𖤐 𝑳𝒂 𝒗𝒆𝒍𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒔𝒆 𝒂𝒑𝒂𝒈𝒂𝒃𝒂 𖤐

 

La vela no se apagaba nunca.
Eso fue lo primero que me dijeron cuando me la regalaron.
“Pide algo y enciéndela. Pero no la apagues. Nunca.”

Al principio pensé que era un juego, un regalo extraño cargado de superstición.
La observé durante días, sobre la mesa de la sala, inmóvil, como si esperara a que yo me atreviera.
Finalmente, una noche cualquiera, decidí usarla.
Pedí paz. Solo eso.

La llama era extraña: quieta, alargada, como si se estirara hacia mí sin miedo al aire que la rodeaba.
Mientras ardía, la casa se sumió en un silencio absoluto, limpio, casi amable.
No había reloj, ni el rumor del tráfico, ni siquiera el crujido habitual de la madera de la casa.
Era como si todo el mundo hubiera decidido detenerse para escuchar esa llama que no parecía de este mundo.

A la mañana siguiente, la vela seguía encendida.
La cera consumida hasta la mitad, pero la llama, constante, vigilante, parecía decirme que había hecho lo correcto.
Sabía que no debía apagarla. Me lo habían advertido.

Los días siguientes se sucedieron con normalidad… y con algo más.
Dormía mejor que nunca. Demasiado bien, quizá.
Pero entonces empezaron a llegar los olvidos.
Pequeños al principio: nombres de personas, calles que había recorrido, fechas que alguna vez marqué con cuidado en el calendario.
Era como si la llama absorbiera fragmentos de mi memoria y los transformara en silencio.
Cada madrugada, la vela seguía allí, ardiendo como si el tiempo no tuviera poder sobre ella.

Me volví obsesiva. Intentaba no mirarla demasiado, pero la curiosidad y el miedo me arrastraban.
Observaba cómo la cera se derretía formando figuras extrañas, como dedos que buscaban tocar algo, o tal vez a alguien.
La llama parecía un ojo abierto que nunca parpadeaba.
A veces me sentía acompañada, otras vigilada.
Nunca sola.

La ciudad afuera parecía desvanecerse. Los vecinos se volvían sombras, los autos ruidos distantes, y la vida cotidiana, un eco lejano.
Solo existía la luz de la vela, constante, imperturbable, recordándome la promesa que había hecho al encenderla.

Una noche, mientras escribía en mi diario, la observé con detenimiento.
No era solo luz: era presencia.
La cera derretida adquiría formas cada vez más humanas, como si intentara comunicar algo que mis ojos no alcanzaban a entender.
Sentí miedo por primera vez. Un miedo profundo, que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Pero no podía apagarla. Sabía que romper la regla traería consecuencias que no estaba preparada para enfrentar.

Hoy, al despertar, ya no recuerdo qué era aquello que me dolía tanto.
La memoria de la tristeza, del miedo, de la pérdida, se había desvanecido junto a fragmentos de mí misma.
Supongo que la vela cumplió su promesa: me dio paz.
Pero también me enseñó que la paz tiene un precio.
Y mientras escribo estas líneas, escucho el leve chisporroteo de la cera y siento un escalofrío:
no estoy segura de cuánto de mí queda todavía, ni si algún día podré recuperar lo que olvidé.

Porque la vela sigue encendida.
Y yo sigo aquí, observándola, preguntándome
por qué me dijeron que nunca debía apagarla.
Y temiendo descubrir, algún día, que su promesa tenía un final más oscuro del que jamás imaginé.





Comentarios

Entradas populares de este blog

𝗣𝖗𝖊𝖘𝖊𝖓𝖙𝖆𝖈𝖎𝖔́𝖓

𖤐 𝑬𝒍 𝑺𝒆𝒄𝒓𝒆𝒕𝒐 𝒅𝒆 𝑳𝒊𝒍𝒊𝒕𝒉 𝒆𝒏 𝒆𝒍 𝑽𝒂𝒕𝒊𝒄𝒂𝒏𝒐 𖤐

𖤐 𝑬𝒍 𝑫𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒕𝒂𝒓 𝒅𝒆𝒍 𝑭𝒓𝒆𝒔𝒏𝒐 𝑵𝒆𝒈𝒓𝒐 𖤐