🕷️𝑬𝒍 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒐 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐🕷️

Todo empieza con algo normal. Demasiado normal.

Abres WhatsApp, Instagram, Telegram… y ves su nombre.
Esa persona.
La que ya no está.
La que dejó de responder hace días, semanas… o para siempre.

Clara llevaba tiempo evitando pensar en ello. Las desapariciones digitales no siempre vienen con drama: a veces alguien simplemente deja de escribir, se borra poco a poco, se vuelve silencio. Por eso, cuando vio su nombre en la lista de estados, pensó que era un fallo. Un recuerdo mal cargado. Una app haciendo de las suyas.

Pero había un estado nuevo.

No era una foto antigua.
No era un recuerdo compartido.

Era una imagen reciente. Borrosa. Oscura.
Un pasillo que no reconocía.
Una pared desconchada.
Una habitación sin ventanas.

Y una frase, breve, seca:

“Sigo aquí.”

El estómago se le cerró de golpe. Miró la hora. El estado se había publicado hacía tres minutos.

Clara cerró la app. La volvió a abrir. El estado seguía ahí.

Durante los días siguientes ocurrió lo mismo. Nuevas imágenes. Siempre parecidas, siempre inquietantes. A veces solo una frase:

“No mires atrás.”
“¿Me ves?”

Nadie más parecía darle importancia. Cuando lo comentó, le dijeron lo de siempre: que si un hackeo, que si una cuenta fantasma, que si paranoia. Pero Clara notaba algo distinto. Cada vez que abría uno de esos estados, sentía una incomodidad física, real, como si alguien estuviera demasiado cerca. No miedo. Presencia.

El móvil empezó a vibrar sin notificaciones.
Mensajes privados sin texto.
Solo el icono de “escribiendo…”.
Y nunca terminaba.

Una madrugada, mientras miraba una de las imágenes, juraría que cambió. El pasillo parecía más largo. La sombra del fondo, más definida. Como si aquello supiera que estaba siendo observado.

Fue entonces cuando Clara empezó a fijarse en algo que había pasado por alto: en el móvil había una aplicación que no recordaba haber instalado. No tenía nombre. No tenía icono reconocible. Solo un espacio gris. Al intentar abrirla, no ocurría nada. Al intentar borrarla, el sistema devolvía siempre el mismo mensaje:

“La aplicación está en uso.”

Aquella noche apareció otro estado. Esta vez, en todas las redes a la vez. La misma imagen. La misma habitación. Y una frase distinta:

“No es la cuenta. Es la app.”

Clara buscó respuestas. Foros viejos, comentarios enterrados, hilos medio borrados. Encontró referencias dispersas, siempre incompletas. Personas que hablaban de estados publicados por quienes ya no estaban. De imágenes que parecían dirigidas a una sola persona. De una app que aparecía sola después de una ruptura abrupta, una desaparición, una pérdida sin cierre.

La app no creaba nada nuevo.
Recogía restos.

Últimas conexiones. Borradores nunca enviados. Audios a medias. Datos que quedan flotando cuando alguien desaparece sin despedirse. Fragmentos de presencia. Como si cosiera una sombra digital con lo que dejamos atrás.

Pero había algo más.

Todos los testimonios coincidían en lo mismo: la app necesitaba un observador. Alguien que mirara. Alguien que sostuviera la conexión. Mientras alguien abría el estado, aquello seguía existiendo.

Y cuando dejaban de mirar…
buscaba a otro.

Clara entendió por qué los estados parecían hechos para ella. No era una amenaza. Era un anclaje. Ella estaba sosteniendo algo que no debía sostenerse.

Esa noche recibió el primer mensaje con texto:

“Ya sabes cómo funciona.”
“No puedo quedarme.”

La comprensión fue peor que el miedo. La cuenta anterior no había desaparecido: había sido liberada. Porque alguien más había ocupado su lugar.

La app no mata.
No posee.
No castiga.

Transfiere.

Para que deje de mirarte, alguien más tiene que mirar.
Para que el estado deje de ser para ti, debe ser para otro.

A la mañana siguiente, Clara salió de casa con el móvil apagado. Observó a la gente en el metro, en las cafeterías, en la calle. Personas revisando estados de madrugada. Personas obsesionadas con la última conexión. Personas que miraban demasiado.

Esa noche encendió el móvil por última vez. El estado seguía ahí. El pasillo. La pared. Pero el reflejo había cambiado. Ya no era ella.

El texto también era distinto:

“Ahora me ven.”

Clara cerró la app. No la desinstaló. Eso nunca funciona.
Simplemente dejó de mirar.

Desde entonces, los estados siguen apareciendo.
Para otros.

Porque algunas personas no se van del todo.
Solo cambian de lugar.

Y su último estado
nunca fue una despedida.

Fue una invitación.




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