🕷️𝑬𝒍 𝒑𝒐𝒛𝒐🕷️
La casa junto al cementerio sigue respirando. No importa que juraran que murió con el guarda, ni que nadie se acerque durante el día, ni que la lluvia borre las huellas de quienes alguna vez caminaron por ese patio. Cada ladrillo cruje con su propio susurro, cada ventana refleja sombras que no pertenecen a este mundo, y cada paso dentro de sus límites parece arrastrar algo antiguo y paciente. La casa no olvida, no perdona, y no deja ir a quien se atreve a acercarse.
Dicen que el guarda hablaba solo. No era del todo cierto. Respondía a voces que nadie más podía escuchar, nombres que jamás pertenecieron a los vivos, ecos que dolían pronunciar. Se inclinaba sobre el borde del pozo como quien escucha un rezo invertido, una plegaria hecha de dientes y de agua que no moja, solo atrapa. Sus grietas internas no las reparaba con palabras ni con vino, sino con sombras que se deslizaban por sus brazos y dedos. Yo lo vi una vez. Me miró como si ya me hubiera elegido, y siguió caminando, dejando tras de sí un eco de pasos que aún retumba.
Cuando los niños desaparecieron, no hubo búsqueda que sirviera. Solo quedó un rumor, un murmullo hondo que empezaba a salir del patio: risas quebradas, pequeños golpes contra la piedra, canciones sin melodía que nadie recordaba enseñar. El pozo estaba abierto, negro, paciente, como un ojo que no parpadea y espera el instante exacto para cerrar su presa.
Los adultos dijeron “leyenda”. Los niños dijeron “miedo”. Yo no dije nada. Porque lo que escuché aquella tarde, cuando fui con mis amigos a hacernos los valientes, no cabía en palabras. Ellos huyeron al primer crujido; yo permanecí unos segundos más. Solo segundos suficientes para escuchar los gritos: agudos, desesperados, no como voces humanas, sino como algo que intentaba imitar a un niño sin comprender qué es un niño. Gritos que arañaban mis costillas y pronunciaban mi nombre, como si intentaran arrancarme algo que no quería entregar.
Corrí y nunca volví. O eso quise creer.
Años después, una tarde de invierno, la lluvia me obligó a tomar el viejo camino del cementerio. La carretera estaba cortada, las luces temblaban, y yo iba sola, con el recuerdo mordiéndome los talones. El aire olía a tierra removida, a hojas podridas, y el viento traía susurros que parecían imitaciones de pasos detrás de mí.
Al pasar junto a la casa, algo se encendió en el patio. Una luz imposible, un brillo húmedo, como si el pozo estuviera respirando. No podía explicarlo. Fue casi involuntario. Mis pies se movieron solos, como guiados por un hilo invisible que salía del pozo, tirando de mí, obligándome a bajar del coche. La lluvia me empapaba, el viento me golpeaba la cara, pero no importaba: cada paso me acercaba al patio de la casa, y yo no podía detenerme. Era como si la tierra misma me reclamara.
Al entrar, el aire estaba más denso, cargado de humedad y de un olor a tierra removida que me calaba los pulmones. Juguetes dispersos por el suelo, pequeñas huellas mojadas, como si los niños hubieran estado jugando hacía solo un momento. Cada paso hacía crujir la madera, resonar los muros y multiplicar los susurros, que ya no eran solo ecos del pasado: eran invitaciones insistentes, como manos invisibles llamándome hacia adelante.
Corrí sin pensar, mis zapatos resbalando sobre charcos y barro, siguiendo el tirón que no podía resistir. Cada rincón parecía alargarse y doblarse para que avanzara más rápido, para que no pudiera escapar. Y allí estaba el pozo, negro y profundo, un ojo abierto que me esperaba, que parecía respirar y latir al ritmo de mis propios latidos.
Me detuve un instante, asustada, consciente de lo absurdo: “¿Cómo voy a meterme ahí?” pensé. Pero en el mismo instante comprendí que no había otra opción. Si quería romper la maldición que parecía envolver todo aquel lugar, si quería que las voces dejaran de llamarme, debía entrar. Era el único modo de cerrar el hechizo, de enfrentar la fuerza que había atrapado tantas vidas antes que la mía.
Mientras descendía, la oscuridad me envolvió como un manto húmedo y pesado. Mis manos rozaban paredes que parecían moverse, palpando algo que no era solo piedra sino un frío que casi respiraba. La luz del exterior se desvanecía hasta desaparecer y lo único que escuchaba eran susurros, cada vez más claros, pronunciando mi nombre en un tono que no era ni amenaza ni bienvenida, sino exigencia.
Cuando por fin mis pies tocaron el fondo, me encontré en un espacio que parecía más grande de lo posible. El pozo no era un agujero, sino una puerta a algo antiguo y vivo. Allí, los juguetes dispersos de los niños flotaban en el barro, como si esperaran a que alguien los recogiera. Las pequeñas huellas mojadas no terminaban nunca; se repetían en círculos, como si cada paso atrapara a alguien más en un bucle sin fin.
Y entonces los vi: figuras humanas, deformes, atrapadas en el barro como si el tiempo las hubiera olvidado. Sus ojos vacíos me seguían, y sus bocas abiertas no pronunciaban palabras, sino gritos silenciosos que perforaban el aire. Comprendí que no eran fantasmas ni simples recuerdos: el pozo era un catalizador, una fuerza que absorbía la vida de quienes se acercaban sin comprender que aquella casa estaba viva, que respiraba con hambre de presencia.
Fue entonces cuando entendí lo que los antiguos contaban en susurros: la casa estaba maldita. No por la muerte del guarda ni por la desaparición de los niños, sino por un hechizo que había sido lanzado hacía siglos, un conjuro destinado a proteger algo que nunca debía ser perturbado. Cada desaparición, cada risa rota, cada juego interrumpido, era una pieza de ese hechizo: quienes entraban sin respeto eran absorbidos, pero no destruidos, atrapados para alimentar la memoria de la casa.
El pozo no solo guardaba la casa; era la casa. Sus aguas negras eran un espejo de la memoria de todas las vidas que había reclamado, un ojo que veía y recordaba todo, y que exigía ser reparado. Solo alguien que entrara por voluntad propia podía romper el hechizo: acercarse no por miedo ni curiosidad, sino por decisión, enfrentando la fuerza que absorbía todo sin razón.
Mis manos temblaban mientras tocaba las figuras atrapadas: sentí su frío, su necesidad, su peso. Susurros me rodeaban y comenzaron a entrelazarse, formando palabras que entendí por primera vez: “libéranos… termina con nosotros… déjanos ir…”
Supe que debía hacer algo. Debía sumergirme en esa oscuridad, tocar cada rincón de aquel barro que era memoria viva, pronunciar su nombre, sentir su peso y reconocer su presencia. Si lograba atravesar aquello, si me mantenía firme ante la fuerza que absorbía y reclamaba, tal vez podría romper el hechizo, tal vez los gritos se calmarían y la casa finalmente dejaría de respirar con hambre.
El pozo seguía mirándome, y sentí que era consciente de mi decisión. No había vuelta atrás. Cada paso dentro de aquella oscuridad era un desafío, pero también una promesa: yo sería quien enfrentara la memoria viva de la casa. Yo sería quien decidiera si continuaba reclamando vidas o si, por fin, podría liberar lo atrapado.
El aire estaba lleno de promesas y advertencias. El hechizo era viejo, potente, vivo… y ahora, por primera vez en siglos, sentí que alguien podía enfrentarlo.

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