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Siempre pens茅 que estas cosas eran de pel铆cula, ¿sabes? De esas con efectos especiales y curas que hablan lat铆n. Pero lo que le pas贸 a Marta, mi vecina del quinto, no ten铆a nada de Hollywood. Empez贸 con tonter铆as, peque帽as cosas. Olvidarse las llaves, dejar la puerta abierta. Cosas que una achaca al estr茅s o a la edad. Pero Marta no era vieja, y nunca hab铆a sido despistada. Era de esas mujeres que ten铆an todo bajo control, el tipo de persona que planificaba la semana con un c贸digo de colores.

La primera vez que realmente me asust茅 fue cuando la encontr茅 en el rellano, a las tres de la ma帽ana, intentando abrir mi puerta con sus propias llaves. Llevaba el pijama puesto, el pelo revuelto, y su mirada... no era la de Marta. Era una mirada vac铆a, como si sus ojos fueran ventanas a un apartamento sin muebles. Me dijo que "quer铆a entrar", sin m谩s. No era una pregunta, era una afirmaci贸n con una voz que no era del todo la suya, m谩s grave, con un ligero eco. Logr茅 llevarla de vuelta a su piso, la met铆 en la cama y llam茅 a su hija, que viv铆a lejos. Me dijo que la madre andaba "un poco rara", pero nada m谩s.

Los d铆as siguientes fueron un descenso a los infiernos. Marta dej贸 de salir. Los ruidos que ven铆an de su piso eran cada vez m谩s extra帽os. No eran gritos de auxilio, ni de dolor. Eran m谩s bien gru帽idos, arrastrando cosas, y a veces, una risa. Una risa seca, sin alegr铆a, que sonaba como si se estuvieran burlando de algo. Llam茅 a la polic铆a, preocupado. Entraron y no encontraron nada. Dijeron que la se帽ora estaba "confusa" y que ya estaba en la cama. Pero yo la vi, asomada a la puerta, mientras los agentes sal铆an. Y me sonri贸. Una sonrisa ladeada, con una chispa de maldad en los ojos que nunca, jam谩s, hab铆a visto en Marta.

Una tarde, me arm茅 de valor y piqu茅 a su puerta. El silencio era total. Piqu茅 de nuevo, m谩s fuerte. La puerta no estaba cerrada del todo. Entr茅 con el coraz贸n en la garganta. El piso estaba hecho un desastre. Muebles volcados, libros por el suelo. En el centro del sal贸n, Marta estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas. Su cuerpo estaba tenso, y sus ojos... esos ojos no me miraban a m铆. Miraban a trav茅s de m铆, hacia algo que solo ella (o lo que fuera que estuviera dentro de ella) pod铆a ver.

Le habl茅, le rogu茅 que reaccionara. Pero de su boca no salieron palabras de Marta. Sali贸 una frase en un idioma que no entend铆, pero que son贸 a mil lenguas a la vez, como un coro de voces antiguas. Entonces, su cabeza gir贸. No de golpe, no con un chasquido. Gir贸 lentamente, como si el cuello no tuviera huesos, hasta que su cara me dio la espalda. Y luego, esa voz. La voz grave, con eco, que dijo, arrastrando las s铆labas: "Se est谩 acomodando."

Sent铆 un fr铆o que me lleg贸 hasta los huesos. Comprend铆 que Marta ya no estaba ah铆. Que lo que mov铆a su cuerpo, lo que hablaba con su voz distorsionada, no era ella. Era un inquilino sin contrato que hab铆a encontrado un hogar, y no ten铆a ninguna intenci贸n de irse. Sal铆 corriendo de ese piso, de ese edificio, sin mirar atr谩s. S茅 que sigue ah铆. A veces, por la noche, escucho esa risa. Y s茅 que no es la de Marta. Es la del inquilino, que ya se ha acomodado del todo.


Sal铆 corriendo de ese piso, de ese edificio, sin mirar atr谩s. Pas茅 tres noches en un hostal barato, saltando ante cualquier crujido de la madera, convencido de que la risa de "eso" me hab铆a seguido por las tuber铆as. Pero la culpa es m谩s fuerte que el miedo. No pod铆a dejar a Marta all铆, pudri茅ndose en vida o sirviendo de envase para algo que no era de este mundo.

A la cuarta ma帽ana, volv铆. Pero no volv铆 solo.

Busqu茅 en internet, en foros que nadie deber铆a visitar. No buscaba curas de parroquia; buscaba a alguien que hubiera visto el abismo de frente. As铆 encontr茅 a El铆as. No lleva sotana, ni crucifijos de plata. Es un hombre seco, con las manos llenas de cicatrices y unos ojos que parecen haber olvidado c贸mo parpadear. "No es un demonio", me dijo mientras sub铆amos las escaleras del edificio. "Es un par谩sito de conciencia. Se alimentan de la identidad".

Al entrar en el quinto izquierda, el aire era distinto. No hac铆a fr铆o, hac铆a vac铆o. Como si el ox铆geno hubiera sido reemplazado por algo m谩s denso. Marta estaba en el mismo sitio, en el suelo del sal贸n. Pero ya no era ella. Su piel se ve铆a gris谩cea, tirante, y sus dedos se mov铆an de forma independiente, como si no tuvieran huesos.

El铆as no perdi贸 el tiempo. No hubo lat铆n ni agua bendita. Sac贸 un frasco con una tierra negra y empez贸 a trazar un c铆rculo alrededor de ella mientras susurraba algo que sonaba a piedra rozando piedra. Marta —o lo que fuera— levant贸 la cabeza. Su cuello cruji贸, un sonido seco que llen贸 la habitaci贸n. No grit贸. Se limit贸 a mirarnos con una sonrisa que le llegaba casi a las orejas.

—Se est谩 acomodando demasiado bien —sise贸 El铆as—. Ay煤dame a sujetarla.

Fue el peor momento de mi vida. Tuve que agarrar los hombros de mi vecina mientras El铆as le presionaba las sienes. La piel de Marta quemaba. No era calor de fiebre, era un calor qu铆mico, insoportable. Entonces, el "inquilino" habl贸. No us贸 las cuerdas vocales de Marta; el sonido sal铆a directamente de su pecho, una vibraci贸n gutural que dec铆a mi nombre, revelando secretos que yo nunca le hab铆a contado a nadie.

El铆as hundi贸 sus pulgares en los ojos de la mujer y grit贸 una sola palabra en un idioma que me hizo sangrar la nariz. Hubo un espasmo violento. El cuerpo de Marta se arque贸 tanto que pens茅 que se romper铆a por la mitad. Y entonces, un humo negro, denso como el chapapote, sali贸 por su boca y se disip贸 antes de tocar el techo.

Marta cay贸 desplomada. El铆as se apart贸, exhausto, limpi谩ndose la sangre de la cara.

—Se ha ido —dijo con un hilo de voz—. Pero ha dejado el nido hecho.

Mir茅 a Marta. Respiraba, s铆. Pero cuando abri贸 los ojos, no hab铆a nada. Segu铆a siendo un envase vac铆o. El铆as ten铆a raz贸n: el inquilino se hab铆a ido, pero se hab铆a llevado con 茅l todo lo que hac铆a que Marta fuera Marta. Ahora es solo un cuerpo que respira, esperando a que algo nuevo, atra铆do por el olor de la ausencia, decida mudarse de nuevo.




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