饢 饾懍饾拲 饾懓饾拸饾挆饾拞饾拸饾挄饾拏饾挀饾拪饾拹 饾拝饾拞 饾拲饾拏 饾懌饾拞饾拵饾拞饾拸饾拕饾拪饾拏 饢
El despertad fue violento, una sacudida que me arranc贸 de un abismo de sombras. El sudor me empapaba, fr铆o y pegajoso como el barniz de un ata煤d, y el coraz贸n me golpeaba las costillas con una fuerza que amenazaba con romperlas. El sue帽o... Dios, el sue帽o hab铆a sido tan v铆vido que a煤n pod铆a sentir el peso de la carne en mis manos y el olor met谩lico, dulce y pesado de la sangre fresca.
En la pesadilla, yo no era yo. O tal vez, era m谩s "yo" que nunca. Me ve铆a a m铆 mismo en la penumbra del s贸tano, con los ojos inyectados en una euforia man铆aca, acomodando con una delicadeza nupcial siete cabezas decapitadas en los estantes de la vieja nevera. Siete rostros que me resultaban vagamente familiares, con los ojos abiertos en un asombro eterno.
Me incorpor茅 de golpe. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el zumbido el茅ctrico de mi propio p谩nico. Ten铆a que comprobarlo. Ten铆a que demostrarle a mi mente que solo era un truco sucio de mis neuronas.
Baj茅 al s贸tano. Cada escal贸n de madera cruj铆a bajo mis pies descalzos como si la casa estuviera gimiendo de dolor. Las sombras en las paredes parec铆an alargarse, estirando dedos negros para rozarme el cuello. Al llegar abajo, el fr铆o del s贸tano me cal贸 hasta los huesos, un fr铆o que ol铆a a humedad y a algo rancio que no quer铆a identificar.
Me detuve frente a la nevera. Mi mano, blanca y temblorosa, se pos贸 sobre la manija de metal. Por un segundo, dese茅 que estuviera cerrada con llave, que el universo me impidiera abrir esa puerta. Pero la inercia del horror es imparable. Tir茅 de ella.
El aire g茅lido me golpe贸 el rostro, pero no trajo alivio. Mis ojos recorrieron los estantes y, en ese instante, el mundo se fractur贸.
No eran siete. Mi mente no pudo procesar la risa hist茅rica que burbuje贸 en mi garganta antes de convertirse en un nudo de bilis. Hab铆a diez. Diez cabezas perfectamente alineadas, con la piel p谩lida bajo la luz amarillenta del electrodom茅stico. Sus expresiones no eran de miedo; parec铆an juzgarme con una serenidad insoportable.
Un sudor g茅lido me recorri贸 la espina dorsal. La pesadilla no era un sue帽o premonitorio; era un s铆ntoma de mi olvido. El horror no radicaba en el acto, sino en la aritm茅tica: mi subconsciente solo recordaba siete, pero mis manos hab铆an trabajado hasta llegar a diez. Hab铆a tres personas, tres vidas, tres nombres que mi memoria hab铆a borrado por completo, como si mi mente estuviera intentando protegerme de la magnitud de mi propia depravaci贸n.
¿Cu谩ndo hab铆a ocurrido? ¿Qui茅nes eran los tres que faltaban en mi recuerdo?
Me qued茅 all铆, de pie en la oscuridad del s贸tano, con la puerta de la nevera abierta de par en par. La l铆nea entre la locura y la vigilia no solo se hab铆a borrado, se hab铆a incinerado. Comprend铆, con una certeza que me destroz贸 el alma, que ya no era due帽o de mi cuerpo. Hab铆a un extra帽o viviendo en mi piel, alguien que sal铆a a pasear mientras yo dorm铆a, alguien que coleccionaba trofeos en el s贸tano y que, la noche anterior, hab铆a tenido una jornada especialmente productiva.
Cerr茅 la puerta de la nevera con un clic met谩lico que son贸 definitivo. Al darme la vuelta para subir las escaleras, vi una mancha roja en el suelo que no estaba all铆 antes. Y lo peor de todo, Clara, no fue el miedo. Fue la pregunta que me asalt贸 al llegar al 煤ltimo escal贸n: ¿Cu谩ntas habr谩 ma帽ana cuando vuelva a despertar?
Sub铆 los escalones de uno en uno, evitando que mis pies tocaran las zonas donde la madera cruj铆a con m谩s fuerza, como si tuviera miedo de despertar al monstruo que ya sab铆a que viv铆a conmigo. Al llegar a mi habitaci贸n, la luz gris谩cea del amanecer empezaba a lamer las paredes, revelando una realidad que ya no reconoc铆a como m铆a.
Me sent茅 en el borde de la cama. Mis manos, las mismas que hace unos minutos temblaban sobre el metal de la nevera, ahora estaban extra帽amente quietas. Las mir茅 con asco. Bajo las u帽as, una fina l铆nea de color oscuro me devolv铆a la mirada. No era suciedad de jard铆n.
Fue entonces cuando lo vi. Sobre la mesilla de noche, justo al lado de mi vaso de agua, descansaba un objeto que no deber铆a estar all铆: un peque帽o pendiente de perla, elegante y solitario. Sent铆 un vuelco en el est贸mago. No era de mi madre, ni de ninguna mujer que yo conociera. O al menos, no de ninguna que recordara haber conocido mientras estaba despierto.
Cerr茅 los ojos con fuerza, intentando forzar a mi memoria a abrir las celdas donde guardaba los secretos de la noche anterior. Y entonces, como un rel谩mpago negro, vino un destello: el olor a perfume de jazm铆n, el sonido de una risa cortada de golpe y el peso muerto de algo siendo arrastrado por la grava de la entrada.
—Tres m谩s —susurr茅 para m铆 mismo, y mi propia voz me son贸 extra帽a, m谩s profunda, m谩s g茅lida—. Tres que no estaban en el plan.
La certeza de que mi mente se hab铆a fracturado era total. Ya no se trataba de un episodio aislado; hab铆a una segunda personalidad, una entidad meticulosa y voraz que aprovechaba mi sue帽o para completar un inventario que yo ni siquiera comprend铆a. Diez cabezas. Siete m铆as, tres suyas. 脡ramos dos inquilinos en un mismo cuerpo, compitiendo por ver qui茅n llenaba antes la nevera del s贸tano.
Me puse de pie y camin茅 hacia el espejo del ba帽o. Me mir茅 fijamente a los ojos, buscando alg煤n rastro de ese otro, alguna sombra detr谩s de la pupila que me indicara que segu铆a ah铆, acechando. Pero solo vi a un hombre demacrado, con el rostro p谩lido y la mirada rota por el insomnio.
—¿Qui茅n eres? —le pregunt茅 al reflejo.
El reflejo no contest贸, pero por un segundo, jurar铆a que la comisura de sus labios se elev贸 en una sonrisa que yo no hab铆a ordenado.
El p谩nico me impuls贸 a salir de la casa. Necesitaba aire, necesitaba ver gente viva, necesitaba convencerme de que el mundo segu铆a siendo un lugar normal. Pero al llegar a la puerta principal, vi el peri贸dico del d铆a tirado en el porche. El titular me dej贸 sin aliento: "Tres desaparecidos en la zona residencial; la polic铆a busca pistas sobre un posible asaltante nocturno".
Sent铆 que el suelo desaparec铆a bajo mis pies. No solo era un loco; era un fugitivo de mi propia conciencia. Volv铆 a entrar y ech茅 la llave. Me sent茅 en el suelo del pasillo, abrazando mis rodillas. El zumbido de la nevera en el s贸tano parec铆a ahora un latido constante, un recordatorio de que mi "colecci贸n" estaba esperando.
El sol subi贸, iluminando la casa con una claridad obscena. Sab铆a que no pod铆a volver a dormir. Dormir significaba cederle el volante al otro. Dormir significaba despertar con el n煤mero once, el doce o el trece mir谩ndome desde el fr铆o. Pero los p谩rpados ya empezaban a pesarme, y en la oscuridad de mi mente, la voz de la pesadilla empez贸 a susurrar de nuevo:
—A煤n queda espacio en el estante de abajo, Juli谩n... ¿Por qu茅 te resistes?

Comentarios
Publicar un comentario