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El archivo topogr谩fico del municipio de Valdelaguna conserva un registro de 1974 sobre la desecaci贸n de la antigua balsa de evaporaci贸n de las salinas de La Laguna Chica. Un plano simple, trazado a tinta china sobre papel vegetal, muestra una extensi贸n cuadrangular de cuatrocientas hect谩reas rodeada por un muro bajo de piedra seca y arcilla compactada.
Mi trabajo consist铆a en evaluar el impacto de la erosi贸n e贸lica sobre el lecho de sal residual antes de iniciar las obras de una planta fotovoltaica. Era mediados de noviembre. El terreno estaba seco, cubierto por una costra blanca y resquebrajada que cruj铆a bajo la suela de mis botas con un sonido met谩lico, similar al de caminar sobre cristales rotos de muy poco grosor.
El silencio en las salinas no es la ausencia de ruido. Es una presi贸n f铆sica. El viento sopla de manera uniforme, constante y limpia desde el norte, pero al chocar contra la costra de sal no produce el silbido habitual de las praderas o los bosques; se desv铆a en una corriente muda que seca los labios en cuesti贸n de minutos y deja una fina capa blanca sobre las pesta帽as.
Mont茅 la tienda de campa帽a t茅cnica en la esquina suroeste de la balsa, al abrigo del muro de piedra. Durante los dos primeros d铆as, mi rutina fue estrictamente instrumental: colocar estacas de nivelaci贸n, medir la densidad del suelo con el penetr贸metro y anotar las variaciones de humedad ambiental a intervalos de tres horas.
La primera alteraci贸n en la monoton铆a del terreno ocurri贸 el mi茅rcoles al atardecer.
Mientras regresaba a la tienda tras revisar la 煤ltima estaca, situada a casi un kil贸metro del borde del per铆metro, not茅 una resistencia desigual en la costra de sal. En un tramo de unos cincuenta metros, la capa blanca no estaba agrietada en los patrones poligonales habituales que genera la desecaci贸n solar. La sal en esa franja estaba pulverizada, reducida a un polvo fino y harinoso.
Me agach茅 a examinar el terreno con la linterna frontal. La franja rectil铆nea atravesaba la balsa de norte a sur. No hab铆a huellas de neum谩ticos ni marcas de pisadas. Era simplemente un rastro de sal molida, como si un cilindro invisible de gran peso hubiera rodado lentamente sobre la superficie, triturando el mineral sin dejar una hendidura profunda en la tierra subyacente.
Coloqu茅 una estaca de madera en el centro del rastro para se帽alar la posici贸n en el GPS y regres茅 al campamento.
Esa noche, la temperatura dentro de la tienda descendi贸 a cuatro grados bajo cero. A la una de la madrugada, el viento ces贸 de manera repentina. El cese del aire fue tan brusco que me despert茅 con una vaga sensaci贸n de v茅rtigo, el tipo de desorientaci贸n que se experimenta cuando un motor ruidoso se apaga tras horas de funcionamiento continuo.
Sal铆 al exterior con el abrigo de plumas y la linterna de mano. La luz de la luna llena se reflejaba sobre el manto blanco del lecho salino, transformando la cuenca en una llanura luminosa, p谩lida y sin sombras.
Camin茅 hacia el muro de piedra para comprobar el anem贸metro. Al pasar junto a la estaca que hab铆a colocado horas antes en el rastro de sal molida, me detuve.
La madera ya no estaba en posici贸n vertical. Estaba inclinada en un 谩ngulo de cuarenta y cinco grados hacia el centro de la balsa. Al acercarme, vi que la base de la estaca, enterrada a treinta cent铆metros bajo la superficie, hab铆a sido desplazada lateralmente, doblando la madera sin romperla.
A lo largo del rastro de sal triturada, la costra blanca hab铆a comenzado a levantarse ligeramente en los bordes, como la pintura de un cuadro que se despega de la tela por efecto del calor. Pero all铆 no hab铆a calor. El fr铆o hac铆a que la sal estuviera dura como el cemento.
Escuch茅 entonces un sonido que no pertenec铆a al paisaje.
Un chasquido seco. Luego otro. Un crujido lento, espaciado por intervalos regulares de cuatro o cinco segundos, que se extend铆a a lo largo de la franja pulverizada. No era el crujido de la sal bajo el peso de un cuerpo; era el sonido de la costra mineral volviendo a unirse. Las peque帽as part铆culas de sal molida se agrupaban, fusion谩ndose bajo la luz de la luna con un murmullo granular, similar al flujo de la arena dentro de un reloj de cristal.
Dirig铆 el haz de la linterna hacia el extremo norte de la franja. La luz cort贸 la oscuridad hasta perderse en el horizonte blanco.
No hab铆a nada visible. Sin embargo, la p谩tina de humedad que el aire nocturno depositaba sobre mi rostro comenz贸 a secarse a una velocidad anormal. Sent铆 la piel de las mejillas tirante, r铆gida, como si el aire alrededor de mi cabeza estuviera perdiendo toda su agua en cuesti贸n de segundos.
El foco de la linterna empez贸 a perder intensidad. No por agotamiento de las bater铆as de litio, sino porque el aire entre la lente de la linterna y el suelo se estaba volviendo denso, cargado de una suspensi贸n invisible de microcristales en suspensi贸n que dispersaban la luz en un halo mate.
Retroced铆 paso a paso hacia la tienda de campa帽a, manteniendo la vista fija en la l铆nea de sal.
A mitad de camino, la sensaci贸n de presi贸n en los t铆mpanos se volvi贸 dolorosa. La densidad del aire en la llanura era tal que cada respiraci贸n requer铆a un esfuerzo consciente de la caja tor谩cica, como si estuviera tragando un gas pesado y alcalino.
Dentro de la tienda, cerr茅 la cremallera del fuelle y me sent茅 sobre el aislante t茅rmico. Abr铆 la libreta de campo para registrar la hora y la temperatura exterior.
Al apoyar el bol铆grafo sobre el papel, not茅 que la punta de mofeta no dejaba trazo de tinta. La tinta azul dentro del cartucho de pl谩stico se hab铆a solidificado, transformada en una masa cristalina e in煤til.
Utilic茅 un l谩piz de grafito duro para escribir las observaciones. Mis manos estaban secas, con la piel de los nudillos agrietada por la p茅rdida instant谩nea de humedad.
A las tres y veinte de la ma帽ana, la cremallera exterior de la tienda cruji贸.
No fue un tir贸n. Fue el sonido del metal helado entrando en contacto con una superficie extremadamente seca. La tela de nylon de la pared norte de la tienda comenz贸 a tensarse lentamente hacia el interior, cediendo bajo el peso de una masa amplia y uniforme que se apoyaba contra la estructura desde el exterior.
La tela no se deformaba en puntos concretos, como lo har铆a si una mano o un hombro empujara contra ella. Se curvaba en una superficie plana y continua, de lado a lado del habit谩culo, reduciendo el espacio disponible a la mitad.
Me pegu茅 contra la pared opuesta de la tienda, sintiendo la piedra fr铆a del muro exterior a trav茅s del tejido.
El aire en el interior de la tienda se volvi贸 tan seco que el papel de mi libreta de campo comenz贸 a curvarse sobre s铆 mismo, las esquinas de las hojas dobl谩ndose hacia el centro con peque帽os chasquidos secos.
No escuch茅 pasos fuera. Tampoco escuch茅 respiraci贸n. Solo el roce imperceptible y continuo de la sal siendo triturada y vuelta a cristalizar bajo la base de la tienda.
Permanec铆 inm贸vil hasta que los primeros rayos del sol matizaron de gris la tela de la tienda. Con la luz del amanecer, la presi贸n sobre la pared de nylon desapareci贸 gradualmente, sin producir ruido alguno.
Al salir, la llanura de sal estaba serena bajo la luz fr铆a de la ma帽ana. El viento del norte hab铆a vuelto a soplar de manera uniforme.
Camin茅 hacia el lugar donde se encontraba la tienda. En el suelo, sobre la costra blanca donde hab铆a pasado la noche, no hab铆a marcas de desgaste. La superficie estaba perfectamente lisa, plana y pulida como un espejo de m谩rmol descolorido.
Sin embargo, al recoger el equipo para abandonar el lugar, encontr茅 mi libreta de notas sobre la sal.
Las p谩ginas estaban secas, r铆gidas como l谩minas de madera fina. Al hojearlas con cuidado para evitar que se rompieran, vi que los registros de los dos primeros d铆as hab铆an desaparecido. La tinta ferrog谩lica se hab铆a desprendido del papel en forma de polvo deshidratado, dejando solo las hendiduras que la presi贸n del bol铆grafo hab铆a grabado sobre la fibra.
En la 煤ltima p谩gina, la 煤nica anotaci贸n a l谩piz que realic茅 durante la madrugada permanece intacta. El grafito no se evapor贸.
Debajo de mi 煤ltima cifra de temperatura, una l铆nea recta trazada con la misma dureza de mi l谩piz cruza la p谩gina de izquierda a derecha. No est谩 escrita con mi caligraf铆a. Es una marca uniforme, limpia, que no se interrumpe al llegar al borde del papel, sino que contin煤a sobre la mesa de pl谩stico de mi equipo de campo, cruza el marco de la tienda y se pierde en la sal blanca de la llanura, extendi茅ndose en l铆nea recta hasta donde alcanza la vista.
He dejado las herramientas en el terreno. No he vuelto a Valdelaguna para entregar el informe final.
Actualmente me encuentro en una habitaci贸n de hotel en la costa, a trescientos kil贸metros de las salinas. El aire acondicionado del cuarto est谩 apagado y mantengo dos humidificadores encendidos junto a la cama. Sin embargo, esta ma帽ana, al mirarme en el espejo del ba帽o para afeitarme, la hoja de afeitar ha chirriado contra mi piel sin cortar un solo vello.
Mi piel no sangra si se corta. La superficie de mis mejillas se ha vuelto dura, blanca y 谩spera al tacto. Y cuando me cepillo el cabello por las noches, un fino polvo blanco de sabor amargo cae sobre los hombros de mi chaqueta, grano a grano, con la cadencia exacta de un reloj que nunca termina de vaciarse.
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