🕷️ 𝑬𝒍 𝑮𝒖𝒓𝒖́ 𝒒𝒖𝒆 𝑹𝒆𝒄𝒐𝒍𝒆𝒄𝒕𝒂 𝑨𝒍𝒎𝒂𝒔 🕷️

En aquel pequeño pueblo donde las noticias llegaban tarde y el miedo temprano, apareció Silas Blackwood, gurú de renombre televisivo, con su sonrisa entrenada y un libro que prometía abrir la mente… aunque también abría puertas que no se cerraban.

El centro comunitario olía a incienso barato, madera vieja y algo más pesado: curiosidad contenida, ansiedad latente y la sensación de que algo no estaba bien. Las luces parpadeaban como dudando de iluminar aquel lugar. La gente se sentaba en círculo, ojos fijos, cuerpos tensos, esperando milagros que no todos saldrían a contar.

Entre ellos estaba Daniel, en la última fila, con el corazón latiendo como un tambor. Su esposa, Sarah, había desaparecido tras una reunión de Blackwood. La policía lo ignoró, los vecinos se burlaron, pero él sabía la verdad: el gurú no solo jugaba con mentes… recolectaba almas.

Desde la desaparición de Sarah, Daniel se convirtió en un perseguidor silencioso. Pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, seguía a Blackwood, anotando cada nombre, cada rostro, cada pista que pudiera revelar el destino de los desaparecidos, sobre todo de su mujer. Blackwood ya lo tenía fichado; lo observaba de lejos, consciente de su obsesión, pero parecía permitirle seguirlo, como parte de un juego macabro que disfrutaba manipular.

Daniel recordaba los rumores que recorrían cada pueblo: personas que llegaban confiadas y desaparecían sin dejar rastro. Algunos regresaban cambiados, con los ojos vacíos, las voces apagadas, ecos de sí mismos. Cada aparición del gurú confirmaba lo que Daniel ya sabía: “No es humano. No sana. Reúne”.

En las noches, Daniel recordaba a Sarah: su risa al cocinar, los paseos al atardecer, cómo lo miraba como si el mundo fuera seguro. Cada recuerdo era un golpe y un refugio al mismo tiempo. A veces creía escuchar su voz entre la multitud, y el corazón le daba un vuelco.

Blackwood comenzó a hablar. Su voz acariciaba y cortaba al mismo tiempo. Suave, hipnótica, cargada de amenaza. Las emociones de la audiencia se retorcían bajo su control: risas nerviosas, lágrimas de éxtasis, miedo disfrazado de fascinación. Daniel veía cómo algunos asistentes se estremecían, tragaban saliva, como si su voluntad se resbalara entre los dedos del gurú.

De repente, un grito desgarrador atravesó el aire. Una mujer cayó convulsionando, ojos vacíos, el terror reflejado en cada músculo de su cuerpo. Blackwood se acercó, susurrando palabras que parecían atravesar la piel y el alma. La multitud gritaba, empujaba, huía. Y la mirada del gurú se clavó en Daniel:

—Tú eres el siguiente.

No era solo una amenaza; era una promesa.

Daniel recordó todo. Él y Sarah habían sido felices hasta que Blackwood apareció. Había visto cómo su luz se apagaba poco a poco, cómo la sonrisa de Sarah se transformaba en silencio. Ahora entendía: su esposa no había desaparecido por voluntad propia. Blackwood la había vaciado, dejándola suspendida en un lugar donde la carne no llega, pero la obediencia sí.

—Los que me siguen no vuelven a ser vistos…
pero siempre vuelven —susurró Blackwood, los ojos completamente negros, pozos que devoraban la luz.

Daniel sintió la sombra de Sarah alargarse en la pared, como un eco de ella misma tratando de regresar, pero atrapada entre este mundo y el siguiente. Quiso avanzar, pero algo lo sujetó desde dentro, como si una mano invisible apretara su corazón. Y en un susurro tembloroso, su mujer dijo:

—No puedo salir…
Pero tú… tampoco.

La sala parecía deformarse, como si las paredes respiraran. El aire se volvió denso y pesado, cargado de peligro y presencias invisibles. Daniel podía escuchar sus propios latidos amplificados, resonando en la cabeza mientras Blackwood parecía absorber toda la fuerza de los presentes.

Daniel recordó los otros pueblos, las otras desapariciones: niños, adultos, ancianos… todos confiaron en Blackwood y desaparecieron. Cada testigo que regresaba mostraba el mismo vacío, la misma sombra que había tomado a Sarah. Todo formaba un patrón aterrador que confirmaba que Blackwood no solo manipulaba, sino que consumía lo más profundo de quienes lo seguían.

Intentó gritar, moverse, luchar… pero la fuerza invisible lo mantenía inmóvil. Cada palabra del gurú abría grietas en su mente: recuerdos fragmentados, dudas, miedos. La oscuridad se filtraba por los rincones del lugar, y los rostros de los asistentes se transformaban en máscaras grotescas de horror. Algunos lloraban, otros reían, todos atrapados en un trance que parecía eterno.

Con un último esfuerzo, Daniel se aferró al recuerdo de Sarah, al amor que compartían. Gritó con todo lo que le quedaba, un grito que rompió la ilusión. Una luz atravesó la sombra. La mujer que yacía en el suelo volvió a la conciencia lentamente. Blackwood retrocedió, sorprendido. Pero no había tiempo de celebrar: la fuerza del gurú lo arrojó al suelo, y un pequeño cuchillo brilló en su mano bajo la luz de la luna, revelando un rostro de pura maldad, un coleccionista de voluntades, de almas.

Cuando la policía llegó, Blackwood había desaparecido. Silent Hollow quedó envuelto en un silencio pesado, una sombra que nadie podía nombrar. La historia de Daniel se convirtió en leyenda: un hombre que luchó contra alguien que no solo manipulaba, sino que recolectaba lo más profundo de los vivos: sus almas.

Y en algún lugar, Blackwood seguía, extendiendo su poder, buscando nuevas víctimas, alimentando un terror que nunca muere, dejando tras de sí un rastro de cuerpos vacíos y voces que susurran por ayuda, pero que nadie puede rescatar.







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