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Cuando todo empez贸, la gente se re铆a.
Dec铆an que las vacunas nos volver铆an zombis, que nos caer铆an los dientes, que acabar铆amos gru帽endo en las esquinas.
Nadie les crey贸. Yo tampoco.
Hasta que vi c贸mo el mundo dejaba de pesta帽ear.
En una semana, la ciudad se convirti贸 en un cad谩ver inmenso: calles sin pasos, coches abiertos como si alguien hubiese huido en mitad de un grito, tiendas saqueadas, luces parpadeando como 煤ltimas palabras.
Y entonces ellos… los zombis.
Gente que antes hablaba, re铆a, te abrazaba, y ahora solo respiraba hambre.
Yo era inmune.
Nunca supe por qu茅. Quiz谩 gen茅tica, quiz谩 suerte, quiz谩 una broma cruel del universo.
Pero segu铆a en pie mientras todos a mi alrededor se pudr铆an en c谩mara lenta.
Sobrevivir no era vivir.
Era escuchar los pasos deformes detr谩s de una esquina, o铆r c贸mo la carne rasgaba la carne a dos calles de distancia, caminar entre cuerpos que todav铆a mov铆an los dedos como si quisieran recordar que fueron humanos.
Dorm铆a donde pod铆a: en portales, en edificios abandonados, entre colchones fr铆os que ol铆an a polvo y resignaci贸n. La noche era mi 煤nica aliada. All谩 donde miraba, algo sangraba.
Cuando encontr茅 aquel taller, fue como hallar un coraz贸n latiendo en un cuerpo muerto.
Reforc茅 puertas con tablones, clav茅 hierros hasta partirme las manos, mont茅 trampas con cuerdas, pesas y botellas rotas que hac铆an m谩s ruido que el miedo.
Pero lo peor no eran ellos.
Eran los otros humanos.
Los que a煤n respiraban.
Los que dec铆an “estoy bien” mientras sus pupilas se contra铆an como si el monstruo por dentro quisiera morder desde la sombra.
Aprend铆 a leer respiraciones, temblores, esas miradas que duran un segundo m谩s de la cuenta.
Si dudabas, mor铆as. As铆 de simple.
Para defenderme no ten铆a armas bonitas: solo palos, cuchillos mellados, cadenas oxidadas que arrancaban m谩s piel de la necesaria. La precisi贸n lo era todo.
No hab铆a 茅pica: solo sangre.
Y cuando la sangre cae en tus manos, el mundo se vuelve un espejo roto donde ya no sabes qui茅n eres.
A veces encontraba restos humanos en las esquinas: brazos mordidos hasta el hueso, rostros sin ojos, piernas desencajadas como marionetas sin due帽o. El horror, al final, es cuesti贸n de acostumbrarse. Eso es lo que asusta.
Y aun as铆, entre todo ese caos repugnante, me visitaban recuerdos buenos: la m煤sica que sonaba los domingos, el olor del pan reci茅n hecho, mis amigos riendo en una mesa que ya no existe.
Me aferr茅 a eso porque si perd铆a la humanidad mientras luchaba por conservar la vida… ¿qu茅 sentido ten铆a sobrevivir?
La primera vez que los vi correr, entend铆 que el mundo hab铆a empezado a aprender a tener miedo de sus propias criaturas.
No eran lentos. No arrastraban los pies como en las pel铆culas. Corr铆an torcidos, s铆, pero corr铆an.
Como si algo dentro de ellos—algo roto, algo desesperado—quisiera llegar antes que su propio cuerpo.
Y cuando los vi avanzar hacia m铆, con esa mezcla de gru帽ido y hambre antigua, supe que no pod铆a quedarme m谩s tiempo en el taller.
Las paredes que una vez fueron refugio ahora temblaban como si tuvieran vida propia.
Sal铆 de madrugada.
La ciudad estaba quieta, demasiado quieta, como si se hubiese dado por vencida.
El humo de los incendios a煤n serpenteaba por las calles, lento, cansado, sin fuerza para elevarse.
Camin茅 entre cristales rotos que reflejaban un cielo enfermo, un cielo sin esperanza.
A dos calles encontr茅 un autob煤s volcado.
Las ventanas hab铆an estallado hacia dentro, y el interior estaba cubierto de sangre seca como una piel nueva pegada al metal.
Hab铆a cuerpos, s铆… pero lo peor eran los que se mov铆an a煤n.
Dedos que se crispaban, bocas que se abr铆an sin sonido, ojos que parec铆an buscar a alguien que nunca llegar铆a.
Los mir茅 durante un segundo de m谩s y uno de ellos levant贸 la cabeza. Ese movimiento, tan peque帽o, tan imposible, me oblig贸 a correr.
El problema de ser inmune es que sigues sintiendo todo.
El miedo, el fr铆o, la rabia, el asco.
La humanidad es un castigo cuando est谩s rodeada de monstruos.
En un edificio cercano escuch茅 un grito humano. No de zombi: humano.
De esos que tienen nombre, historia y l谩grimas detr谩s.
Sub铆 las escaleras con el coraz贸n chocando contra las costillas.
La puerta del tercer piso estaba entreabierta y la encontr茅 all铆: una mujer joven, con el brazo vendado, tratando de tapar una mordida que ya no ten铆a soluci贸n.
Nos miramos sin decir nada. Ella lo sab铆a. Yo tambi茅n.
—No quiero ser como ellos —susurr贸.
A veces la valent铆a es una mentira necesaria. Pero no le ment铆.
—No lo ser谩s —le dije.
Cuando cerr茅 sus ojos, ya no estaba respirando.
Mi mano tembl贸, pero no llor茅. Hab铆a aprendido a economizar l谩grimas.
El mundo ya estaba suficientemente mojado.
Sal铆 del edificio justo cuando el sol empezaba a asomar, un sol d茅bil, enfermo, casi t铆mido.
Y entonces los escuch茅. Los pasos r谩pidos, la respiraci贸n h煤meda, el murmullo de carne contra asfalto.
No ven铆an de uno en uno. Ven铆an en grupo. Muchos.
Me escond铆 detr谩s de un coche volcado y contuve la respiraci贸n.
Ellos pasaron corriendo, jadeando como perros rabiosos, arrastrando parte de sus 贸rganos como si fuesen bufandas macabras.
Pero lo que me hel贸 la sangre no fue eso.
Fue verlos detenerse todos al mismo tiempo, como si obedecieran a una misma voluntad, a un mismo latido oscuro.
Se giraron hacia un callej贸n. Y all铆 apareci贸 茅l.
No era humano. No era zombi. Era algo en medio. Algo nuevo.
Sus ojos me encontraron aunque yo estuviera oculta en la sombra.
Y sonri贸. Un gesto torcido, imposible, como si sus m煤sculos a煤n tuvieran memoria de lo que una vez fue un hombre.
Ese d铆a entend铆 que la pandemia no hab铆a terminado.
Hab铆a mutado.
Y yo, la “inmune”, no era m谩s que una pieza en un tablero que ya no entend铆a.
Desde entonces camino m谩s r谩pido.
Duermo menos.
Como lo que encuentro.
Y mantengo siempre el arma en la mano, aunque me sangre la piel de tanto apretarla.
Ser de los 煤ltimos no es un honor.
Es cargar con la historia de un mundo que se niega a morirse del todo.
Es escuchar cada noche los pasos de los que antes amaste, los mismos que ahora buscan tu carne.
Es saber que la extinci贸n no llegar谩 de golpe, sino mordisco a mordisco.
Aun as铆 sigo aqu铆.
Rota, pero aqu铆.
Porque mientras siga siendo humana, aunque sea por un hilo delgado, seguir茅 caminando.
Y si ellos me alcanzan, que sepan que no fui f谩cil.
Que luch茅.
Que record茅.
Que am茅 lo que quedaba del mundo, aunque el mundo ya no me amase a m铆.
Y si alg煤n d铆a alguien encuentra estas palabras entre las ruinas, que sepa esto:
no morimos de una pandemia.
Morimos de olvido.
Morimos de miedo.
Morimos en silencio.
Pero yo… yo sigo siendo ruido.
Yo sigo siendo fuego.
Y mientras respire, no dejar茅 que el mundo se apague del todo.

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