饢 饾懗饾拏饾挃 饾應饾挅饾拵饾拑饾挀饾拞饾挃 饢
Hay errores que no se cometen por ignorancia.
Se cometen porque uno cree que las advertencias est谩n hechas para los dem谩s.
Juli谩n siempre hab铆a pensado que la gente de los pueblos peque帽os ten铆a demasiadas historias y demasiado tiempo libre. Fantasmas en los caminos, muertos que llamaban a las puertas, casas que no deb铆an venderse despu茅s de la puesta de sol. La clase de cosas que se cuentan junto a una chimenea para entretener a quien viene de fuera.
Por eso, cuando lleg贸 a Las Cumbres y el anciano le dijo que no cerrara las ventanas, Juli谩n sonri贸.
Todav铆a no sab铆a que aquella ser铆a la 煤ltima vez que alguien le dar铆a un consejo para salvarle la vida.
Lleg贸 al caser铆o poco antes de anochecer.
El sol desaparec铆a detr谩s de los picos y dejaba una franja violeta sobre la cordillera. No era un color bonito. Ten铆a algo enfermizo, como el morado que queda en la piel despu茅s de un golpe.
La carretera terminaba unos metros m谩s abajo y el resto del camino tuvo que hacerlo a pie.
La casa estaba sola en mitad de la ladera.
Era m谩s grande de lo que hab铆a imaginado. Dos plantas de piedra oscura, vigas de madera ennegrecidas por los a帽os y un tejado inclinado que parec铆a soportar el peso de demasiados inviernos. Las ventanas ten铆an los marcos podridos y la pintura se desprend铆a en tiras.
Hab铆a heredado aquella propiedad de un t铆o abuelo al que apenas recordaba.
No sab铆a por qu茅 nadie de la familia hab铆a querido quedarse con ella.
Tampoco se molest贸 en preguntarlo.
El anciano que lo acompa帽aba subi贸 los tres escalones de la entrada y abri贸 la puerta.
—Aqu铆 tiene.
Le entreg贸 el manojo de llaves.
Juli谩n lo mir贸.
—¿Y ya est谩?
—Ya est谩.
El hombre no parec铆a tener ninguna intenci贸n de entrar.
Juli谩n ech贸 un vistazo al interior.
—¿No quiere pasar?
El anciano neg贸 con la cabeza.
—No.
—¿Por qu茅?
El viejo levant贸 los ojos hacia la casa.
Tard贸 unos segundos en contestar.
—Porque ya est谩 oscuro.
Juli谩n solt贸 una risa.
—¿Y?
El anciano lo mir贸 entonces.
No parec铆a enfadado.
Parec铆a preocupado.
—No cierre las ventanas.
Juli谩n frunci贸 el ce帽o.
—¿C贸mo dice?
—Las ventanas. D茅jelas abiertas.
—Est谩 nevando.
—Ya lo s茅.
—Pues no pienso dormir con medio metro de nieve dentro.
El viejo no respondi贸.
Entr贸 solamente lo necesario para dejar una peque帽a bolsa sobre una mesa del recibidor.
Luego volvi贸 a mirar hacia el sal贸n.
—Todas abiertas.
—¿Todas?
—Todas.
Juli谩n pens贸 que hab铆a dado con uno de esos viejos que creen que cualquier corriente de aire puede salvarte de una enfermedad.
—De acuerdo.
El anciano ya estaba saliendo cuando Juli谩n volvi贸 a hablar.
—¿Hay alg煤n problema con la casa?
El hombre se detuvo.
Durante un instante pareci贸 que iba a contestar.
No lo hizo.
—Si escucha golpes —dijo finalmente—, no abra.
Juli谩n sonri贸.
—¿Y si llaman?
El anciano lo mir贸 fijamente.
—Sobre todo si llaman.
Despu茅s se march贸.
La puerta se cerr贸.
Juli谩n se qued贸 solo.
Durante unos segundos escuch贸 c贸mo los pasos del anciano se alejaban sobre la nieve.
Despu茅s, nada.
Entr贸 en el sal贸n.
La primera r谩faga de viento le golpe贸 la cara.
Todas las ventanas estaban abiertas.
De par en par.
La nieve hab铆a entrado en algunas habitaciones y se hab铆a acumulado en los alf茅izares interiores. Hab铆a peque帽os charcos sobre el suelo de nogal.
—Menuda mierda —murmur贸.
Dej贸 las maletas junto a la chimenea y empez贸 a recorrer la casa.
La electricidad funcionaba.
El agua tambi茅n.
La calefacci贸n, no.
Hab铆a le帽a suficiente para varios d铆as, as铆 que encendi贸 el fuego y se convenci贸 de que aquello no era tan malo.
A las diez de la noche hab铆a cambiado de opini贸n.
El fr铆o era insoportable.
El viento entraba por los ventanales con tanta fuerza que hac铆a temblar las cortinas. Las llamas de la chimenea se inclinaban constantemente hacia un lado y las cenizas volaban por el sal贸n.
Juli谩n intent贸 leer.
No pudo.
Intent贸 ver una pel铆cula.
Tampoco.
Acab贸 levant谩ndose con mal humor.
—A tomar por culo las ventanas.
Cerr贸 la primera.
El ruido del viento disminuy贸.
Cerr贸 la segunda.
Despu茅s la tercera.
Cuando lleg贸 a la 煤ltima, se qued贸 unos segundos mirando hacia fuera.
La noche era completamente negra.
No hab铆a luna.
No hab铆a estrellas.
Solo nieve.
Bajando despacio.
Juli谩n coloc贸 las manos sobre el pestillo.
Lo cerr贸.
Clac.
El viento desapareci贸.
No disminuy贸.
No se alej贸 poco a poco.
Desapareci贸.
Juli谩n se qued贸 inm贸vil.
Mir贸 las ventanas.
Esper贸.
Nada.
Ni una r谩faga.
Ni un silbido.
Ni siquiera el crujido de los 谩rboles.
El silencio era tan absoluto que escuch贸 su propia respiraci贸n.
Una.
Dos.
Tres veces.
Entonces se dio cuenta de algo.
El fuego tampoco sonaba.
Las llamas segu铆an ah铆, movi茅ndose entre los troncos.
Pero no produc铆an ning煤n ruido.
Juli谩n se acerc贸.
El reloj de pared tambi茅n se hab铆a detenido.
El p茅ndulo permanec铆a suspendido en mitad del recorrido.
—Qu茅 co帽o...
Se llev贸 una mano al pecho.
El aire parec铆a diferente.
Pesado.
H煤medo.
Hab铆a aparecido un olor desagradable.
Primero pens贸 que proced铆a de la chimenea.
Despu茅s reconoci贸 algo parecido a tierra mojada.
Tierra removida.
Como cuando abren una tumba.
Juli谩n trag贸 saliva.
El olor se hizo m谩s intenso.
Y entonces escuch贸 un ruido.
Muy leve.
Detr谩s de 茅l.
Una respiraci贸n.
Se gir贸.
No hab铆a nadie.
El sal贸n estaba vac铆o.
Juli谩n permaneci贸 inm贸vil.
—¿Hola?
Su propia voz son贸 extra帽a.
Demasiado baja.
Esper贸.
Nada.
Volvi贸 a mirar el fuego.
Y fue entonces cuando vio la pared.
Su sombra estaba proyectada sobre la piedra.
Normal.
Cabeza.
Hombros.
Brazos.
Todo en su sitio.
Pero hab铆a otra.
Juli谩n dej贸 de respirar.
La segunda sombra estaba pegada a la suya.
Alta.
Demasiado alta.
Ten铆a los hombros hundidos y unos brazos largos que casi llegaban al suelo.
No correspond铆a a ning煤n objeto del sal贸n.
No hab铆a ninguna l谩mpara detr谩s.
Juli谩n levant贸 lentamente la mano derecha.
Su sombra hizo lo mismo.
La otra permaneci贸 quieta.
Juli谩n baj贸 la mano.
La segunda sombra tampoco se movi贸.
Sinti贸 un hormigueo en los brazos.
Volvi贸 a levantarla.
Nada.
Entonces la cabeza de aquella otra silueta comenz贸 a inclinarse.
Muy despacio.
Hacia 茅l.
Juli谩n retrocedi贸.
La sombra no.
Pero la cabeza continu贸 inclin谩ndose.
Hasta quedar casi apoyada sobre su hombro.
Juli谩n sinti贸 algo detr谩s de la oreja.
No un contacto.
Todav铆a no.
Solo fr铆o.
Un fr铆o distinto al de la nieve.
M谩s profundo.
Como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de su cuerpo.
Se gir贸 de golpe.
Nada.
La habitaci贸n segu铆a vac铆a.
Volvi贸 a mirar la pared.
La segunda sombra hab铆a desaparecido.
Juli谩n respir贸.
Una vez.
Dos.
Se pas贸 ambas manos por la cara.
—Estoy cansado.
Eso fue lo que se dijo.
Porque era m谩s f谩cil estar cansado que estar asustado.
Se agach贸 para coger un tronco.
Entonces escuch贸 tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Ven铆an de la puerta principal.
Juli谩n se qued贸 congelado.
Record贸 al anciano.
Si escucha golpes, no abra.
Sobre todo si llaman.
No sab铆a por qu茅 hab铆a recordado exactamente esas palabras.
Pero las record贸.
Los golpes volvieron.
Toc.
Toc.
Toc.
Juli谩n se levant贸.
Mir贸 hacia el recibidor.
—¿Qui茅n es?
Silencio.
Se acerc贸 un poco.
Otro golpe.
Esta vez m谩s fuerte.
Toc.
Toc.
Toc.
Juli谩n no abri贸.
Entonces escuch贸 una voz.
—Juli谩n.
Se le cerr贸 el est贸mago.
Era la voz de su madre.
Muerta desde hac铆a ocho a帽os.
Juli谩n no se movi贸.
La voz volvi贸 a llamarlo.
—Juli谩n, abre.
Retrocedi贸.
La casa pareci贸 encogerse a su alrededor.
—No.
La palabra sali贸 de su boca sin que 茅l quisiera.
La voz de su madre respondi贸 desde el otro lado.
—Tengo fr铆o.
Juli谩n cerr贸 los ojos.
No.
No pod铆a ser.
Se acerc贸 a la puerta hasta quedar a pocos cent铆metros.
No abri贸.
—Mam谩...
Silencio.
Despu茅s:
—D茅jame entrar.
Juli谩n sinti贸 que las piernas comenzaban a temblarle.
Y entonces escuch贸 algo m谩s.
No ven铆a de la puerta.
Ven铆a de detr谩s de 茅l.
Una respiraci贸n larga.
Lenta.
Muy cerca.
Juli谩n no se gir贸.
No quiso hacerlo.
Durante varios segundos permaneci贸 mirando la puerta.
Hasta que comprendi贸 algo.
La voz de su madre estaba hablando desde fuera.
Pero la respiraci贸n estaba dentro.
Juli谩n se gir贸.
La habitaci贸n estaba vac铆a.
Sin embargo, en el suelo, junto a la chimenea, hab铆a huellas.
H煤medas.
Descalzas.
Comenzaban en mitad del sal贸n.
Y terminaban justo detr谩s de 茅l.
Juli谩n sinti贸 que algo le tocaba la nuca.
No una mano.
Un dedo.
Largo.
Helado.
Le recorri贸 lentamente la piel desde la base del cr谩neo hasta el hombro.
Juli谩n grit贸.
Corri贸 hacia las ventanas.
Intent贸 abrir la primera.
El pestillo no cedi贸.
Tir贸 con todas sus fuerzas.
Nada.
La segunda tampoco.
La tercera estaba cerrada.
La 煤ltima...
No ten铆a pestillo.
Juli谩n se qued贸 mir谩ndola.
Hab铆a estado seguro de haberla cerrado.
Pero ahora estaba abierta.
De par en par.
El viento entraba por ella.
Y con el viento lleg贸 un sonido.
Un murmullo.
Miles de voces juntas.
No hablaban.
Respiraban.
Juli谩n comprendi贸 entonces que el anciano no le hab铆a pedido que dejara abiertas las ventanas para ventilar la casa.
Las ventanas eran una salida.
Y quiz谩 tambi茅n una entrada.
Las casas de Las Cumbres no se construyeron para proteger a sus habitantes de la monta帽a.
Se construyeron para que algo pudiera atravesarlas.
Algo que no ten铆a cuerpo.
Algo que no pod铆a permanecer demasiado tiempo en un lugar cerrado.
Porque cuando el viento recorr铆a las habitaciones, aquello se dispersaba.
Se marchaba.
Volv铆a a la monta帽a.
Pero cuando alguien cerraba todas las ventanas...
La cosa quedaba dentro.
Y necesitaba un cuerpo.
Juli谩n retrocedi贸.
La sombra hab铆a vuelto a aparecer sobre la pared.
Esta vez ya no estaba junto a la suya.
Estaba detr谩s.
Mucho m谩s grande.
Mucho m谩s definida.
Juli谩n levant贸 una mano.
La sombra no imit贸 el movimiento.
Levant贸 la otra.
Nada.
La silueta empez贸 a moverse.
No sobre la pared.
Sobre 茅l.
Como si estuviera desprendi茅ndose de la piedra.
Primero apareci贸 una mano.
Negra.
Delgada.
Demasiado larga.
Despu茅s un brazo.
Luego el hombro.
La figura parec铆a estar saliendo de la pared como una mancha de humedad que hubiera aprendido a tener forma.
Juli谩n quiso correr.
No pudo.
Algo le sujetaba los tobillos.
Mir贸 hacia abajo.
No hab铆a nada.
Pero sus pies estaban hundidos en la madera.
No f铆sicamente.
Era como si el suelo se hubiera vuelto blando y estuviera trag谩ndoselos.
La cosa termin贸 de desprenderse de la pared.
No ten铆a rostro.
Donde deber铆a haber ojos solo hab铆a dos zonas m谩s oscuras.
Donde deber铆a estar la boca, una grieta vertical.
Juli谩n intent贸 gritar.
No sali贸 ning煤n sonido.
La criatura se acerc贸.
No caminaba.
Avanzaba cuando 茅l parpadeaba.
Un instante estaba al otro lado del sal贸n.
Parpadeaba.
Estaba a dos metros.
Otra vez.
A un metro.
Juli谩n cerr贸 los ojos.
No quer铆a verla.
Sinti贸 entonces algo roz谩ndole la frente.
Abri贸 los ojos.
La ten铆a delante.
Tan cerca que pudo distinguir peque帽as grietas en aquella piel que no parec铆a piel.
La criatura inclin贸 la cabeza.
Como hab铆a hecho la sombra.
Y entonces habl贸.
No con la voz de su madre.
Ni con la del anciano.
Con la suya.
—Hace fr铆o aqu铆 dentro.
Juli谩n empez贸 a llorar.
La criatura sonri贸.
O quiz谩 fue eso lo que crey贸 ver.
Despu茅s abri贸 la boca.
Y algo sali贸 de ella.
Un hilo oscuro.
Entr贸 por la boca de Juli谩n.
脡l intent贸 apartarse, pero ya no pod铆a moverse.
El fr铆o se extendi贸 por su garganta.
Baj贸 por el pecho.
Lleg贸 al est贸mago.
Despu茅s a los brazos.
A las piernas.
A la cabeza.
Juli谩n sinti贸 que alguien estaba entrando en 茅l.
No como una posesi贸n.
Como una sustituci贸n.
Algo estaba empujando desde dentro.
Sus huesos empezaron a doler.
Sus dedos se contrajeron.
La mand铆bula se le abri贸 sola.
Y justo antes de perder el conocimiento escuch贸 el viento.
Volv铆a a soplar.
Las ventanas se hab铆an abierto todas de golpe.
La casa respir贸.
Una r谩faga atraves贸 el sal贸n.
La sombra desapareci贸.
El fuego recuper贸 su crepitar.
El reloj volvi贸 a moverse.
El aire volvi贸 a ser fr铆o y limpio.
Todo qued贸 en silencio.
A la ma帽ana siguiente, el anciano regres贸.
Encontr贸 las ventanas abiertas.
La puerta principal tambi茅n.
Entr贸 despacio.
—Juli谩n.
Nadie respondi贸.
Subi贸 las escaleras.
Revis贸 las habitaciones.
Vac铆as.
Volvi贸 al sal贸n.
Se detuvo frente a la chimenea.
En el suelo hab铆a un mont贸n de ropa.
El pantal贸n.
La camisa.
Los calcetines.
Los zapatos.
Todo colocado como si alguien se hubiera evaporado dentro de ellos.
El anciano cerr贸 los ojos.
—Otra vez no.
Se agach贸.
Entre la ropa encontr贸 algo.
Un peque帽o trozo de madera.
Una astilla.
Ten铆a grabada una frase.
El anciano la reconoci贸.
Era antigua.
Mucho m谩s antigua que la casa.
La hab铆an encontrado otras veces.
Siempre despu茅s de que alguien cerrara las ventanas.
La inscripci贸n dec铆a:
NO LA DEJES APRENDER TU NOMBRE.
El anciano se levant贸.
Mir贸 hacia el ventanal.
Afuera comenzaba a nevar.
Entonces escuch贸 pasos en la escalera.
Se gir贸.
Juli谩n apareci贸 en el umbral.
Estaba p谩lido.
Descalzo.
Sonre铆a.
—Buenos d铆as.
El anciano no respondi贸.
Mir贸 sus ojos.
Hab铆a algo diferente en ellos.
Algo vac铆o.
Algo que no pertenec铆a all铆.
Juli谩n baj贸 lentamente las escaleras.
—He dormido muy bien.
El viejo retrocedi贸.
—¿D贸nde est谩 Juli谩n?
La sonrisa del hombre desapareci贸.
Durante unos segundos no ocurri贸 nada.
Despu茅s, la cabeza de Juli谩n se inclin贸 hacia un lado.
Exactamente igual que hab铆a hecho la sombra.
—Juli谩n ya no tiene fr铆o.
El anciano cerr贸 los ojos.
Comprendi贸 entonces que hab铆a cometido un error.
Hab铆a llegado demasiado tarde.
Porque aquella cosa no necesitaba que las ventanas estuvieran abiertas para salir.
Ahora ten铆a un cuerpo.
Ahora ten铆a un nombre.
Y lo peor de todo era que, mientras el anciano permanec铆a paralizado frente a 茅l, Juli谩n comenz贸 a cerrar una por una las ventanas de la casa.
La primera.
Clac.
La segunda.
Clac.
La tercera.
Clac.
El anciano quiso detenerlo.
No pudo.
Cuando lleg贸 a la 煤ltima, Juli谩n se volvi贸 hacia 茅l.
Sonri贸.
Y susurr贸:
—Ahora podemos estar juntos.
El 煤ltimo pestillo cay贸.
Clac.
Afuera, el viento dej贸 de soplar.
Y en la monta帽a, por primera vez en muchos siglos, todas las casas de Las Cumbres comenzaron a cerrar sus ventanas al mismo tiempo.
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