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Todo comenz贸 hace un tiempo, con una mezcla peligrosa de curiosidad y valent铆a prestada. Una amiga y yo decidimos hacer espiritismo por primera vez. Nunca antes nos hab铆amos atrevido, pero esa chispa de osad铆a nos empuj贸 a intentarlo. Llamamos a otras dos amigas para que nos acompa帽aran; alguien nos dijo que con solo dos personas era m谩s dif铆cil que ocurriera algo. Como si eso fuera un seguro.

Convencerlas fue complicado. Risas nerviosas, bromas forzadas, ese “no pasa nada” que decimos para calmarnos. Finalmente aceptaron. Prepararon la habitaci贸n: una mesa peque帽a, velas mal colocadas, y una ouija vieja que nadie recordaba de d贸nde hab铆a salido. El aire ya pesaba antes de empezar.

Durante la sesi贸n apenas ocurri贸 nada… hasta que una de las chicas se levant贸 de golpe.
—Yo me voy de aqu铆. Menuda tonter铆a esta de la ouija —dijo con una risa tensa que no convenci贸 a nadie.

Nos asustamos m谩s por su reacci贸n que por la tabla. Decidimos terminar. Apagamos las velas y guardamos todo deprisa. Error n煤mero uno: no cerrar lo que no entiendes.

Pasaron unos d铆as. Casi hab铆a olvidado el tema cuando esa amiga me llam贸. Lloraba, con la voz rota. Me cont贸 que, de camino a casa, al pasar junto a una casa en ruinas, una ni帽a vestida de blanco se le hab铆a acercado. Le pidi贸 que jugara con ella.

Mi amiga dijo que no, que ten铆a prisa. La ni帽a comenz贸 a llorar. No un llanto normal: l谩grimas de sangre. Mi amiga sali贸 corriendo y me llam贸 apenas lleg贸 a casa. Quise tomarlo a broma, pero algo en su voz no encajaba. Era p谩nico puro.

Esa noche no dorm铆. Pensaba en la ouija, en la manera brusca en que ella se march贸. Intent茅 convencerme de que no ten铆a relaci贸n. Al final me dorm铆, agotada, pero con la sensaci贸n de que algo se mov铆a en la oscuridad. Cada sombra parec铆a estirarse, como si respirara.

Al d铆a siguiente me llam贸 otra vez. Iba a quedarse sola estudiando y ten铆a miedo. Decid铆 ir con ella. Cog铆 un autob煤s y nos pusimos a estudiar en su habitaci贸n, fingiendo normalidad. Pero la normalidad siempre se rompe cuando algo invisible observa.

Entonces o铆mos los ara帽azos. Lentos, insistentes. Como u帽as contra la pared.

Nos giramos a la vez. La ni帽a estaba sentada sobre la cama de mi amiga. Vestido blanco sucio. Pelo cubri茅ndole la cara. Ara帽aba la pared con calma enfermiza, disfrutando del sonido. No gritamos. No pudimos. Salimos corriendo.

Al llegar a la puerta, busqu茅 a mi amiga. No estaba. No esper茅. El miedo fue m谩s fuerte que cualquier lealtad.

Horas despu茅s, la polic铆a llam贸 a mi casa. Mi amiga hab铆a muerto de un ataque de asma. La encontraron en las escaleras, con los ojos abiertos y expresi贸n de terror.

Pasaron meses. Psiqui谩trico, pesadillas, ansiedad, silencios largos. Poco a poco cre铆 que me recuperaba. Hasta que un d铆a abr铆 el buz贸n y ah铆 estaba. Una nota.

Letra torpe. Infantil. Mal escrita.
Dec铆a:

“Tu amiga muri贸 por no jugar conmigo. Tengo una mu帽eca nueva…”

No recordaba siquiera la nota. Fue como si el mundo se detuviera. De golpe, todo encajaba: los ara帽azos, el miedo, las desapariciones. No era una broma del pueblo. Era un aviso.

A partir de entonces, la nota se convirti贸 en un punto de anclaje del terror. No pod铆a olvidar que alguien —o algo— me vigilaba. Cada sonido extra帽o, cada sombra que parec铆a moverse fuera de lugar, me hac铆a recordar esas palabras. La mu帽eca nueva. El juego pendiente. La promesa de que nadie escapa cuando la peque帽a insiste.

Empec茅 a notar cambios en la casa. Objetos que no recordaba haber movido aparec铆an en lugares distintos. Mis velas se apagaban solas. El fr铆o llegaba de repente, como si alguien inhalara mi aire. Intent茅 racionalizarlo: estr茅s, miedo postraum谩tico, imaginaci贸n. Pero luego llegaban los ara帽azos. Lentamente. Constantes. En las paredes, en los muebles, incluso a veces sobre el suelo de madera, como si las u帽as de la ni帽a quisieran dibujar mi nombre en la casa.

Investigu茅 m谩s. Historias viejas del pueblo. Archivos de peri贸dicos, rumores, cuentos que los viejos susurraban. Descubr铆 que d茅cadas atr谩s, una ni帽a hab铆a muerto en la misma casa en ruinas. Asfixiada, dicen, mientras jugaba sola. La encontraron con una mu帽eca rota entre los brazos, u帽as destrozadas, ojos abiertos de terror. Desde entonces, muchos aseguraban haberla visto: vestido blanco, rostro cubierto, siempre pidiendo jugar.

Comprend铆 algo terrible: no se trataba de miedo imaginario. Mi amiga no muri贸 solo de asma. Muri贸 porque algo sab铆a provocar terror absoluto, justo antes de que el cuerpo cediera. Y ahora, esa misma fuerza estaba conmigo.

Intent茅 mudarme. Cambiar de ciudad. Cambiar de rutina. Durante semanas funcion贸. Pero nunca desapareci贸 la sensaci贸n de ser observada. Hasta que, una noche, vi en el reflejo de la ventana una silueta peque帽a detr谩s de m铆. No se mov铆a. No lloraba. Solo me observaba.

—No quiero jugar —susurr茅, temblando.

La silueta inclin贸 la cabeza. Y por primera vez, escuch茅 una voz dentro de mi cabeza, fr铆a, pegajosa:

Todos juegan al final.

Desde entonces, vivo con una certeza inc贸moda: no importa cu谩nto corra, no importa cu谩nto intente olvidar. La nota me record贸 algo que jam谩s podr茅 ignorar: interrumpir un juego no es una opci贸n. Y algunas noches, cuando el silencio se estira demasiado, siento algo sobre la mesa. Una mu帽eca. Cada vez m谩s parecida a m铆.

Y entonces recuerdo la nota. La primera y 煤nica advertencia escrita con letra infantil, torpe:

“Tu amiga muri贸 por no jugar conmigo. Tengo una mu帽eca nueva…”

Nunca la olvidar茅. Porque s茅 que vendr谩.
Y s茅 que no se detendr谩 hasta que yo tambi茅n juegue.




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