饢 饾懗饾拏 饾懎饾挀饾拞饾拕饾挅饾拞饾拸饾拕饾拪饾拏 饾拝饾拞饾拲 饾懌饾拞饾挃饾拠饾拏饾挃饾拞 饢

Cuando acept茅 el trabajo en Cabo Raso pens茅 que lo m谩s dif铆cil ser铆a acostumbrarme a la soledad.

Me equivoqu茅.

La soledad acaba convirti茅ndose en un mueble m谩s. Al principio pesa. Despu茅s deja de notarse. Incluso se agradece. Nadie llama a la puerta. Nadie pregunta c贸mo est谩s. El mundo termina donde acaba el acantilado.

La estaci贸n meteorol贸gica se levantaba sobre una lengua de roca negra que se adentraba en el Cant谩brico como un dedo se帽alando el vac铆o. A un lado estaba el faro; al otro, el edificio donde yo viv铆a y trabajaba. Entre ambos apenas veinte metros de pasarela met谩lica, siempre h煤meda por el salitre.

El mar no descansaba nunca.

Ni siquiera en los d铆as de calma.

Siempre estaba ah铆 abajo, golpeando la pared del acantilado con una cadencia lenta, pesada. No eran olas. Eran respiraciones.

Los antiguos operadores dec铆an que, despu茅s de unos meses, uno dejaba de distinguir el sonido del mar del de su propia sangre.

Me re铆 cuando lo escuch茅.

Tres meses despu茅s ya no me hac铆a gracia.

La estaci贸n llevaba funcionando desde principios del siglo pasado. Hormig贸n grueso, ventanas estrechas y un tejado de chapa que protestaba cada vez que el viento cambiaba de direcci贸n. Todo ol铆a igual: sal, gasoil, metal caliente y caf茅 requemado.

No era un lugar bonito.

Era un lugar 煤til.

Y los lugares 煤tiles nunca se construyen pensando en quien tiene que vivir dentro.

Mi rutina era sencilla.

Comprobar los instrumentos.

Registrar la presi贸n atmosf茅rica.

Anotar la velocidad del viento.

Enviar el parte.

Esperar cuatro horas.

Repetir.

Hab铆a d铆as en los que la 煤nica voz que escuchaba era la m铆a leyendo cifras en voz alta para no equivocarme al escribirlas.

El relevo llegaba cada quince d铆as.

El resto del tiempo estaba completamente solo.

O eso cre铆a.


La primera noche empez贸 como cualquier otra.

Llov铆a.

No una lluvia fuerte.

Era esa lluvia fina del norte que parece flotar en el aire m谩s que caer del cielo. Las gotas chocaban contra los cristales formando un murmullo constante que acababa mezcl谩ndose con el rumor del mar.

Mir茅 el reloj.

Las dos y doce.

A煤n quedaba casi una hora para la siguiente lectura.

Puse agua a calentar.

Mientras esperaba, recorr铆 la estaci贸n apagando luces innecesarias. Era una costumbre heredada del operador anterior, un hombre llamado Salas que llevaba all铆 casi treinta a帽os antes de jubilarse.

—No desperdicies electricidad —me dijo el 煤ltimo d铆a mientras me entregaba las llaves—. Aqu铆 nunca sabes cu谩ndo la vas a necesitar.

Pens茅 que hablaba de tormentas.

Ahora creo que hablaba de otra cosa.

La cafetera empez贸 a silbar.

Serv铆 una taza y me acerqu茅 a la ventana orientada al oeste.

No se ve铆a absolutamente nada.

Ni el mar.

Ni el horizonte.

Solo oscuridad.

Una oscuridad tan compacta que daba la impresi贸n de que el cristal ya no daba al exterior, sino a una habitaci贸n completamente vac铆a.

Hab铆a noches en las que uno terminaba imaginando cosas.

Luces.

Barcos inexistentes.

Sombras movi茅ndose entre la niebla.

Era normal.

El aislamiento jugaba malas pasadas.

Eso repet铆an todos.

Yo tambi茅n lo repet铆a.

Hasta aquella madrugada.





A las tres menos cinco sal铆 a revisar el anem贸metro.

El viento hab铆a bajado de intensidad.

Algo extra帽o.

Llevaba lloviendo tres d铆as seguidos y lo l贸gico era que siguiera soplando con fuerza.

Sin embargo, al abrir la puerta me encontr茅 con un silencio imposible.

El mar segu铆a rompiendo abajo.

Pero el aire...

El aire hab铆a desaparecido.

No hab铆a una sola r谩faga.

Ni un silbido.

Ni el leve golpeteo del cableado contra la torre.

Todo permanec铆a inm贸vil.

Las mangas de mi impermeable colgaban rectas.

La bandera de se帽ales ca铆a completamente muerta.

Mir茅 hacia el faro.

El haz de luz segu铆a girando.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Entonces ocurri贸 algo que todav铆a hoy no consigo explicar.

El haz se detuvo.

Solo un segundo.

Despu茅s continu贸 girando como si nada hubiera pasado.

Parpade茅.

Pens茅 que hab铆a sido un efecto 贸ptico.

El cansancio.

Las horas sin dormir.

Volv铆 al interior sin darle importancia.

Pero antes de cerrar la puerta ech茅 un 煤ltimo vistazo al faro.

Y tuve la absurda sensaci贸n de que la luz no estaba iluminando el mar.

Estaba busc谩ndome.

Regres茅 al interior con las botas chorreando agua.

Sacud铆 el impermeable antes de colgarlo junto a la puerta y ech茅 otro vistazo por la ventana.

El haz del faro segu铆a girando.

Siempre a la misma velocidad.

Doce segundos por vuelta.

Era imposible que se hubiera detenido.

«Necesitas dormir», pens茅.

Encend铆 la cafetera otra vez. El caf茅 llevaba demasiado tiempo hecho y sab铆a a quemado. Mientras esperaba, abr铆 la bit谩cora de servicio.

02:58.

Viento del noroeste.

Presi贸n estable.

Lluvia d茅bil.

Todo normal.

Escrib铆 la 煤ltima palabra y me qued茅 mir谩ndola unos segundos.

Normal.

Me hizo gracia.

Arranqu茅 la hoja.

La dobl茅 dos veces y la tir茅 a la papelera.

No sab铆a por qu茅.

Solo me molestaba verla escrita.

El reloj digital cambi贸 a las 03:00 con un peque帽o clic.

En ese mismo instante, todas las luces de la estaci贸n perdieron intensidad durante una fracci贸n de segundo.

No llegaron a apagarse.

Solo respiraron.

Como si el edificio hubiera tomado aire.

Despu茅s todo volvi贸 a la normalidad.

Me qued茅 esperando.

Nada.

Ni una alarma.

Ni un fallo el茅ctrico.

Ni siquiera el generador auxiliar cambi贸 de sonido.

Abr铆 la radio de comunicaciones.

Era un aparato antiguo, de esos con botones duros y carcasa met谩lica, reparado tantas veces que apenas quedaba pintura original.

Gir茅 el selector de frecuencias.

La est谩tica llen贸 la sala.

Un ruido familiar.

Reconfortante incluso.

En lugares como Cabo Raso uno termina agradeciendo cualquier sonido que recuerde que el mundo sigue existiendo ah铆 fuera.

Mov铆 lentamente el dial.

Barcos mercantes.

Una conversaci贸n en franc茅s.

Un pesquero gallego informando del estado de la mar.

M谩s est谩tica.

Entonces apareci贸.

Tac.

Tac.

Tac.

Un chasquido.

Seco.

Perfectamente regular.

No parec铆a una interferencia.

Parec铆a alguien golpeando una mesa con la u帽a.

Tac.

Tac.

Tac.

Esper茅 unos segundos.

No cambiaba de ritmo.

Gir茅 el dial.

La se帽al segu铆a all铆.

Prob茅 otra frecuencia.

Segu铆a.

Otra m谩s.

Tambi茅n.

Frunc铆 el ce帽o.

Aquello no ten铆a sentido.

Apagu茅 la radio.

El chasquido continu贸.

Tard茅 unos segundos en comprenderlo.

No sal铆a del altavoz.

Sonaba detr谩s de m铆.

Me gir茅 de golpe.

No hab铆a nadie.

Solo la mesa.

La cafetera.

El reloj.

Y el peque帽o receptor port谩til que llevaba meses estropeado encima de una estanter铆a.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido ven铆a de 茅l.

Me acerqu茅.

Lo levant茅 con ambas manos.

No ten铆a pilas.

Abr铆 la tapa para asegurarme.

Vac铆o.

Sin embargo segu铆a emitiendo aquel ritmo imposible.

Tac.

Tac.

Tac.

Lo dej茅 otra vez sobre la balda.

El chasquido ces贸.

Respir茅 aliviado.

Hab铆a sido una mala conexi贸n.

Un condensador descarg谩ndose.

Cualquier explicaci贸n serv铆a.

Volv铆 a la mesa.

Abr铆 la bit谩cora.

Tom茅 el l谩piz.

Y la radio habl贸.

Puesto meteorol贸gico de Cabo Raso...

La voz era tan neutra que tard茅 varios segundos en procesar las palabras.

No sonaba como un locutor.

Ni como una grabaci贸n.

Era una voz construida.

Artificial.

Como si alguien hubiera ense帽ado a hablar a una m谩quina utilizando miles de voces distintas.

El operador levanta la vista del cuaderno a las tres y tres minutos.

Mi piel se eriz贸.

Mir茅 el reloj.

03:02:17.

Me obligu茅 a bajar otra vez la mirada.

No iba a seguirle el juego.

Not茅 c贸mo el coraz贸n empezaba a golpearme en el pecho.

Pas贸 un segundo.

Dos.

Tres.

«No mires.»

Me repet铆 la orden varias veces.

Las letras de la bit谩cora empezaron a perder nitidez.

Sent铆a una presi贸n absurda en la nuca.

Esa sensaci贸n inc贸moda de saber que alguien te observa desde muy cerca.

Cinco segundos.

Seis.

Siete.

No pude evitarlo.

Levant茅 la cabeza.

El reloj marcaba exactamente las 03:03.

Una gota de sudor fr铆o me recorri贸 la espalda.

—Qu茅 casualidad...

Mi propia voz son贸 rid铆cula dentro de aquella habitaci贸n.

Mir茅 alrededor.

No hab铆a c谩maras.

No hab铆a ning煤n altavoz oculto.

Solo lluvia.

Solo el mar.

Solo aquella maldita radio.

La apagu茅 desenchuf谩ndola directamente de la pared.

La pantalla qued贸 completamente negra.

Silencio.

Sonre铆.

—Ahora s铆.

Di media vuelta para volver al escritorio.

La voz volvi贸 a sonar.

Pero esta vez...

No sali贸 de la radio.

Sali贸 del tel茅fono de pared.

Gir茅 la cabeza.

Tambi茅n del interfono que comunicaba con el faro.

Despu茅s del peque帽o transistor averiado de la estanter铆a.

Y, por 煤ltimo, del altavoz exterior situado junto a la puerta de entrada.

Todos hablaron al mismo tiempo.

Con exactamente la misma voz.

El operador deja caer el l谩piz a las tres y ocho minutos.

Sent铆 un escalofr铆o recorrerme la espalda.

Mir茅 el reloj.

Faltaban casi cinco minutos.

Cinco minutos para demostrar que aquello era una broma.

Cinco minutos para demostrarme que a煤n era due帽o de mis propias manos.

Y, sin embargo...

Por primera vez desde que llegu茅 a Cabo Raso...

empec茅 a sospechar que ya no estaba solo en la estaci贸n.

No apart茅 la vista del reloj.

03:03:21.

Cinco minutos.

Solo ten铆a que no tocar el l谩piz.

Eso era todo.

Si a las tres y ocho segu铆a sobre la mesa, demostrar铆a que aquello era una coincidencia absurda.

Me obligu茅 a retroceder dos pasos.

Despu茅s otros dos.

Hasta apoyar la espalda contra la pared.

El l谩piz qued贸 a casi tres metros de distancia.

Sonre铆.

—A ver c贸mo haces eso.

Nadie respondi贸.

Solo la lluvia.

Solo el mar.

Solo aquel maldito reloj.

Los segundos pasaban con una lentitud insoportable.

Cada vez que cambiaba un n煤mero rojo, el clic del mecanismo sonaba m谩s fuerte.

03:04.

03:05.

No ocurr铆a nada.

Empec茅 a sentirme rid铆culo.

Hab铆a dejado que una voz saliendo de unos cacharros viejos me asustara como a un ni帽o.

Incluso me re铆.

Muy poco.

Lo suficiente para romper la tensi贸n.

Entonces escuch茅 un golpe.

No dentro.

Fuera.

Algo choc贸 contra la puerta principal.

Fue un golpe seco.

Como un pu帽o.

Me incorpor茅 inmediatamente.

Otro.

Esta vez m谩s fuerte.

Mir茅 hacia la ventana.

No se ve铆a absolutamente nada.

La lluvia hab铆a aumentado y el cristal era una masa gris donde el haz del faro aparec铆a y desaparec铆a cada pocos segundos.

Volvi贸 a sonar.

Tres golpes seguidos.

Instintivamente di un paso hacia la entrada.

Despu茅s otro.

Cuando llegu茅 al pasillo, me detuve.

Aquello no ten铆a sentido.

Nadie pod铆a llegar hasta Cabo Raso con aquel temporal.

Ni pescadores.

Ni guardacostas.

Ni el relevo.

Mir茅 el reloj de pared.

Las agujas marcaban las tres y cuatro.

Frunc铆 el ce帽o.

Volv铆 la cabeza hacia el reloj digital.

03:06.

Los dos relojes nunca hab铆an estado desajustados.

Jam谩s.

Me acerqu茅 al de pared.

El p茅ndulo segu铆a movi茅ndose.




Tac.

Tac.

Tac.

Pero las agujas...

Las agujas apenas avanzaban.

Como si el tiempo dentro de aquel reloj caminara m谩s despacio.

Un escalofr铆o me recorri贸 la espalda.

Los golpes cesaron.

Abr铆 la puerta de golpe.

La pasarela estaba vac铆a.

El viento hab铆a regresado.

La lluvia me golpe贸 la cara.

Mir茅 hacia el faro.

El haz de luz volvi贸 a barrer el acantilado.

Durante una fracci贸n de segundo ilumin贸 la estaci贸n.

Y vi una silueta.

De pie.

Junto a una de las ventanas.

Dentro del edificio.

Di un respingo.

Me gir茅 inmediatamente.

No hab铆a nadie.

Solo el escritorio.

Solo las estanter铆as.

Solo el l谩piz...

El l谩piz ya no estaba donde lo hab铆a dejado.

Lo encontr茅 unos cent铆metros m谩s cerca del borde de la mesa.

Me qued茅 inm贸vil.

No.

No pod铆a ser.

Lo hab铆a dejado en el centro.

Estaba seguro.

Me acerqu茅 despacio.

Sin tocarlo.

Sin apartar la vista.

La radio volvi贸 a encenderse sola.

El operador intenta recordar d贸nde dej贸 el l谩piz.

Mir茅 el reloj.

03:07:12.

Not茅 c贸mo el coraz贸n empezaba a latirme en la garganta.

La voz continu贸.

El operador cree que alguien ha movido el l谩piz.

Sent铆 un nudo en el est贸mago.

Porque era exactamente lo que acababa de pensar.

No solo describ铆a mis movimientos.

Describ铆a mis pensamientos.

Retroced铆.

—¿Qui茅n eres?

Silencio.

La lluvia golpeaba las ventanas con m谩s fuerza.

El edificio entero vibr贸.

El faro dej贸 escapar un gemido met谩lico.

Y la voz respondi贸.

No hagas preguntas que ya conoces.

Aquello hizo que se me secara la boca.

No era una frase prevista.

Era una respuesta.

Una respuesta a m铆.

Di otro paso atr谩s.

La radio permaneci贸 callada unos segundos.

Despu茅s habl贸 otra vez.

M谩s despacio.

Como si quisiera que no pudiera olvidar ninguna palabra.

El operador comprende demasiado tarde que la estaci贸n no transmite se帽ales.

Tragu茅 saliva.

Las conserva.

El silencio que sigui贸 fue peor que la voz.

Mucho peor.

Porque, por primera vez, tuve la sensaci贸n de que alguien esperaba mi reacci贸n.

Mir茅 otra vez el reloj.

03:07:58.

Solo faltaban dos segundos.

Contuve la respiraci贸n.

Uno.

Dos.

El l谩piz empez贸 a rodar.

Muy despacio.

Nadie lo toc贸.

Recorri贸 la mesa haciendo un ruido casi imperceptible.

Se detuvo justo en el borde.

Permaneci贸 all铆 un instante.

Y cay贸 al suelo exactamente cuando el reloj marc贸 las 03:08.

No fui yo quien dio un paso adelante.

No fui yo quien se agach贸.

Pero, mientras ve铆a el l谩piz rodando por el suelo, comprend铆 una cosa que me hel贸 la sangre.

No recordaba haberme movido.

Y, sin embargo...

mis zapatos ya no estaban donde hab铆an estado un segundo antes.

No recog铆 el l谩piz.

Retroced铆 hasta chocar con la pared.

Ten铆a el pulso tan acelerado que apenas distingu铆a el rumor del mar de los latidos que me golpeaban los o铆dos.

La radio permanec铆a en silencio.

Demasiado silencio.

Mir茅 el reloj.

03:08.

Ya hab铆a ocurrido.

La predicci贸n hab铆a terminado.

Esper茅 otra.

No lleg贸.

Respir茅 hondo.

Pod铆a marcharme.

Llamar por radio.

Esperar el relevo.

Contarlo todo.

Me dirig铆 hacia el tel茅fono de emergencia.

Descolgu茅 el auricular.

No hab铆a l铆nea.

Solo un zumbido grave.

Como si el cable descendiera hasta el fondo del oc茅ano.

Lo golpe茅 varias veces con la palma.

Nada.

Entonces el zumbido cambi贸.

Muy despacio.

Hasta convertirse en una respiraci贸n.

No era una interferencia.

Alguien respiraba al otro lado.

Una inspiraci贸n lenta.

Despu茅s otra.

Esper茅.

Y una voz susurr贸.

—No cuelgues.

Solt茅 el auricular.

Balance谩ndose de un lado a otro, sigui贸 colgado del cable mientras la respiraci贸n continuaba saliendo del altavoz.

Di un paso atr谩s.

Tropec茅 con la silla.

Ca铆 sentado.

Fue entonces cuando lo vi.

La bit谩cora segu铆a abierta sobre la mesa.

No recordaba haber escrito nada despu茅s de las tres.

Sin embargo, hab铆a una nueva anotaci贸n.

Con mi letra.

"03:21. Primera transmisi贸n recibida."

Me qued茅 helado.

Mir茅 el reloj.

Eran las 03:09.

Arranqu茅 la hoja.

La hice pedazos.

Los lanc茅 al cubo de la basura.

No hab铆an pasado ni dos segundos cuando escuch茅 el sonido de una hoja al pasar.

La bit谩cora volvi贸 a abrirse sola.

La anotaci贸n segu铆a all铆.

Impecable.

Como si nunca la hubiera tocado.

Empec茅 a respirar cada vez m谩s deprisa.

No.

Aquello no pod铆a estar ocurriendo.

Cog铆 el cuaderno entero y lo lanc茅 contra la pared.

Las hojas se desparramaron por el suelo.

Una qued贸 abierta frente a mis pies.

La reconoc铆 inmediatamente.

Era una p谩gina mucho m谩s antigua.

El papel estaba amarillento.

La tinta, casi marr贸n.

En la parte superior pod铆a leerse una fecha.

17 de noviembre de 1968.

Debajo aparec铆a una 煤nica frase.

"La voz era la m铆a."

Sent铆 un escalofr铆o recorrerme la espalda.

Pas茅 otra p谩gina.

Otra fecha.

1941.

"No contest茅is nunca a la transmisi贸n."

Otra.

1923.

"Si escuch谩is vuestra voz, ya es demasiado tarde."

Las p谩ginas comenzaron a pasar solas.

Cada una escrita con una caligraf铆a distinta.

Hombres diferentes.

D茅cadas distintas.

Todas terminaban igual.

La 煤ltima estaba en blanco.

Hasta que una l铆nea apareci贸 lentamente ante mis ojos.

Como si una mano invisible estuviera escribiendo.

"22 de octubre de 2026."

Debajo...

Mi nombre.

Retroced铆 de golpe.

La radio volvi贸 a encenderse.

—Puesto meteorol贸gico de Cabo Raso...

La voz sonaba distinta.

M谩s cercana.

M谩s humana.

—El operador acerca el micr贸fono.

Mir茅 el equipo.

No pensaba hacerlo.

—El operador intenta marcharse.

Corr铆 hacia la puerta.

La abr铆.

El viento me golpe贸 con violencia.

El faro segu铆a girando.

El mar rug铆a.

Pero la pasarela...

La pasarela ya no llevaba a tierra.

Se perd铆a en la niebla.

Como si el acantilado hubiera desaparecido.

Di dos pasos.

Tres.

Solo hab铆a vac铆o.

Retroced铆 aterrorizado.

Cerr茅 de un portazo.

No pod铆a salir.

La estaci贸n ya no estaba en Cabo Raso.

Estaba en otra parte.

La voz volvi贸 a hablar.

—El operador comprende que nunca hubo relevo.

Gir茅 lentamente la cabeza.

En la pared donde colgaban las fotograf铆as de antiguos trabajadores hab铆a un detalle que jam谩s hab铆a visto.

La 煤ltima fotograf铆a estaba incompleta.

Solo aparec铆a media silueta.

La otra mitad se perd铆a fuera del marco.

Me acerqu茅.

Sent铆a las piernas de algod贸n.

La imagen era antigua.

En blanco y negro.

Cinco hombres delante del edificio.

El 煤ltimo ten铆a la cara rasgada justo por la mitad.

Levant茅 la fotograf铆a.

Detr谩s hab铆a otra.

M谩s reciente.

Esta vez solo hab铆a un hombre.

Yo.

Con el impermeable puesto.

Mirando a la c谩mara.

La fecha impresa en la esquina inferior dec铆a:

Ma帽ana.

Di un paso atr谩s.

La radio emiti贸 un pitido.

Despu茅s habl贸 por 煤ltima vez.

—Ya recuerdas las palabras.

No entend铆 a qu茅 se refer铆a.

Hasta que el micr贸fono comenz贸 a acercarse solo hacia mi boca.

Intent茅 apartarlo.

No pude.

Mis dedos lo sujetaron con una fuerza que no era m铆a.

Sent铆 c贸mo el aire llenaba mis pulmones.

Y entonces habl茅.

Sin querer.

Sin poder detenerme.

Pronunci茅 cada palabra exactamente igual que la hab铆a escuchado dieciocho minutos antes.

Puesto meteorol贸gico de Cabo Raso. El operador retira el l谩piz del cuaderno a las 03:08...

Mi voz era id茅ntica.

La misma cadencia.

Las mismas pausas.

Las mismas respiraciones.

Mientras hablaba, comprend铆 que la transmisi贸n no viajaba por el espacio.

Viajaba por el tiempo.

No la estaba enviando a otra estaci贸n.

Me la estaba enviando a m铆 mismo.

Dieciocho minutos atr谩s.

Cuando termin茅 el 煤ltimo mensaje, el transmisor emiti贸 un clic.

El reloj digital pas贸 de las 03:26 a las 03:08.

Sin transici贸n.

Sin parpadear.

Simplemente... volvi贸.

La taza de caf茅 estaba otra vez caliente.

El l谩piz descansaba sobre la mesa.

La lluvia golpeaba el cristal con el mismo ritmo.

Y una voz comenz贸 a salir de la radio.

Puesto meteorol贸gico de Cabo Raso...

No esper茅 a escuchar el resto.

Porque ya conoc铆a cada una de las palabras.

Y tambi茅n sab铆a algo mucho peor.

No era la primera vez que las escuchaba.

Solo era la primera vez que iba a recordarlo.





Comentarios

Entradas populares de este blog

饾棧饾枟饾枈饾枠饾枈饾枔饾枡饾枂饾枅饾枎饾枖́饾枔

饢 饾懍饾拲 饾懞饾拞饾拕饾挀饾拞饾挄饾拹 饾拝饾拞 饾懗饾拪饾拲饾拪饾挄饾拤 饾拞饾拸 饾拞饾拲 饾懡饾拏饾挄饾拪饾拕饾拏饾拸饾拹 饢

饢 饾懍饾拲 饾懌饾拞饾挃饾拺饾拞饾挀饾挄饾拏饾挀 饾拝饾拞饾拲 饾懎饾挀饾拞饾挃饾拸饾拹 饾懙饾拞饾拡饾挀饾拹 饢