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Hay una clase de cansancio que no se cura durmiendo. Un agotamiento tan profundo que empieza a borrar los bordes de las cosas: las horas se mezclan, los recuerdos pierden nitidez y uno acaba movi茅ndose por el mundo como un actor que ha olvidado el guion pero sigue representando la obra.

Para Elena, las jornadas de doce horas en la unidad de cuidados intensivos se hab铆an convertido en eso. Un t煤nel interminable de luces fluorescentes, respiradores, olor a desinfectante y monitores que pitaban con una regularidad casi hipn贸tica. Hab铆a noches en las que sal铆a del hospital sin recordar el rostro de los pacientes a los que hab铆a atendido durante horas.

Lo 煤nico real era el trayecto de vuelta a casa.

La autov铆a A‑42 atravesaba la oscuridad como una cicatriz de asfalto, y ella la recorr铆a cada madrugada en un estado extra帽o, a medio camino entre la vigilia y el sue帽o. Conduc铆a de memoria: las manos en el volante, los ojos fijos al frente y la mente flotando en alg煤n lugar lejano.

Aquella noche de jueves empez贸 igual que todas.

Y termin贸 de una forma que nadie habr铆a podido explicar.

La niebla apareci贸 de golpe.

Un instante estaba viendo las luces lejanas de los coches y, al siguiente, todo desapareci贸 detr谩s de una masa gris y espesa que engull贸 la carretera. No era la t铆pica bruma ligera que se mueve con el viento. Aquello parec铆a humo h煤medo, una sustancia aceitosa que se pegaba al parabrisas y devolv铆a la luz de los faros en un resplandor amarillento y enfermizo.

El limpiaparabrisas chirri贸 sobre el cristal.

Una vez.

Otra.

El sonido se clav贸 en las sienes de Elena.

Baj贸 un poco la velocidad. El aire caliente del coche comenz贸 a salir m谩s fr铆o y h煤medo. Y entonces lleg贸 el olor.

Tierra mojada.

Vegetaci贸n podrida.

Barro removido.

Frunci贸 el ce帽o y ajust贸 la ventilaci贸n, pero el hedor se intensific贸.

—Genial… —murmur贸.

Mir贸 el reloj del salpicadero. Las dos y diecisiete. Le faltaban veinte minutos para llegar a su piso.

Al menos eso cre铆a.

Un pitido agudo cort贸 el zumbido del motor.

La pantalla del GPS parpade贸 con violencia. El mapa habitual desapareci贸 y fue sustituido por una versi贸n simplificada, sin nombres de calles ni referencias. Una 煤nica l铆nea roja atravesaba la pantalla hacia la derecha.

—Desv铆o detectado. Gire a la derecha en cien metros para evitar retenci贸n prolongada.

Elena levant贸 la vista.

¿Retenci贸n?

Delante de ella no hab铆a ni un solo coche.

Mir贸 por el retrovisor.

Nada.

Ni luces.

Ni asfalto.

Solo un muro de niebla cerr谩ndose sobre la parte trasera del veh铆culo.

La voz del GPS volvi贸 a sonar.

—Gire a la derecha.

Hab铆a algo extra帽o en la entonaci贸n. M谩s lenta. M谩s grave. Como si la voz artificial estuviera cansada.

Con un suspiro resignado, Elena tom贸 la salida.

La rampa descend铆a hacia una oscuridad absoluta.

Las farolas de la autov铆a quedaron atr谩s y el asfalto liso se transform贸 en un camino de tierra y grava que hac铆a vibrar la direcci贸n del coche. Las ruedas salpicaron barro.

Elena redujo a煤n m谩s la velocidad.

Los faros apenas atravesaban unos pocos metros de niebla. A ambos lados del camino aparecieron 谩rboles enormes y retorcidos cuyas ramas se inclinaban sobre el coche como dedos deformes.

El olor a tierra h煤meda se volvi贸 asfixiante.

—Contin煤e recto por el camino sin nombre durante cuatro kil贸metros —indic贸 el GPS.

Esta vez la voz iba acompa帽ada de un siseo est谩tico, un zumbido tenue que recordaba a una respiraci贸n.

Elena trag贸 saliva.

Aquella zona no le resultaba familiar en absoluto.

Intent贸 recordar alg煤n desv铆o parecido en la A‑42, pero la memoria se le escapaba entre el cansancio y la niebla.

Quiso dar la vuelta.

No pudo.

El camino era demasiado estrecho y estaba flanqueado por zanjas profundas llenas de agua oscura.

Solo pod铆a seguir adelante.

Encendi贸 la radio para romper el silencio.

Un chirrido met谩lico inund贸 el coche.

Entre la est谩tica se filtr贸 una voz humana, ahogada y lejana, repitiendo algo incomprensible.

Elena apag贸 la radio de inmediato.

Pero el sonido no desapareci贸.

Continu贸 saliendo de los altavoces traseros.

Un murmullo constante.

Como alguien susurrando detr谩s de ella.

El vello de su nuca se eriz贸.

—Elena.

La voz sali贸 del GPS.

Ella fren贸 en seco.

Las manos comenzaron a temblarle sobre el volante.

La pantalla ya no mostraba el mapa. Era una superficie negra con una sola l铆nea de texto rojo parpadeando en el centro.

TE EST脕 ALCANZANDO



Con el coraz贸n golpe谩ndole el pecho, mir贸 el retrovisor.

La niebla se agitaba.

Dos luces rojas avanzaban por el camino.

No eran faros.

Se mov铆an de forma irregular, balance谩ndose lentamente a izquierda y derecha.

Como unos ojos.

Elena pis贸 el acelerador a fondo.

El coche derrap贸 sobre el barro. El motor rugi贸 mientras los neum谩ticos luchaban por agarrarse al terreno.

Los baches sacud铆an el veh铆culo con violencia.

Las luces rojas segu铆an detr谩s.

Siempre a la misma distancia.

—Gire a la izquierda en cincuenta metros —orden贸 el GPS con una urgencia casi humana—. Hazlo ya.

Una bifurcaci贸n apareci贸 entre la niebla.

Elena gir贸 bruscamente.

El coche patin贸.

Perdi贸 el control.

Un segundo eterno.

Y luego el golpe seco contra un talud de tierra h煤meda.

El motor se cal贸.

Silencio.

Los faros se apagaron.

El salpicadero muri贸.

La oscuridad era tan densa que Elena no pod铆a verse las manos.

Entonces el GPS emiti贸 una tenue luz roja.

En la pantalla apareci贸 un 煤nico mensaje.

DESTINO ALCANZADO

Elena contuvo el aliento.

Afuera sonaron unos pasos sobre la grava h煤meda.

Crujido.

Silencio.

Crujido.

Algo se detuvo junto a la puerta del copiloto.

El cristal estaba empa帽ado por su respiraci贸n, pero pod铆a sentir una presencia enorme pegada al coche.

El aire se volvi贸 helado.

Su aliento sali贸 en densas nubes blancas.

Con un chasquido met谩lico, el pestillo de la puerta se levant贸 solo.

La puerta se abri贸 lentamente.

Entr贸 una r谩faga de aire con olor a fango y descomposici贸n.

Y entonces una silueta alta y delgada se desliz贸 en el asiento del copiloto.

No ten铆a rostro.

La cabeza era una superficie lisa y gris谩cea que parec铆a absorber la luz roja del navegador.

El fr铆o que desprend铆a era insoportable.

La figura gir贸 hacia ella.

Y Elena comprendi贸 algo peor que el miedo.

Aquella presencia le resultaba familiar.

Un recuerdo olvidado emergi贸 de golpe.

El ascensor vac铆o del hospital.

El olor a tierra mojada en el vestuario.

La sensaci贸n de que alguien respiraba detr谩s de ella durante las guardias nocturnas.

El reflejo de una sombra en las puertas autom谩ticas.

Detalles peque帽os que hab铆a atribuido al agotamiento.

La voz son贸 junto a su o铆do.

Pero ya no proven铆a del GPS.

Proven铆a de la criatura.

Y ten铆a exactamente su propia voz.

—Llevabas semanas conduciendo conmigo.

Elena intent贸 gritar.

Solo sali贸 un hilo de vaho.

La criatura apoy贸 una mano sobre su mu帽eca.

El contacto fue una ausencia absoluta de calor.

La piel palideci贸 al instante.

Manchas oscuras comenzaron a extenderse bajo la superficie de su brazo.

El motor arranc贸 solo.

El volante gir贸.

El coche comenz贸 a avanzar sin que ella tocara los pedales.

La niebla se abri贸 delante del veh铆culo.

El camino descend铆a cada vez m谩s, alej谩ndose de cualquier rastro de la autov铆a.

La radio se encendi贸.

Entre la est谩tica se escucharon decenas de voces superpuestas.

Nombres.

Direcciones.

Fechas.

Y luego una frase clara:

«La siguiente eres t煤».

El coche se detuvo frente a una casa enorme y deformada por la humedad.

Las ventanas eran agujeros negros.

La puerta principal estaba abierta.

Del interior sal铆a el mismo olor a fango y podredumbre.

La criatura retir贸 la mano de su mu帽eca.

—Ya hemos llegado.

Elena descendi贸 del coche.

No porque quisiera.

Porque sus piernas obedec铆an otra voluntad.

Entr贸 en la casa.

En las paredes colgaban ropa, bolsos y zapatos cubiertos de barro seco.

Entre ellos distingui贸 una tarjeta identificativa del hospital.

Con su fotograf铆a.

Y una fecha.

La del d铆a siguiente.

El terror le devolvi贸 el control del cuerpo.

Se gir贸 para correr hacia el coche.

Pero el coche ya no estaba.

Solo quedaba la niebla.

Y detr谩s de ella, el sonido de muchos pasos acerc谩ndose al mismo tiempo.

No unos pasos.

Muchos.

Como si todas las personas que hab铆an llevado algo hasta aquella casa siguieran caminando todav铆a.

La 煤ltima imagen que vio fue la pantalla del GPS suspendida en mitad de la niebla, flotando en el aire.

Iluminada en rojo.

BUSCANDO NUEVO CONDUCTOR

Despu茅s, la oscuridad cerr贸 el camino.

Y la niebla volvi贸 a tragarse la carretera.








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