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La mudanza empez贸 con el ruido de las cajas y termin贸 con el sonido de una puerta cerr谩ndose para siempre.

Los padres de Alicia llevaban toda la ma帽ana entrando y saliendo de la casa nueva con ese nerviosismo extra帽o de quienes intentan convencerse de que empezar de cero es una buena idea. Los transportistas arrastraban muebles por el suelo de madera y dejaban un rastro de polvo en el pasillo. El eco de las voces rebotaba en las habitaciones vac铆as.

Alicia, que apenas ten铆a siete a帽os, aprovech贸 el caos para explorar.

La planta superior estaba mucho m谩s silenciosa. El olor cambiaba all铆 arriba: ya no era cart贸n ni sudor, sino cera vieja, humedad y algo dulz贸n que le record贸 a las flores secas que su abuela guardaba entre las p谩ginas de los libros.

Al final del corredor encontr贸 una puerta entreabierta.

La habitaci贸n era peque帽a pero acogedora. Ten铆a una ventana amplia desde la que se ve铆a la calle y un viejo radiador de hierro junto a la pared. Alicia sonri贸. Aquel cuarto parec铆a hecho para ella.

Entonces la vio.

En el rinc贸n detr谩s de la puerta, donde la luz apenas alcanzaba, descansaba una mu帽eca de trapo.

Ten铆a un vestido azul descolorido, el pelo hecho con hilos negros apelmazados y dos botones oscuros cosidos como ojos. La sonrisa, bordada con hilo rojo gastado, parec铆a demasiado grande para su cara.




La ni帽a la tom贸 entre sus brazos.

El tacto era fr铆o.

No fr铆o como una mu帽eca olvidada, sino como una piedra h煤meda sacada de un pozo.

—¿Qui茅n te ha dejado aqu铆? —susurr贸.

Por un instante le pareci贸 que los botones brillaban.

La primera noche durmi贸 abrazada a la mu帽eca.

La segunda empez贸 a hablarle.

La tercera obtuvo respuesta.

Fue un murmullo tan leve que Alicia crey贸 haberlo imaginado.

—Me llamo Mimo.

La ni帽a se incorpor贸 en la cama.

—¿Has hablado t煤?

—Claro. Solo las ni帽as especiales pueden o铆rme.

La voz era id茅ntica a la suya, aunque ten铆a algo extra帽o, una lentitud antinatural, como una grabaci贸n reproducida a menos velocidad.

Alicia no sinti贸 miedo. Los ni帽os aceptan lo imposible con una facilidad que los adultos han olvidado.

—¿Por qu茅 estabas sola?

—Te estaba esperando.

Los d铆as siguientes, la relaci贸n entre ambas se volvi贸 inseparable.

Mimo le contaba secretos. Le hablaba de p谩jaros que dorm铆an volando, de sombras que caminaban por las paredes cuando todos apagaban las luces y de ni帽as capaces de hacer cosas que los adultos nunca entender铆an.

Una tarde, la madre de Alicia pas贸 frente a la habitaci贸n con una pila de s谩banas limpias.

Escuch贸 dos voces.

—¿Y si me caigo?

—Las ni帽as de barro se caen. T煤 no eres de barro.

La madre sonri贸.

—Tiene una amiga imaginaria —pens贸.

Y sigui贸 caminando.

La conversaci贸n continu贸 cuando el pasillo volvi贸 a quedar vac铆o.

—¿Qu茅 soy entonces?

—Eres de aire.

—¿Y t煤?

Hubo un silencio breve.

—Yo tambi茅n lo era.

Alicia acarici贸 el vestido de la mu帽eca.

—¿Por qu茅 hablas tan bajito?

—Porque llevo mucho tiempo esperando.

La idea del vuelo apareci贸 una semana despu茅s.

Mimo la introdujo como quien comparte un juego inocente.

—¿Nunca has querido ver las casas desde arriba?

—Claro.

—Puedes hacerlo.

—No tengo alas.

—Las brujas no necesitan alas.

Alicia solt贸 una risa nerviosa.

—No soy una bruja.

—Lo eres. Por eso puedes o铆rme. Las otras ni帽as solo oyen silencio.

La mu帽eca parec铆a observarla con sus ojos de bot贸n.

—Coge una escoba. Abre la ventana. Ver谩s qu茅 f谩cil es.

—Mam谩 se enfadar谩.

—Tus padres no entienden el vuelo.

La voz se volvi贸 m谩s dulce.

—Vuela antes de que te roben las alas.

Aquella tarde, cuando la casa qued贸 en silencio, Alicia baj贸 a la cocina.

Tom贸 la escoba.

Subi贸 despacio las escaleras.

Abri贸 la ventana.

El viento le acarici贸 la cara.

Y salt贸.

El golpe no doli贸.

Lo primero que sinti贸 fue ligereza.

Lo segundo, confusi贸n.

Estaba de pie en el jard铆n viendo a sus padres arrodillados sobre un peque帽o cuerpo inm贸vil que llevaba su mismo pijama.

Su madre gritaba.

Su padre temblaba mientras intentaba llamar a emergencias con manos torpes.

—¡Mam谩! —grit贸 Alicia.

Nadie respondi贸.

Corri贸 hacia ellos.

Sus pies no hac铆an ruido.

Intent贸 tocar el hombro de su padre y su mano atraves贸 la tela de la camisa como humo.

Entonces sinti贸 un fr铆o terrible detr谩s de ella.

En el rinc贸n donde hab铆a encontrado la mu帽eca apareci贸 una ni帽a.

Era alta para su edad, demasiado delgada, con el pelo negro pegado al rostro y una piel gris谩cea que parec铆a haber pasado a帽os lejos del sol.

Y sonre铆a.

—Al fin.

La voz ya no imitaba a Alicia.

Sonaba 谩spera, antigua.

—¿Qui茅n eres?

—La que estaba antes.

La aparici贸n avanz贸 un paso.

—A帽os esperando a que alguien ocupara mi lugar.

Alicia retrocedi贸.

Mir贸 sus manos.

No eran manos.

Eran de tela basta, rellenas de algod贸n apelmazado y serr铆n.

Sus dedos terminaban en costuras gruesas.

Intent贸 gritar.

Solo sali贸 el roce seco de dos fibras.

La ni帽a de pelo negro la levant贸 del suelo por un brazo de trapo.

—M铆rate bien, Alicia.

La coloc贸 sobre la estanter铆a m谩s alta del cuarto.

Desde all铆 pod铆a verlo todo.

—Disfruta de tus nuevos padres —susurr贸 la criatura—. Yo disfrutar茅 de los m铆os.

Y sali贸 de la habitaci贸n.

Minutos despu茅s, Alicia oy贸 el grito de su madre transformarse en un sollozo de alivio.

—¡Alicia! ¡Est谩s viva!

La impostora hab铆a vuelto al jard铆n con el rostro de la ni帽a.

Sus padres la abrazaban desesperados mientras el cuerpo roto sobre la hierba se desvanec铆a lentamente, borrado como una fotograf铆a mojada.

El mundo acababa de olvidar a la verdadera Alicia.

Pasaron las semanas.

La nueva Alicia cenaba con la familia.

Re铆a.

Dorm铆a en su cama.

Usaba sus juguetes.

A veces sub铆a sola al cuarto y se acercaba a la estanter铆a.

—No me mires as铆 —le dec铆a a la mu帽eca—. Es la ley del rinc贸n.

Le acariciaba la cabeza de trapo con una ternura enfermiza.

—Alguien tiene que ser el juguete para que otro pueda ser la ni帽a.

El polvo comenz贸 a cubrir a Alicia.

Las costuras de su cuello cedieron poco a poco, haciendo que la cabeza quedara inclinada hacia un lado.

No pod铆a dormir.

No pod铆a cerrar los ojos.

Ve铆a pasar los d铆as y las noches sin descanso.

En ocasiones escuchaba susurros provenientes de otros rincones de la casa.

Voces infantiles.

Algunas lloraban.

Otras re铆an.

Una de ellas repet铆a una y otra vez:

—Pronto llegar谩 otra.

Los a帽os transcurrieron.

La impostora creci贸.

Se convirti贸 en una adolescente de mirada fr铆a y sonrisa perfecta.

Y una ma帽ana regres贸 el sonido de las cajas.

Los padres de Alicia, ahora m谩s envejecidos y cansados, preparaban una nueva mudanza.

La mu帽eca sinti贸 una chispa de esperanza.

Tal vez la llevar铆an con ellos.

Tal vez alguien notar铆a que estaba all铆.

La puerta se abri贸.

La falsa Alicia entr贸 con una caja de objetos para tirar.

Mir贸 a la mu帽eca con indiferencia.

—Ya no te necesito.

La agarr贸 por un brazo y la arroj贸 detr谩s de la puerta, al rinc贸n oscuro donde todo hab铆a empezado.

—Suerte con la pr贸xima familia —dijo usando la voz que una vez perteneci贸 a la verdadera ni帽a—. Ojal谩 no tengas que esperar un siglo.

La luz se apag贸.

La puerta se cerr贸.

La casa qued贸 vac铆a.

Alicia escuch贸 el coche de sus padres alejarse lentamente por la calle.

Despu茅s lleg贸 el silencio.

Un silencio tan profundo que parec铆a llenar cada grieta de la casa.

Pasaron horas.

Tal vez d铆as.

Entonces, en la oscuridad del rinc贸n, otras voces comenzaron a susurrar.

No ven铆an de fuera.

Ven铆an de las sombras.

—No est茅s triste.

—Pronto vendr谩n.

—Siempre viene otra familia.

—Siempre hay una ni帽a curiosa.

Y por primera vez desde que se convirti贸 en mu帽eca, Alicia comprendi贸 el verdadero horror.

La criatura que ocup贸 su lugar no hab铆a inventado la ley del rinc贸n.

Solo la hab铆a heredado.

Porque en aquella casa, desde hac铆a generaciones, las mu帽ecas nunca eran juguetes.

Eran las ni帽as que hab铆an esperado demasiado tiempo.

Y ahora, en la oscuridad, Alicia sinti贸 c贸mo su sonrisa cosida se tensaba lentamente mientras la puerta principal de la casa vac铆a cruj铆a al abrirse de nuevo.

Una voz desconocida reson贸 en el piso inferior:

—¿Cari帽o? Creo que esta habitaci贸n ser谩 perfecta para nuestra hija

El rinc贸n volvi贸 a despertar.








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