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Hab铆a ido al pueblo a pasar unos d铆as de vacaciones. No lo hac铆a con frecuencia: su abuela viv铆a all铆, en una casa antigua al borde del bosque, y las visitas eran espor谩dicas, m谩s por compromiso que por cari帽o. La vida en la ciudad le hab铆a dado prisa, ruido y luz el茅ctrica, y esas cosas de pueblo, las viejas advertencias y los rituales, le parec铆an cuentos que no merec铆an atenci贸n.

Esa noche, mientras cenaban, su abuela le advirti贸:
—A medianoche… es costumbre dormir y cerrar todo. No mires por la ventana, no abras puertas, no dudes. La luna amarilla… no es solo luz.

脡l se ri贸, excus谩ndose en el calor del verano y la necesidad de hacer una foto para Instagram. La luna colgaba sobre el pueblo como un ojo enfermo, enorme y amarilla. Pero el aire parec铆a m谩s denso, los sonidos apagados, y el crujido del pueblo antiguo le hizo sentir una inquietud que no supo explicar.

Las calles estaban silenciosas. Solo se o铆a el crujido de sus sandalias sobre el empedrado y, de vez en cuando, un susurro que parec铆a arrastrarse entre los muros. “Debe ser el viento”, se dijo, intentando ignorar la sensaci贸n de que alguien lo observaba.

Entr贸 en la casa de su abuela, que ol铆a a madera vieja, a polvo y a un aroma agrio imposible de identificar. La ventana estaba abierta, aunque recordaba haberla cerrado. Algo en la penumbra parec铆a moverse, respirando, sigui茅ndolo, evaluando cada paso.

Subi贸 al piso superior y el miedo comenz贸 a instalarse. Las sombras parec铆an alargarse, las paredes susurraban secretos que no pod铆a entender. Cada crujido de la madera se multiplicaba, y la luna amarilla colaba su luz enfermiza por las rendijas, iluminando algo que no deb铆a existir.

El reloj del pasillo marc贸 la medianoche exacta. Entonces, record贸 las palabras de su abuela y el escalofr铆o se convirti贸 en terror. La figura apareci贸 al final del pasillo: al principio, parec铆a su abuela encorvada, movi茅ndose lentamente, con pasos silenciosos. Pero algo estaba mal: los brazos eran demasiado largos, los dedos huesudos y los ojos… ard铆an como carbones encendidos.

En ese instante comprendi贸 la verdad que su abuela hab铆a intentado protegerlo de comprender. En el pueblo, los ancianos mayores de cierta edad se transformaban en custodios de la luna amarilla. No todos, pero los que hab铆an vivido demasiado tiempo y guardaban secretos del pueblo eran reclamados. Bajo la luz enfermiza de la luna, su humanidad se desvanec铆a y se convert铆an en seres hambrientos, aliment谩ndose de miedo, de carne, de la incredulidad de quienes no respetaban las advertencias.

Su abuela no era una excepci贸n: a帽os de rituales, de conocimiento oculto, la hab铆an hecho merecedora de esa “elevaci贸n” grotesca. Ahora caminaba por la casa, extendiendo sombras con sus brazos, arrastrando la oscuridad hacia 茅l. El olor a sangre y humedad lo invadi贸, y cada paso que daba la criatura parec铆a estirarse m谩s all谩 de la l贸gica.

El chico retrocedi贸, tropezando con muebles, alfombras, cualquier cosa que pudiera sostenerlo. La luna amarilla afuera no solo iluminaba: alimentaba a los transformados, d谩ndoles fuerza y paciencia para cazar a los desprevenidos. Cada anciano convertido se volv铆a parte de un ciclo: cazadores nocturnos, guardianes de secretos que manten铆an el pueblo unido bajo terror y obediencia.

Cuando comprendi贸 qui茅n estaba frente a 茅l, ya era demasiado tarde. La abuela que conoc铆a hab铆a desaparecido, reemplazada por un ser que lam铆a el aire con un sonido h煤medo, que ol铆a su miedo, que se regodeaba con su incredulidad. Su 煤ltimo grito se ahog贸 entre las paredes de la casa, mientras la luna amarilla observaba, indiferente, c贸mo la incredulidad se pagaba con sangre.




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