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El pitido.
Ese pitido agudo, monocorde, lo era todo y nada a la vez.
El fin de mi mundo.
Recuerdo el fr铆o met谩lico bajo mis manos, la alarma, la prisa absurda… y luego, la nada.
Por un instante, solo una oscuridad profunda, sin peso, sin pensamiento.
Una tregua de la que no era digno.
Una paz que, ahora lo s茅, era un espejismo cruel.
Porque despu茅s de esa calma, lleg贸 el otro pitido. No en mis o铆dos, sino en la m茅dula de mi existencia.
Un zumbido constante, grave, que vibra en cada fibra de lo que soy, como si el universo entero fuera una maquinaria vieja y oxidada que se queja al girar.
Cada vibraci贸n me traspasaba como agujas, rasgando la conciencia en capas.
Sent铆 mis recuerdos filtrarse como arena por los dedos, im谩genes que no ped铆, olores que no reconoc铆a, pero que parec铆an marcados con mi ADN: el caf茅 de un lunes cualquiera, la risa de una ni帽a que nunca conoc铆, y el aroma de la sangre que derram茅.
Esto no es lo que contaban.
Las religiones tienen una imaginaci贸n pobre, infantil.
No hay fuego que purifique, no hay demonios con tridentes jugando a ser carniceros, ni lagos de azufre hirviendo que te regalen el alivio de la inconsciencia por el dolor.
Al menos, no de la forma en que lo imagin茅.
Aqu铆 hay un color que lo domina todo: un 贸xido viejo, una p谩tina de sangre seca que se adhiere a la vista y se siente en los dientes.
El aire no es fuego, es un aliento estancado, denso, cargado con el metal de la angustia de mil millones de almas.
Es un aire que no alimenta, que sabe a monedas oxidadas y a hospital abandonado.
Y el sonido… es una cacofon铆a orquestada por el lamento.
No gritos individuales, no hay esa suerte de protagonismo.
Es un coro ahogado, una masa de lamentos que se funde en un 煤nico murmullo constante, como el rumor de un oc茅ano de agon铆a que nunca termina de romper en la orilla.
Cada nota parece medir la profundidad de mi culpa. Cada vibraci贸n me recuerda el placer que tom茅 de hacer sufrir.
Intento moverme, mis piernas apenas responden.
Cada paso es un esfuerzo tit谩nico sobre un suelo que parece hecho de recuerdos triturados, de fragmentos de los cuerpos que tom茅.
Mis manos se sienten pesadas, como si estuvieran hechas de plomo o de la culpa que jur茅 no tener.
Ya no siento mi cuerpo, pero a煤n tengo la insoportable sensaci贸n de tenerlo.
Es como si cada c茅lula recordara cada crimen, cada mentira, cada rastro de miedo que dej茅 atr谩s.
No tengo pulmones, pero busco aire con un hambre que me quema el pecho.
No tengo ojos, pero veo esta extensi贸n interminable de paisajes desolados.
Colinas de ceniza que se extienden hasta un horizonte que siempre retrocede, bajo un cielo que sangra ese color 贸xido, una c煤pula opresiva que te recuerda que aqu铆 arriba no hay Dios, o si lo hay, se ha olvidado de limpiar el desv谩n.
Y las figuras.
Hay figuras a lo lejos, jirones de humanidad que se arrastran por la ceniza, chocando entre s铆 sin verse, como insectos que han perdido sus antenas.
Sus ojos vac铆os me reconocen sin mirarme, sienten la misma condena que yo, pero sin la conciencia del da帽o que provocaron.
Intento convencerme de que soy una v铆ctima m谩s, un error administrativo del m谩s all谩.
Repaso mis pecados buscando una l贸gica, con esa arrogancia que siempre me caracteriz贸: ¿el ego铆smo de quien se cree el centro del tablero?, ¿las mentiras que soltaba con la facilidad de quien respira?, ¿aquel rencor que era mi 煤nico motor real?
No puede ser que este vac铆o sea la respuesta a una vida “corriente”.
Pero el vac铆o empieza a agrietarse, y la verdad, esa perra persistente, asoma el hocico.
De repente, la bruma de 贸xido se rompe con fogonazos de una nitidez que duele, una resoluci贸n que no existe en el mundo de los vivos.
No son recuerdos, son pu帽aladas de realidad que me obligan a mirar a trav茅s de la herida.
Una carretera secundaria, el olor a asfalto mojado y el r铆tmico movimiento del limpiaparabrisas, un metr贸nomo que marcaba el final de una vida.
Ella est谩 ah铆, bajo la lluvia, con el brazo extendido y esa vulnerabilidad que a tipos como yo nos excita m谩s que cualquier otra cosa.
Recuerdo la invitaci贸n, la sonrisa ensayada que escond铆a al lobo, el clic del cierre centralizado… ese sonido seco que siempre era mi momento favorito.
El silencio dentro del coche empieza a cargarse de una electricidad violenta, un zumbido de depredador que finalmente ha acorralado a su presa.
Mi mente fantasea, saborea el control absoluto.
En ese habit谩culo, yo era el destino.
Entonces llega el forcejeo.
El sonido de la tela al rasgarse es m谩s fuerte aqu铆 que el zumbido eterno; es una nota perfecta.
Siento mis dedos, reales y vivos, hundi茅ndose con una fuerza animal en la suavidad de su garganta, buscando el punto exacto donde la vida se rinde.
El miedo en sus ojos, ese brillo de terror puro cuando comprenden que no hay vuelta atr谩s, es mi 煤nico combustible.
Tiro de su ropa, ignoro sus s煤plicas con una indiferencia t茅cnica, me alimento de su asfixia.
Pero el azul y el rojo cortan la noche, rompiendo la magia.
Luces de polic铆a que barren el arc茅n como dedos acusadores.
Ya lo sab铆an.
Ya me buscaban.
El p谩nico me nubla; hay otro forcejeo, un grito que no es m铆o, y un calor s煤bito, l铆quido y asfixiante que me inunda el pecho.
No es la adrenalina, es la muerte entrando sin llamar.
Siento la sangre mancharme la camisa, volvi茅ndose fr铆a mientras el mundo se desvanece tras un cristal roto.
Me han pegado un tiro.
Un final tan vulgar para alguien que se sent铆a especial.
Mientras aqu铆 sigo atrapado en esta llanura de herrumbre, la imagen cambia.
A lo lejos, como a trav茅s de una ventana empa帽ada por el aliento de los muertos, veo una pantalla de televisi贸n en un sal贸n cualquiera, un rinc贸n del mundo que sigue girando sin m铆.
Un informativo de mediod铆a.
Mi cara ocupa toda la pantalla.
La foto del carnet, donde parezco un tipo normal, un buen vecino.
El locutor habla con una frialdad que me congela lo poco que me queda de alma, con esa sinceridad directa que tanto odian los hip贸critas: "Abatido el asesino en serie responsable de la desaparici贸n de 12 adolescentes. El terror ha terminado".
El terror no ha terminado.
Solo ha cambiado de lado.
No hay errores.
No hay apelaciones.
El porqu茅 est谩 escrito en cada gramo de esta ceniza que piso.
No estoy aqu铆 por un descuido de la justicia divina, sino porque este lugar es el 煤nico molde que encaja con mi monstruosidad.
El vac铆o que siento es la presencia exacta de lo que hice, repetida en bucle, grabada en la piedra de mi eternidad.
Cada segundo aqu铆 es la suma de los segundos de terror que provoqu茅 en aquellas doce.
Intento gritar que no es justo, que quiero otra oportunidad, que puedo cambiar, pero mis cuerdas vocales son solo parte del coro de la desesperaci贸n.
Es el Infierno.
Y ahora, finalmente, lo entiendo todo: el castigo no es el 贸xido, ni el ruido, ni la soledad.
El castigo es que, por primera vez, no soy el que sostiene el cuchillo.
Aqu铆 solo hay eco, repetici贸n, la sensaci贸n de mirar a trav茅s de mis propias pupilas cuando alguien m谩s siente el terror que yo cre茅.
El paisaje de herrumbre se extiende hasta un horizonte imposible; cada grieta es un recuerdo, cada crujido un grito que nunca escuch茅 en vida.
Los jirones de humanidad arrastr谩ndose por la ceniza a lo lejos… yo ya no puedo tocarlos, pero siento c贸mo me observan.
Como si el mundo me recordara: la v铆ctima siempre termina m谩s fuerte que el depredador.
Y yo… solo soy memoria.
El eco del horror que desat茅, atrapado en un cielo de 贸xido eterno, rodeado de un aire que sabe a mi culpa.

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