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La mudanza fue un caos de cajas de cart贸n y nervios a flor de piel. Los padres de Alicia se mov铆an como aut贸matas, dando 贸rdenes a unos transportistas que sudaban bajo el peso de una vida desmantelada. En medio del estruendo de los muebles arrastrados, la peque帽a Alicia se escabull贸 por el pasillo de la planta superior. La casa nueva ol铆a a cera vieja y a algo m谩s... algo dulce y polvoriento, como flores secas en un libro cerrado.
Encontr贸 el cuarto al final del corredor. Ten铆a una ventana amplia, un marco de madera que encuadraba la calle como un cuadro vivo. Alicia sonri贸; ese ser铆a su refugio. Pero al girarse para inspeccionar los rincones, lo vio. Detr谩s de la puerta, en una esquina donde la luz no se atrev铆a a entrar, descansaba una mu帽eca de trapo. Ten铆a botones negros por ojos y una sonrisa cosida con hilo descolorido. Parec铆a haber estado esperando siglos a que alguien abriera esa puerta.
Alicia la tom贸 en sus brazos. El tacto era fr铆o, casi h煤medo.
Los d铆as pasaron. Una tarde, su madre, cargada con una pila de s谩banas limpias, se detuvo frente a la habitaci贸n de la ni帽a. Escuch贸 un murmullo. Alicia hablaba con alguien, y lo que m谩s le llam贸 la atenci贸n fue la respuesta: una voz id茅ntica a la de su hija, con el mismo tono cantar铆n, pero con una cadencia ligeramente m谩s lenta, casi met谩lica.
—Es solo un juego —pens贸 la madre con una sonrisa nost谩lgica—. Tiene una amiga imaginaria. Es una ni帽a tan adorable.
Se march贸, ignorando que el di谩logo que dejaba atr谩s era el tejido de una soga.
—Pero no puedo volar, Mimo —dec铆a Alicia, mirando la mu帽eca. —S铆 puedes. Eres una ni帽a especial. Eres bruja, por eso puedes o铆rme. Las otras ni帽as son de barro, pero t煤 eres de aire. Agarra la escoba de la cocina y ver谩s qu茅 divertido es ver el mundo desde arriba. —¿Aunque no me dejen pap谩 y mam谩? —Ellos no entienden el vuelo, Alicia. Son pesados, est谩n pegados al suelo. No se van a enterar... eres bruja. Vuela antes de que te roben las alas.
Convencida por la calidez de aquella voz que sonaba como la suya, la ni帽a esper贸 a que el silencio reinara en la casa. Rob贸 la escoba, regres贸 a su cuarto y abri贸 la ventana. El viento de la tarde le acarici贸 la cara. Salt贸 con la fe ciega de los inocentes.
El impacto no doli贸. Al abrir los ojos, Alicia se sinti贸 extra帽amente ligera. Vio a sus padres en el jard铆n, gritando, llorando sobre un bulto peque帽o y roto que vest铆a su mismo pijama. Intent贸 acercarse, pero ellos le parecieron gigantescos, inalcanzables. Sus voces eran truenos lejanos.
—¡Mam谩! ¡Estoy aqu铆! —grit贸, pero nadie se gir贸.
Entonces, un escalofr铆o le recorri贸 la espalda. En el rinc贸n oscuro de la habitaci贸n, all铆 donde encontr贸 a la mu帽eca, apareci贸 ella. No era de trapo. Era una ni帽a de pelo negro y grasiento, con la piel pegada a los huesos y una mirada llena de un rencor milenario.
—A帽os esperando a que alguna idiota ocupase mi lugar —sise贸 la aparici贸n, cuya voz ya no imitaba a nadie—. Ahora te toca a ti quedarte en la sombra, Alicia. Te toca ser el juguete. Si tienes suerte, tal vez no tengas que esperar un siglo para que otra familia se mude a esta casa.
Alicia mir贸 hacia abajo. Sus manos ya no eran de carne; eran de tela basta y costuras gruesas. Su voz muri贸 en una garganta de lana. La nueva inquilina del rinc贸n acababa de empezar su guardia.
Alicia intent贸 gritar, pero su garganta ahora estaba rellena de algod贸n viejo y serr铆n. El sonido que sali贸 de su boca no fue un llanto, sino el roce seco de dos fibras de tela. La ni帽a de pelo negro —la que antes habitaba la sombra— se acerc贸 a ella con pasos que ya no eran silenciosos, sino reales, pesados, humanos. Se agach贸 y, con una sonrisa que Alicia reconoci贸 como la suya propia, la levant贸 del suelo por el brazo de trapo.
—M铆rame bien, Alicia —sise贸 la impostora, mientras la colocaba sobre la estanter铆a m谩s alta, justo donde la luz de la luna no pod铆a llegar—. Disfruta de tus nuevos padres. Yo lo har茅 por ti.
Desde su posici贸n elevada, Alicia vio c贸mo la entidad sal铆a del cuarto. Escuch贸 sus pasos bajando las escaleras y, poco despu茅s, el grito desgarrador de su madre transform谩ndose en un sollozo de confusi贸n.
—¡Alicia! ¡Oh, Dios m铆o, est谩s bien! ¡Pens茅 que... pensamos que hab铆as saltado!
La impostora hab铆a regresado al jard铆n. Alicia, desde su cuerpo de tela, sinti贸 un fr铆o que no era t茅rmico, sino existencial. Vio a trav茅s de la puerta entreabierta c贸mo la "nueva Alicia" abrazaba a sus padres con una ternura calculada. Sus padres lloraban de alegr铆a, besando la frente de un monstruo que vest铆a la piel de su hija, mientras el verdadero cuerpo de Alicia —aquel bulto roto en el c茅sped— se desvanec铆a en el aire como si nunca hubiera existido, borrado por la magia oscura del intercambio.
Pasaron las semanas. La casa nueva se llen贸 de risas falsas y cenas familiares. Alicia observaba todo desde su estanter铆a, con sus ojos de bot贸n negro que no pod铆an parpadear, ni llorar, ni cerrarse. Ve铆a c贸mo la intrusa dorm铆a en su cama, c贸mo usaba sus juguetes, c贸mo borraba su rastro del mundo poco a poco. A veces, la impostora entraba en el cuarto a solas, se acercaba a la estanter铆a y le susurraba al o铆do de lana:
—No me mires con ese odio, peque帽a. Es la ley del rinc贸n. Alguien tiene que ser el juguete para que otro pueda ser la ni帽a.
El polvo empez贸 a acumularse sobre los hombros de Alicia. Las costuras de su cuello comenzaron a ceder, haciendo que su cabeza cayera hacia un lado en un rictus de tristeza infinita. El tiempo perdi贸 su significado. Vio pasar inviernos y veranos a trav茅s del cristal de la ventana, hasta que un d铆a, escuch贸 de nuevo el ruido de cajas y camiones.
Sus padres, ahora m谩s viejos y con ojos cansados, estaban empacando. Se mudaban de nuevo. Alicia sinti贸 una chispa de esperanza: quiz谩s la llevar铆an con ellos, quiz谩s en otra casa alguien notar铆a que ella estaba all铆.
Pero la impostora, ahora una adolescente de mirada g茅lida, entr贸 en el cuarto con una caja de desechos. Mir贸 a Alicia con desprecio.
—Ya no necesito esto —dijo con la voz que Alicia una vez tuvo.
La mano de la intrusa agarr贸 a Alicia y la arroj贸 sin cuidado detr谩s de la puerta, en el rinc贸n oscuro donde todo comenz贸.
—Suerte con la pr贸xima familia, Alicia. Ojal谩 no tardes un siglo.
La puerta se cerr贸. La luz se apag贸. El silencio volvi贸 a reinar en la casa vac铆a. Alicia se qued贸 all铆, esperando, con su sonrisa cosida y su alma de trapo, escuchando c贸mo el coche de sus padres se alejaba para siempre, dej谩ndola atr谩s con la 煤nica compa帽铆a de las sombras que, poco a poco, empezaban a susurrarle al o铆do que pronto... pronto llegar铆a otra mudanza.


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