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En el pueblo siempre se habl贸 del Krampus con la misma mezcla de broma y terror.
Los adultos lo nombraban con una sonrisa nerviosa,
los ni帽os re铆an para no llorar,
y nadie, absolutamente nadie,
quer铆a creer que aquella criatura formaba parte del invierno.

Pero hab铆a una regla:
cuando el sol se pon铆a,
las puertas deb铆an quedar cerradas
y las chimeneas encendidas.
Porque el fuego manten铆a lejos a lo que caminaba entre las sombras.

Jacob, en cambio, era un ni帽o extra帽o.
Travieso, s铆,
pero sobre todo curioso.
No cre铆a en nada que no pudiera tocar,
y el Krampus le parec铆a una historia para asustar a cr铆os.

Aquella noche,
cuando los copos ca铆an como cenizas fr铆as
y el viento soplaba con dientes de hierro,
sus padres lo advirtieron:

—Si no duermes,
vendr谩 a por ti.

Pero Jacob no quer铆a dormir.
Quer铆a ver.
Porque hay una l铆nea muy fina entre el valor
y la arrogancia.
Y Jacob ya la hab铆a cruzado.

Se escondi贸 con una manta en el suelo,
frente a la ventana.
Desde ah铆 ve铆a el exterior:
el jard铆n cubierto de nieve,
los 谩rboles desnudos,
la noche como un pozo.

A medianoche,
el mundo se volvi贸 distinto.
El silencio hab铆a cambiado de color.

Primero lleg贸 el sonido:
un arrastre lento,
met谩lico,
como cadenas arrastr谩ndose por la nieve.
Despu茅s, algo m谩s:
un campanilleo ahogado,
mientras una figura enorme avanzaba desde los 谩rboles.

Jacob no pod铆a moverse.
Ni pesta帽ear.
Era como si la oscuridad le hubiese agarrado la garganta.

La criatura se detuvo frente a la casa.
Negra contra la nieve,
cuernos que parec铆an ramas rotas,
pelo oscuro,
y una lengua roja, largu铆sima,
como la de una bestia que saborea antes de morder.

El Krampus levant贸 el hacha de madera.
Golpe贸 la puerta una vez.

La casa gimi贸.

Golpe贸 otra.
Las luces temblaron.

Al tercer golpe,
la puerta se abri贸 sola.

La chimenea se apag贸 sin viento.
La noche entr贸.

Jacob ve铆a todo,
pero no pod铆a gritar.
Su cuerpo no respond铆a.
Solo sus ojos, abiertos y secos,
miraban.

El Krampus entr贸 sin prisa.
Cada paso dejaba una marca h煤meda en la madera.
Llevaba a la espalda un saco que se mov铆a.
Algo dentro raspaba,
ara帽aba,
respiraba.

La criatura olfate贸 el aire,
como un perro buscando rastro.
Sus pezu帽as resonaban en el suelo,
cada vez m谩s cerca.

Jacob temblaba.
No sab铆a si de fr铆o o de puro terror.

Entonces, el Krampus se detuvo
justo frente a 茅l.

Los ojos del monstruo eran como pozos sin fondo,
negros, brillantes,
antiguos.
Se agach贸,
y Jacob pudo olerlo:
sangre seca, cuero h煤medo,
y algo m谩s…
desesperaci贸n.

—No dormiste —susurr贸 una voz que no parec铆a venir de su boca,
sino de dentro de la casa,
de dentro de la noche—.
Y ahora eres m铆o.

El saco se abri贸.
Manos peque帽as, torcidas, salieron buscando.
Gritos sin voz.
Nombres olvidados.

Jacob intent贸 retroceder,
pero el suelo se volvi贸 blando,
como si la casa quisiera entregarlo.

El Krampus lo agarr贸 del cuello,
con una fuerza tranquila,
y lo meti贸 dentro del saco.

No hubo grito.
No hubo lucha.
Solo oscuridad.

A la ma帽ana siguiente,
sus padres encontraron la manta,
la ventana abierta
y unas huellas enormes
que se perd铆an hacia el bosque.

Nadie habl贸 del tema.
Se dec铆a que era mejor callar.
Porque a veces,
cuando la noche es demasiado larga
y el viento sopla como si tuviera hambre,
el sonido de cadenas vuelve a escucharse.

Y entonces sabes
que el invierno a煤n no ha terminado.





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