🕷️𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐𝒔 -𝟐 🕷️

🕷️𝑳𝒂 𝒎𝒖𝒏̃𝒆𝒄𝒂 𝒅𝒆 𝒕𝒓𝒂𝒑𝒐🕷️

La mudanza tenía a sus padres de los nervios. Corrían de un lado a otro dando órdenes mientras los hombres de la empresa de transporte colocaban los muebles. Ella se paseaba por los pasillos de su nuevo hogar hasta que llegó a un cuarto con vistas a la calle. Se asomó a la ventana y le encantó lo que vio. Esa sería su habitación.

Dio media vuelta y entonces, en un rincón oscuro detrás de la puerta, sus ojos se posaron en una pequeña muñeca de trapo. Seguramente había pertenecido a los antiguos inquilinos. Se convertiría en su nuevo juguete favorito.

Un día, mientras su madre pasaba por delante de su puerta, escuchó a su hija hablar con alguien. Se asomó con cuidado y comprobó que la otra voz imitaba a su hija, lo que le pareció tierno. Era una niña adorable. La madre se marchó sin prestar demasiada atención a la conversación que la pequeña mantenía con la muñeca de trapo.

—Pero no puedo volar.
—Si puedes. Eres una niña especial. Eres bruja y por eso puedes entender a las muñecas… Agarra la escoba y verás qué divertido es volar.
—¿Aunque no me dejen papá y mamá?
—Claro. No se van a enterar… eres bruja.

Convencida, la niña obedeció a la muñeca. Buscó la escoba de la cocina, regresó a su habitación, abrió la ventana y saltó. Cuando abrió los ojos, vio a sus padres llorando desconsolados. Algo extraño ocurría: les parecían mucho más altos de lo que eran. Intentó llamarlos, pero no parecía que la escucharan.

Y entonces la vio: una niña de pelo largo y negro, demacrada y fea, la miraba desde un rincón de la habitación.

—Años esperando a que alguna niña ocupase mi lugar… Si tienes suerte, a lo mejor no tienes que esperar tanto como yo.




🕷️𝑶𝒋𝒐𝒔 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒐𝒔𝒄𝒖𝒓𝒊𝒅𝒂𝒅🕷️

Despertó en mitad de la noche con un frío que le calaba los huesos. Frente a ella, la oscuridad del pasillo parecía moverse, y unos ojos rojos brillaban, fijos, sin parpadear, desde el umbral de la puerta.

El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, mientras la memoria de las marcas dolorosas en su cuello emergía con claridad: no eran mosquitos, no podían serlo.

Algo —o alguien— había estado allí, observándola, acercándose en silencio durante horas, esperando el momento exacto para mostrarse.

Y en ese instante comprendió que la amenaza no era un sueño: era real, y estaba despierta.






🕷️𝑷𝒆𝒔𝒂𝒅𝒊𝒍𝒍𝒂 𝒐 𝒓𝒆𝒂𝒍𝒊𝒅𝒂𝒅🕷️

Desperté empapado en sudor, con el corazón golpeándome como un tambor. Había tenido un sueño aterrador: llegaba a casa y, con manos temblorosas, colocaba en la nevera del sótano siete cabezas decapitadas de personas que, en la pesadilla, yo había matado.

Me incorporé de golpe, la mente todavía vibrando entre el miedo y la confusión, y corrí hacia el sótano. Cada escalón crujía bajo mis pies, cada sombra parecía moverse con vida propia.

Al abrir la puerta de la nevera, el aire frío me dio un golpe en la cara. Miré dentro y mi mente no supo si reír o gritar: no había siete cabezas, sino diez, exactamente como las había dejado la noche anterior.

Un sudor frío recorrió mi espalda. ¿Había sido un sueño… o mi memoria estaba jugando conmigo? Cada pensamiento parecía fundirse con la realidad, y la certeza de que algo en mí se estaba rompiendo era aterradora. La línea entre la locura y la vigilia se había borrado.







🕷️𝑽𝒆𝒄𝒊𝒏𝒐𝒔 𝒄𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒐𝒔🕷️

De vez en cuando, una cara aparece en mi ventana. Al principio pensé que era algún vecino distraído, alguien que se asomaba por casualidad. Pero… eso no es lo que me preocupa.

Lo que realmente me inquieta es que vivo en un séptimo piso.
Siete pisos sobre la calle, ventanas alineadas, viento que mueve cortinas y hojas que caen sin que nadie las siga. Y, aun así, ahí está esa cara, mirándome desde mi ventana como si fuera lo más natural del mundo.

Cada vez que la veo, un escalofrío me recorre la espalda. A veces sonríe. Otras, simplemente me observa, inmóvil. Y yo, en mi apartamento, me pregunto si debería llamar a alguien… o si solo es cuestión de tiempo antes de que aprenda a volar.

Porque lo más raro no es que me miren, sino cómo alguien consigue estar siete pisos arriba… y sonreír.






🕷️𝑳𝒂 𝒉𝒂𝒃𝒊𝒕𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒅𝒆𝒍 𝒉𝒐𝒕𝒆𝒍🕷️

Cierta vez, un hombre conducía de noche por una ruta solitaria. La carretera estaba vacía y el viento traía consigo un silencio pesado, apenas roto por el rugido del motor. De repente, vio un hotel al costado del camino y decidió detenerse para descansar un poco.

Llegó a la recepción, se registró y la recepcionista le entregó la llave de su cuarto, pero con un aire extraño le advirtió:

—En tu piso hay una habitación que no tiene número. No mires por el cerrojo ni golpees la puerta.

El hombre subió por las escaleras, intentando ignorar la advertencia. Cuando pasó junto a la puerta sin número, un escalofrío le recorrió la espalda. Se obligó a sí mismo a seguir caminando y entró en su habitación, cenó algo rápido y encendió la televisión para distraerse.

Pero la curiosidad se volvió insoportable. Cerró los ojos un instante y respiró hondo. Luego salió de su cuarto y se acercó a la habitación misteriosa. Con manos temblorosas, miró por el cerrojo. Lo que vio le heló la sangre: una mujer vestida de blanco, de espaldas, y todo el cuarto iluminado en un rojo intenso que parecía palpitar. Pegó un grito que se perdió en el pasillo, y corrió de vuelta a su habitación. Esa noche, no pudo dormir; cada sombra parecía moverse y cada crujido de la madera le hacía temblar.

Al día siguiente, antes de marcharse, pasó por la recepción para devolver la llave. No pudo evitar confesarle a la recepcionista:

—Miré por el cerrojo.

—¿Y qué viste? —le preguntó ella con calma, pero sus ojos brillaban con un destello de advertencia.

—Vi a una mujer.

La recepcionista asintió lentamente:

—Te dije que no miraras. Allí se murió una mujer en extrañas circunstancias, y su fantasma vive en esa habitación hasta hoy. Todos los que miraron por el cerrojo… aparecieron muertos a los pocos días.





🕷️𝑨𝒏𝒊𝒍𝒍𝒐𝒔 𝒆𝒏 𝒔𝒖𝒔 𝒅𝒆𝒅𝒐𝒔🕷️

Daisy Clark había estado en coma durante más de un mes cuando el médico anunció que finalmente había muerto. Fue enterrada en un fresco día de verano, en un pequeño cementerio a un kilómetro y medio de su casa.

—Que descanse siempre en paz —dijo su marido, con voz temblorosa. Pero Daisy no lo hizo.

A última hora de la noche, un ladrón de tumbas se acercó al cementerio con una pala y una linterna. La tierra estaba suelta, y pronto llegó al ataúd de Daisy. Lo abrió con cuidado, y no se equivocaba: dentro, los dedos de la mujer portaban dos valiosos anillos, uno de bodas con un diamante y otro con un rubí que parecía brillar con luz propia.

El ladrón extendió las manos para arrebatarlos, pero los anillos estaban adheridos a sus dedos como si fueran parte de su carne. Desesperado, decidió cortar los dedos con un cuchillo. Apenas cortó la alianza, un hilo de sangre brotó y algo imposible sucedió: Daisy se movió. De repente, se incorporó dentro del ataúd.

El ladrón, aterrorizado, se puso en pie y golpeó la linterna. La luz se apagó. El silencio del cementerio se llenó de pasos, suaves pero inquebrantables: Daisy salía de su tumba. Al pasar junto a él, envuelta en su sudario, lo miró y preguntó con voz clara:

—¿Quién eres?

El ladrón de tumbas, congelado por el miedo, no pudo responder. Sin mirar atrás, Daisy se alejó caminando hacia su hogar, indiferente a todo lo que ocurría tras ella.

El ladrón, desorientado y aterrorizado, huyó en la dirección equivocada. Tropezó y cayó de cabeza en la tumba aún abierta, sobre el cuchillo que aún sostenía en su mano. El filo le atravesó el cuerpo, y mientras Daisy desaparecía en la distancia, él se desangró hasta morir, víctima de su propio miedo y de la justicia inesperada de alguien que nunca debió ser llamada “muerta”.




🕷️𝑮𝒐𝒍𝒑𝒆𝒔 𝒆𝒏 𝒆𝒍 𝒄𝒐𝒄𝒉𝒆🕷️

Una familia, compuesta por dos niños pequeños y sus padres, viajaba por carretera hacia un pequeño pueblo entre montañas cuando el coche se averió. Los padres salieron a buscar ayuda, dejando a los niños dentro, con la radio encendida para que no se aburrieran.

Cayó la noche y la oscuridad se volvió más densa de lo habitual. Los padres seguían sin regresar, y la radio interrumpió su música con un aviso escalofriante: un asesino muy peligroso se había escapado de un centro penitenciario cercano a la comarca de Valpuerta, y pedían que se extremaran las precauciones.

Las horas pasaban lentamente, y el silencio del bosque se volvía opresivo. De pronto, un sonido extraño cortó la quietud: golpes sobre el techo del coche.

“Poc… poc… poc…”

Al principio tímidos, luego más insistentes, hasta convertirse en un tamborileo frenético:

“POC, POC, POC…”

Los niños, paralizados por el miedo, sintieron que la desesperación les helaba la sangre. Finalmente, el más pequeño empezó a llorar y no pudieron resistir más. Abrieron la puerta y huyeron a toda prisa, respirando agitadamente.

Solo el mayor de los niños se atrevió a girar la cabeza. Lo que vio le heló el corazón. Sobre el techo del coche había un hombre enorme, aterrador, golpeando con fuerza algo que sostenía en las manos.

Eran las cabezas de sus padres.

El grito de terror quedó atrapado en su garganta, mientras la noche los engullía.






🕷️𝑨𝒍𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝑶𝒔𝒄𝒖𝒓𝒊𝒅𝒂𝒅🕷️

Cada noche tenía la misma pesadilla: me encontraban y me apuñalaban; después, arrojaban mi cuerpo sin vida desde un precipicio, mientras el viento me cortaba la piel y los gritos se perdían en el vacío.

Y aquella pesadilla se volvió realidad.

Una madrugada, sentí la puñalada en el pecho y la fuerza que me empujaba desde lo alto de una colina. Durante la caída, el dolor me devoraba; cada segundo parecía eterno, y el mundo se tornaba un borrón rojo y gris. Pero la herida no fue mortal. Sacudí el miedo, grité de rabia, y en un instante, ya surcaba los cielos, desplegando mis alas oscuras.

El aire rugía a mi alrededor mientras mis ojos buscaban a quienes me habían traicionado. Cada sombra se convertía en un objetivo, cada latido me acercaba a mi venganza. Y en la oscuridad de la noche, comprendí que ya no era víctima: era tormenta, era sombra y furia, y nadie escaparía de mí.





🕷️𝑬𝒍 𝒓𝒆𝒈𝒓𝒆𝒔𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒔𝒐𝒎𝒃𝒓𝒂𝒔🕷️

Han vuelto a castigarme. Lo admito: me he mezclado demasiado con la gente que respira.
Un mundo que no es mío, pero que me observa, me nombra, me teme.
A veces creo que solo me estudian, como quien observa un animal extraño en su hábitat, y otras veces pienso que sienten un miedo que ni ellos mismos comprenden.

Jugué con los espejos, bebí sombras, me paseé por sus calles como quien se prueba una vida ajena, sonriendo entre las grietas de la realidad. Me infiltré en sus risas, me escondí en sus silencios, me dejé atrapar por la curiosidad que los humanos llaman “normalidad”.

Y claro… los buenos se enfadaron.
Dicen que debo pensar en mis pecados, como si la eternidad fuera un banco de reflexión y no un parque de atracciones infernal. Como si yo pudiera arrepentirme de lo que soy, de lo que disfruto, de lo que me hace sentir viva en la oscuridad.

Por eso me devuelven a las profundidades. Otra vez. Otra caída. Otra sentencia. Cada descenso es un recordatorio de que mi mundo no pertenece a los vivos, que mis alas negras solo encuentran aire en los abismos y que mis garras no están hechas para acariciar, sino para asustar.

Pero yo sé la verdad: no hay placer mayor que subir al mundo de los vivos y ver cómo se les hielan los huesos cuando asomo mis patas de cabra, cuando levanto el tridente y dejo que la sonrisa que me quedó tras siglos de condena se dibuje en mi rostro.
Una sonrisa que solo los que ya no tienen nada que perder pueden permitirse.
Y mientras caigo de nuevo al abismo, guardo la certeza de que mis días entre los vivos, aunque cortos, son el verdadero festín de mi eternidad.







🕷️𝑪𝒆𝒏𝒂 𝑴𝒂𝒍𝒅𝒊𝒕𝒂🕷️

Finalmente lo invitaron a cenar.
Le había costado mucho tiempo ganarse la confianza de aquella familia, observando cada gesto, cada palabra, cada costumbre, y aprendiendo a medir su presencia. Pero cuando cruzó el umbral de la casa, algo le hizo encogerse por dentro.

El ambiente estaba cargado, demasiado silencioso. Él no era una persona religiosa, y un escalofrío le recorrió la espalda al ver el crucifijo colgado en la pared, las estampas de santos alineadas en los estantes de la librería, y el olor a incienso que flotaba en el aire. Soltó un bufido de resignación, intentando disimularlo, pero cada mirada de la familia parecía clavarse en él, evaluando, juzgando, sintiendo algo que él no podía comprender.

Disimuló todo lo que pudo, sonrió con cortesía, y se sentó a la mesa. Pero cuando le tomaron de la mano para bendecir la comida, un frío terrible le subió por el pecho. Su respiración se aceleró, y la sensación de peligro se volvió insoportable. Las sombras de la habitación parecían estirarse hacia él, y los ojos de la familia se volvieron demasiado intensos, como si pudieran ver dentro de su verdadera naturaleza.

En un instante, ya no pudo contenerse. Desplegó sus alas oscuras, sintiendo el aire estremecer con su furia y miedo contenidos durante tanto tiempo. Rompió la ventana con un golpe seco y salió disparado hacia la noche, dejando tras de sí la cena intacta y una familia congelada, incapaz de comprender lo que acababa de suceder.

El viento le envolvió mientras ascendía, y una risa silenciosa escapó de su garganta. La casa se quedó en un escalofrío de incredulidad y terror, y él supo que aquel lugar nunca volvería a ser seguro, ni para ellos… ni para nadie que intentara atraparlo.











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