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Cuando aceptรฉ el trabajo en Cabo Raso pensรฉ que lo mรกs difรญcil serรญa acostumbrarme a la soledad. Me equivoquรฉ. La soledad acaba convirtiรฉndose en un mueble mรกs. Al principio pesa. Despuรฉs deja de notarse. Incluso se agradece. Nadie llama a la puerta. Nadie pregunta cรณmo estรกs. El mundo termina donde acaba el acantilado. La estaciรณn meteorolรณgica se levantaba sobre una lengua de roca negra que se adentraba en el Cantรกbrico como un dedo seรฑalando el vacรญo. A un lado estaba el faro; al otro, el edificio donde yo vivรญa y trabajaba. Entre ambos apenas veinte metros de pasarela metรกlica, siempre hรบmeda por el salitre. El mar no descansaba nunca. Ni siquiera en los dรญas de calma. Siempre estaba ahรญ abajo, golpeando la pared del acantilado con una cadencia lenta, pesada. No eran olas. Eran respiraciones. Los antiguos operadores decรญan que, despuรฉs de unos meses, uno dejaba de distinguir el sonido del mar del de su propia sangre. Me reรญ cuando lo escuchรฉ. Tres meses despuรฉs ya no me ha...