nuevo. Volvió, más cerca, y esta vez la pude sentir.
No un toque, sino una presión silenciosa que ocupaba todo mi espacio, como si la sombra misma empujara contra mi piel invisible, infiltrándose en cada respiración, haciendo que el aire se volviera pesado y cada movimiento imposible.
Mi corazón se aceleraba, mis manos temblaban, y la habitación parecía encogerse a su alrededor. Cada segundo se estiraba, interminable, y cada susurro del relicario parecía alargar el tiempo, acercándola más, recordándome que todo había comenzado el día que lo traje a la cabaña.
Comprendí con un escalofrío que la sombra no buscaba herirme físicamente. No atacaba.
Quería lo que le pertenecía: el relicario y mi atención.
Se alimentaba de mi miedo y de mi fascinación, midiendo mi voluntad, enseñándome que podía doblegarme sin tocarme nunca.
Si cedía, sentiría que mis pensamientos, mis decisiones, incluso mi miedo, le pertenecían, convirtiéndome en un guardián involuntario del relicario, obligada a protegerlo y transportarlo sin descanso.
Cada noche era un juego de paciencia y terror. Cada apagado de la luz alargaba el tiempo, cada parpadeo era un puente hacia su poder. La sombra avanzaba, lenta pero segura, midiendo, enseñándome que podía romperme si cedía.
El corazón me dolía, la respiración se hacía corta, las manos temblaban, y el aire parecía comprimirse en la habitación hasta que cada segundo era insoportable.
Finalmente, comprendí que no podía quedarme en la cabaña.
Cogí el relicario y me interné en el bosque, caminando lentamente, sintiendo la presencia constante de la sombra que me seguía, insistente, paciente, recordándome que mientras el objeto existiera, ella existiría también.
En un claro apartado, enterré el relicario, cubriéndolo con tierra y raíces, con la esperanza de romper el vínculo, aunque sabía que no sería definitivo.
La sombra desapareció lentamente, dejando tras de sí un eco que helaba la sangre: un recordatorio de que sobreviví, pero que el ciclo continuaría con la próxima víctima.
Desde entonces no apago la luz del todo.
Y sé, con un escalofrío que no desaparece, que la sombra sigue ahí, paciente, midiendo, esperando.
El horror no está en lo que hace, sino en que siempre está presente, invisible y consciente, lista para reclamar el próximo vínculo con quien encuentre el relicario.

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