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Hay una cortes铆a sutil en las casas muy viejas: suelen avisar antes de desplomarse. Crujen los cimientos, ceden las vigas principales, el polvo cae de los techos como un aviso previo. Sin embargo, la casona de San Mart铆n no pretend铆a caerse. Hac铆a algo considerablemente m谩s perturbador.
Llegu茅 all铆 a principios de oto帽o para realizar el inventario de la biblioteca del difunto doctor Olmedo. Era una edificaci贸n sobria, erigida a finales del siglo XIX sobre una colina donde la hierba crece h煤meda y apretada. El aire de las habitaciones ol铆a a cera de abeja, papel oxidado y a ese hedor rancio que se acumula tras los postigos cerrados durante inviernos enteros.
Mi trabajo era met贸dico y solitario. Las primeras tres semanas transcurrieron bajo una tranquilidad matem谩tica: catalogar tomos en cuero, clasificar manuscritos y escuchar el repiqueteo incesante de la lluvia contra las contraventanas de hierro fundido.
El primer indicio de que algo no encajaba no surgi贸 de un ruido nocturno ni de una visi贸n ef铆mera. Surgi贸 de una cinta m茅trica de tela.
Decid铆 medir el pasillo del segundo piso para calcular el revestimiento de madera necesario para reparar unas baldas carcomidas. El corredor era una l铆nea recta e ininterrumpida que conectaba la escalera principal con un amplio ventanal situado al fondo. Seg煤n la cinta, la longitud total era de exactamente catorce metros.
Por pura curiosidad profesional, entr茅 en las cuatro habitaciones alineadas a lo largo del costado izquierdo del pasillo para medir sus interiores. Sum茅 las anchuras de las estancias junto con el grosor est谩ndar de los tabiques divisorios.
El resultado fue impreciso. Faltaban tres metros.
Tres metros de estructura que no pertenec铆an a ninguna habitaci贸n, que no figuraban en los planos originales del archivo municipal y que tampoco correspond铆an al tiro de ninguna chimenea.
Me detuve frente al tramo de pared ciega que separaba la segunda de la tercera habitaci贸n. La pintura de color ocre mostraba finas grietas en forma de telara帽a.
Apoy茅 la palma de la mano sobre el yeso. No estaba fr铆o con el rigor habitual de la piedra en oto帽o; transmit铆a un hielo seco y punzante que atraves贸 la lana de mi manga hasta adormecerme los nudillos. Pegu茅 la oreja a la superficie.
No escuch茅 el viento exterior. Tampoco el chasquido de la madera. Solo percib铆 un silencio espeso, pesado, similar al aumento de presi贸n que se experimenta en los o铆dos al descender abruptamente a una cueva subterr谩nea. Y junto a esa presi贸n, surgi贸 un olor: una r谩faga tenue pero inconfundible de tierra negra recubierta de moho fresco.
Con un escoplo de carpintero, retir茅 con cuidado el rodapi茅 inferior.
Detr谩s del mortero pulverizado no encontr茅 ladrillos ni vigas de contenci贸n. Encontr茅 un hueco vertical de apenas cuarenta cent铆metros de ancho. Al introducir la luz de la linterna, el haz ilumin贸 una peque帽a estructura de madera: tres pelda帽os microsc贸picos, rid铆culamente estrechos, que no bajaban al piso inferior, sino que se adentraban hacia el centro ciego del edificio.
En el primer pelda帽o hab铆a marcas profundas en la madera. Raspaduras hechas desde el interior hacia afuera.
Intent茅 retirar la mano, pero un crujido seco reson贸 en el interior del tabique. Las tablas del suelo vibraron. El yeso alrededor de la hendidura comenz贸 a agrietarse a una velocidad pasmosa, cerr谩ndose sobre s铆 mismo como una herida que se sutura sin intervenci贸n humana.
El escoplo qued贸 aprisionado y se parti贸 en dos con un chasquido met谩lico.
Al dar un paso atr谩s, mir茅 hacia ambos extremos del pasillo. El entorno ya no era el mismo. La distancia entre la escalera y el ventanal del fondo se hab铆a reducido visiblemente. Las paredes laterales se hab铆an aproximado lo suficiente como para que, al extender los brazos, pudiera tocar los dos extremos con las yemas de los dedos.
La casa no albergaba ning煤n misterio oculto en sus entra帽as. La casa era el mecanismo. Un espacio org谩nico y hambriento que reduc铆a sus dimensiones mil铆metro a mil铆metro, absorbiendo la arquitectura para no dejar vac铆o alguno.
Corr铆 hacia la escalera principal para salir a la calle, pero los pelda帽os hab铆an sido reemplazados por un tabique continuo de yeso fresco que a煤n desprend铆a humedad. El ventanal del fondo hab铆a desaparecido tras una capa de madera que se ensambl贸 en cuesti贸n de segundos.
Las paredes continuaron su avance silencioso y constante. Me apoy茅 de espaldas contra la superficie ciega, sintiendo c贸mo el marco del techo descend铆a lentamente hasta obligarme a doblar las rodillas. Y all铆, en la penumbra cada vez m谩s reducida de un espacio que ya no admit铆a el aire, escuch茅 el 煤nico sonido que acompa帽贸 al cierre definitivo: el roce sutil de unos pasos al otro lado de la pared, ocupando el lugar exacto donde yo acababa de estar.
La casona no necesita garras ni monstruos visibles. La propia arquitectura es la amenaza: un mecanismo que comprime el espacio, reduce la realidad y elimina al inquilino. El protagonista no es atacado; es reemplazado. La casa encoge sus paredes hasta arrebatarle el aire, dej谩ndolo atrapado para siempre en ese espacio ciego tras el yeso, mientras la estructura vuelve a quedar en perfecto y helado silencio.

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