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El bosque de Aokigahara no es un lugar que se pueda describir solo con palabras. All铆 el silencio no acompa帽a: amenaza. Es un espacio donde el sonido parece morir antes de nacer y donde los caminos se disuelven, como si el bosque quisiera borrar cualquier rastro humano.

Yo llegu茅 all铆 por error. O mejor dicho, por la arrogancia t铆pica del turista que cree que todo est谩 bajo control. Quer铆a caminar un par de senderos, hacer unas fotos y volver al hotel para contarlo. No iba buscando emociones fuertes. A煤n as铆, las encontr茅.

A unos cien metros del punto donde empiezan los carteles de advertencia, el aire cambi贸. Una quietud tan profunda que hasta el canto de mi respiraci贸n me son贸 fuera de lugar. Y fue entonces cuando la vi por primera vez: una silueta blanca, quieta entre los troncos, como si estuviera esper谩ndome desde hac铆a horas.

No se movi贸. Yo tampoco.

En un principio pens茅 que era otra excursionista, quiz谩 perdida, quiz谩 descansando. Pero hab铆a algo extra帽o en su postura: demasiado recta, demasiado r铆gida, demasiado… silenciosa. No la escuch茅 respirar. Ni siquiera parpadear.

Cuando di un paso hacia atr谩s, ella dio uno hacia adelante. No r谩pido, no violento, solo… exacto. Como si imitara mi movimiento. Mi est贸mago se encogi贸 de golpe.

Segu铆 retrocediendo hasta que mi espalda choc贸 contra un 谩rbol h煤medo. Ella dej贸 de avanzar. Pens茅 que el susto terminar铆a ah铆, que yo dar铆a media vuelta y correr铆a como un idiota. Pero el bosque ten铆a otros planes.

El suelo cruji贸 bajo mis pies. Y ella levant贸 la cabeza.

No lo olvidar茅 jam谩s.

No ten铆a rostro. No porque estuviera deformado, no por heridas… simplemente, no hab铆a nada. Como si la piel hubiera decidido renunciar a toda identidad. Un 贸valo p谩lido y vac铆o, inclinado hacia m铆, como si su nada quisiera ocuparlo todo.

Intent茅 gritar, pero el bosque apag贸 mi voz. Aokigahara absorbe los sonidos, los engulle. Solo escuch茅 mi propio pulso golpeando las sienes con una fuerza animal.

La figura dio un paso m谩s. Y entonces lo escuch茅. Una frase, casi un aliento, no dicho con voz humana sino con un eco imposible, un susurro que parec铆a salir de todos los 谩rboles a la vez:

T煤 tampoco sabes volver… ¿verdad?

Sent铆 que mis piernas dejaban de responder. El fr铆o subi贸 desde el suelo hasta mi pecho, y el alma se me encogi贸 con una intuici贸n primitiva: aquello no era un fantasma como los de los libros. No era un esp铆ritu que busca paz. Era otra cosa. Algo que se alimenta de quienes dudan, de quienes arrastran un peso, de quienes se internan en el bosque con un pensamiento oscuro que no confiesan ni a s铆 mismos.

Y yo llevaba m谩s de uno.

Intent茅 girarme para correr, pero Aokigahara no perdona. Los 谩rboles se repiten, los senderos se duplican, y la br煤jula interior se apaga. Corr铆 sin saber hacia d贸nde. El bosque me empujaba hacia su centro, hacia la zona donde los 谩rboles se levantan como columnas en una catedral sin Dios.

Cuando el agotamiento me venci贸, volv铆 a verla. Esta vez m谩s cerca. Tan cerca que pude oler su piel fr铆a, ese aroma de agua estancada. Sus manos delgadas temblaban, pero no por miedo, sino porque parec铆a contener un impulso brutal por tocarme, por sujetar lo que quedaba de m铆.

Y otra vez, el susurro:

No camines sin recordar qui茅n eres.
Los que no saben volver… se quedan conmigo.

No s茅 c贸mo sal铆 del bosque. Parte de la memoria la tengo borrosa, como si el cerebro hubiese borrado lo peor para que no me volviera loco. Lo 煤nico que s茅 es que aparec铆 casi en la carretera, cubierto de barro, sin aliento y con el m贸vil muerto.

Desde entonces tengo la sensaci贸n de que la sigo escuchando algunas noches.
Un susurro casi imperceptible en la oscuridad de mi habitaci贸n.
Una sombra quieta en la esquina, demasiado quieta.
Un aire fr铆o que no pertenece a ninguna ventana abierta.

Aokigahara no se queda siempre con el cuerpo.
A veces solo se queda con una parte de ti.
Y la Dama del Lago, esa figura sin rostro, sigue busc谩ndome entre sue帽os, como si a煤n creyera que no he terminado de entrar en su bosque.

Y tal vez tenga raz贸n.




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