🕷️𝑳𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒎𝒐𝒔 🕷️

 

Cuando todo empezó, la gente se reía.
Decían que las vacunas nos volverían zombis, que nos caerían los dientes, que acabaríamos gruñendo en las esquinas.
Nadie les creyó. Yo tampoco.
Hasta que vi cómo el mundo dejaba de pestañear.

En una semana, la ciudad se convirtió en un cadáver inmenso: calles sin pasos, coches abiertos como si alguien hubiese huido en mitad de un grito, tiendas saqueadas, luces parpadeando como últimas palabras.
Y entonces ellos… los zombis.
Gente que antes hablaba, reía, te abrazaba, y ahora solo respiraba hambre.

Yo era inmune.
Nunca supe por qué. Quizá genética, quizá suerte, quizá una broma cruel del universo.
Pero seguía en pie mientras todos a mi alrededor se pudrían en cámara lenta.

Sobrevivir no era vivir.
Era escuchar los pasos deformes detrás de una esquina, oír cómo la carne rasgaba la carne a dos calles de distancia, caminar entre cuerpos que todavía movían los dedos como si quisieran recordar que fueron humanos.

Dormía donde podía: en portales, en edificios abandonados, entre colchones fríos que olían a polvo y resignación. La noche era mi única aliada. Allá donde miraba, algo sangraba.

Cuando encontré aquel taller, fue como hallar un corazón latiendo en un cuerpo muerto.
Reforcé puertas con tablones, clavé hierros hasta partirme las manos, monté trampas con cuerdas, pesas y botellas rotas que hacían más ruido que el miedo.

Pero lo peor no eran ellos.
Eran los otros humanos.
Los que aún respiraban.
Los que decían “estoy bien” mientras sus pupilas se contraían como si el monstruo por dentro quisiera morder desde la sombra.
Aprendí a leer respiraciones, temblores, esas miradas que duran un segundo más de la cuenta.
Si dudabas, morías. Así de simple.

Para defenderme no tenía armas bonitas: solo palos, cuchillos mellados, cadenas oxidadas que arrancaban más piel de la necesaria. La precisión lo era todo.
No había épica: solo sangre.
Y cuando la sangre cae en tus manos, el mundo se vuelve un espejo roto donde ya no sabes quién eres.

A veces encontraba restos humanos en las esquinas: brazos mordidos hasta el hueso, rostros sin ojos, piernas desencajadas como marionetas sin dueño. El horror, al final, es cuestión de acostumbrarse. Eso es lo que asusta.

Y aun así, entre todo ese caos repugnante, me visitaban recuerdos buenos: la música que sonaba los domingos, el olor del pan recién hecho, mis amigos riendo en una mesa que ya no existe.
Me aferré a eso porque si perdía la humanidad mientras luchaba por conservar la vida… ¿qué sentido tenía sobrevivir?

La primera vez que los vi correr, entendí que el mundo había empezado a aprender a tener miedo de sus propias criaturas.
No eran lentos. No arrastraban los pies como en las películas. Corrían torcidos, sí, pero corrían.
Como si algo dentro de ellos—algo roto, algo desesperado—quisiera llegar antes que su propio cuerpo.
Y cuando los vi avanzar hacia mí, con esa mezcla de gruñido y hambre antigua, supe que no podía quedarme más tiempo en el taller.
Las paredes que una vez fueron refugio ahora temblaban como si tuvieran vida propia.

Salí de madrugada.
La ciudad estaba quieta, demasiado quieta, como si se hubiese dado por vencida.
El humo de los incendios aún serpenteaba por las calles, lento, cansado, sin fuerza para elevarse.
Caminé entre cristales rotos que reflejaban un cielo enfermo, un cielo sin esperanza.

A dos calles encontré un autobús volcado.
Las ventanas habían estallado hacia dentro, y el interior estaba cubierto de sangre seca como una piel nueva pegada al metal.
Había cuerpos, sí… pero lo peor eran los que se movían aún.
Dedos que se crispaban, bocas que se abrían sin sonido, ojos que parecían buscar a alguien que nunca llegaría.
Los miré durante un segundo de más y uno de ellos levantó la cabeza. Ese movimiento, tan pequeño, tan imposible, me obligó a correr.

El problema de ser inmune es que sigues sintiendo todo.
El miedo, el frío, la rabia, el asco.
La humanidad es un castigo cuando estás rodeada de monstruos.

En un edificio cercano escuché un grito humano. No de zombi: humano.
De esos que tienen nombre, historia y lágrimas detrás.
Subí las escaleras con el corazón chocando contra las costillas.
La puerta del tercer piso estaba entreabierta y la encontré allí: una mujer joven, con el brazo vendado, tratando de tapar una mordida que ya no tenía solución.
Nos miramos sin decir nada. Ella lo sabía. Yo también.

—No quiero ser como ellos —susurró.

A veces la valentía es una mentira necesaria. Pero no le mentí.

—No lo serás —le dije.

Cuando cerré sus ojos, ya no estaba respirando.
Mi mano tembló, pero no lloré. Había aprendido a economizar lágrimas.
El mundo ya estaba suficientemente mojado.

Salí del edificio justo cuando el sol empezaba a asomar, un sol débil, enfermo, casi tímido.
Y entonces los escuché. Los pasos rápidos, la respiración húmeda, el murmullo de carne contra asfalto.
No venían de uno en uno. Venían en grupo. Muchos.

Me escondí detrás de un coche volcado y contuve la respiración.
Ellos pasaron corriendo, jadeando como perros rabiosos, arrastrando parte de sus órganos como si fuesen bufandas macabras.
Pero lo que me heló la sangre no fue eso.
Fue verlos detenerse todos al mismo tiempo, como si obedecieran a una misma voluntad, a un mismo latido oscuro.
Se giraron hacia un callejón. Y allí apareció él.

No era humano. No era zombi. Era algo en medio. Algo nuevo.
Sus ojos me encontraron aunque yo estuviera oculta en la sombra.
Y sonrió. Un gesto torcido, imposible, como si sus músculos aún tuvieran memoria de lo que una vez fue un hombre.

Ese día entendí que la pandemia no había terminado.
Había mutado.
Y yo, la “inmune”, no era más que una pieza en un tablero que ya no entendía.

Desde entonces camino más rápido.
Duermo menos.
Como lo que encuentro.
Y mantengo siempre el arma en la mano, aunque me sangre la piel de tanto apretarla.

Ser de los últimos no es un honor.
Es cargar con la historia de un mundo que se niega a morirse del todo.
Es escuchar cada noche los pasos de los que antes amaste, los mismos que ahora buscan tu carne.
Es saber que la extinción no llegará de golpe, sino mordisco a mordisco.

Aun así sigo aquí.
Rota, pero aquí.
Porque mientras siga siendo humana, aunque sea por un hilo delgado, seguiré caminando.
Y si ellos me alcanzan, que sepan que no fui fácil.
Que luché.
Que recordé.
Que amé lo que quedaba del mundo, aunque el mundo ya no me amase a mí.

Y si algún día alguien encuentra estas palabras entre las ruinas, que sepa esto:
no morimos de una pandemia.
Morimos de olvido.
Morimos de miedo.
Morimos en silencio.

Pero yo… yo sigo siendo ruido.
Yo sigo siendo fuego.
Y mientras respire, no dejaré que el mundo se apague del todo.




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