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El reloj de bolsillo lleg贸 a mi taller sin remitente, envuelto en un pa帽o de terciopelo morado, tan gastado que parec铆a ceniza. Era una pieza de plata de ley, pesada, de manufactura inglesa del siglo XIX. La tapa ten铆a grabado un patr贸n complejo de ra铆ces entrelazadas que converg铆an en un ojo central, cerrado.

Como relojero, mi obsesi贸n siempre ha sido el orden, la mec谩nica perfecta de los engranajes que dictan el fluir de la existencia. Pero este reloj no ten铆a orden. Al abrirlo, el mecanismo parec铆a impecable: los rub铆es brillaban, los puentes estaban limpios y el volante de inercia parec铆a dispuesto a oscilar. Sin embargo, no avanzaba. Ni un solo tic.

Me pas茅 la primera noche desmont谩ndolo, aceit谩ndolo y volvi茅ndolo a montar. Nada. Las manecillas, negras y afiladas como agujas, permanec铆an congeladas en las doce en punto. Frustrado, lo dej茅 sobre mi mesa de trabajo y me dirig铆 al espejo del pasillo para lavarme la cara antes de dormir.

Fue entonces cuando la primera grieta apareci贸 en mi realidad.

Al mirar el reflejo de mi taller a trav茅s de la puerta abierta, vi el reloj sobre la mesa. En el espejo, su segundero no estaba quieto. Giraba. Pero no lo hac铆a hacia la derecha, marcando el futuro, sino hacia la izquierda, retrocediendo hacia el pasado. Corr铆 de vuelta a la mesa. El reloj estaba inerte. Volv铆 al espejo. El reflejo segu铆a girando hacia atr谩s.


Pens茅 en una ilusi贸n 贸ptica, en el azogue viejo del espejo distorsionando la luz. Pero la curiosidad de un artesano es una droga dura. Empec茅 a pasar horas observando el reloj solo a trav茅s de un peque帽o espejo de mano que coloqu茅 junto a 茅l.

El terror tard贸 en llegar. Primero fue una molestia. Un d铆a, no recordaba el nombre de la calle donde estaba mi panader铆a favorita. Al siguiente, olvid茅 qu茅 hab铆a cenado la noche anterior. Eran olvidos mundanos, peque帽os lapsos que atribu铆 al cansancio.

Pero la tensi贸n crec铆a. El taller, antes mi refugio de precisi贸n, empez贸 a sentirse extra帽o. Las herramientas no estaban donde cre铆a haberlas dejado. Empec茅 a encontrar notas manuscritas en la mesa, con mi propia letra, desordenada y urgente: "No lo mires al espejo" y "Ya no recuerdas el olor de la lluvia".

No reconoc铆a haber escrito esas notas, pero la evidencia estaba all铆. Mi mente empezaba a ser un mapa con zonas borradas. La angustia se instal贸 en mi est贸mago como un bloque de plomo. Sab铆a que deb铆a parar, pero la necesidad febril de entender qu茅 me estaba robando la memoria, qui茅n era yo antes de que ese reloj entrara en mi vida, me empujaba a seguir mirando el reflejo.

Cada minuto que el reloj retroced铆a en el espejo, yo perd铆a un fragmento de mi historia. Un d铆a, mirando el reflejo, me di cuenta de que no recordaba si ten铆a hermanos. Al d铆a siguiente, la nota sobre la mesa dec铆a, con tinta corrida: "Ya has olvidado a tu madre".

La confusi贸n era total. Me sent铆a desamparado, atrapado en un presente continuo que se estrechaba cada vez m谩s. El reloj, inerte en el mundo real y activo en el reflejo, se convirti贸 en mi carcelero y mi 煤nica conexi贸n con lo que estaba perdiendo.

Esta noche, la manecilla del minutero en el espejo ha llegado a las doce de nuevo, completando un ciclo completo hacia atr谩s.

El silencio en el taller ha sido absoluto, roto solo por un clac met谩lico. La tapa grabada del reloj real, inerte sobre la mesa, se ha abierto sola. El volante de inercia ha empezado a oscilar con una fuerza inusitada.

Y en ese instante, el bloqueo en mi mente ha desaparecido, pero no para traerme paz. Me he visto a m铆 mismo, hace un a帽o, en este mismo taller. He visto a mi esposa, la 煤nica persona que daba sentido a mi caos. He recordado c贸mo su coche se sali贸 de la carretera en una noche de lluvia. He recordado c贸mo yo, roto por la culpa y el dolor, busqu茅 desesperadamente una forma de no sentir, de no recordar. He recordado el pacto que hice, la entidad a la que invoqu茅, el precio que pagu茅.

El reloj de bolsillo no me estaba robando la memoria. Me estaba protegiendo. Estaba conteniendo la verdad devastadora que mi propia mente hab铆a bloqueado para que yo pudiera seguir viviendo, aunque fuera en la ignorancia.

Y ahora, al llegar a las doce, el reloj se ha detenido tambi茅n en el reflejo. Y en mi pecho, por primera vez en un a帽o, siento el latido de un coraz贸n que sabe exactamente por qu茅 est谩 roto.




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