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La valla de alambre de espino rodeaba las doce hect谩reas del Antiguo Sanatorio de la Cumbre. Mi trabajo como perito judicial consist铆a en verificar la demolici贸n de las estructuras de mamposter铆a. En mi malet铆n llevaba el plano original de 1952, un cuaderno de notas y una c谩mara r茅flex digital. Todo en mi oficio responde a mediciones f铆sicas: si un muro de carga cede, es por la fatiga del hormig贸n; si una puerta se atasca, es por la dilataci贸n del marco.
Al cruzar la puerta principal de la nave B, el aire ol铆a a cal h煤meda, yeso picado y hierro oxidado. La luz de la tarde entraba en haces inclinados por los ventanales rotos, iluminando miles de motas de polvo en suspensi贸n.
El edificio estaba dividido en tres plantas id茅nticas. En cada una, un corredor central de ochenta metros distribu铆a doce habitaciones a cada lado. Mi rutina era sistem谩tica: entrar a la estancia, fotografiar los cuatro 谩ngulos, medir el grosor de las grietas con el pie de rey y anotar los datos.
A las cuatro y cuarto de la tarde, mientras revisaba la habitaci贸n 204 del segundo piso, encontr茅 el primer elemento fuera de lugar.
Sobre el suelo de terrazo, cubierto de escombros, hab铆a una franja de pintura blanca de diez cent铆metros de ancho. La l铆nea comenzaba en la pared oeste, cruzaba el pasillo en 谩ngulo recto y se introduc铆a por debajo de la puerta cerrada de la habitaci贸n 205. No era pintura seca sobre la superficie; era un trazo denso, fresco, que desprend铆a un olor penetrante a disolvente industrial.
En el plano de 1952 esa l铆nea no figuraba.
Saqu茅 la c谩mara y tom茅 una fotograf铆a del trazo. Al mirar por el visor de la pantalla LCD, not茅 una discordancia. La imagen mostraba la habitaci贸n 204, el suelo de terrazo y la franja blanca. Pero en la esquina superior derecha del encuadre, la puerta de la habitaci贸n 205 no aparec铆a cerrada: aparec铆a abierta cinco cent铆metros, y desde el interior de la penumbra se extend铆a una mano humana.
No era una sombra ni una sugesti贸n. La mano era f铆sica, de piel cetrina y nudillos engrosados por la artrosis. Agarraba el canto de madera de la puerta con la fuerza suficiente para dejar marcas claras en la pintura descascarillada.
Baj茅 la c谩mara del rostro. A simple vista, la puerta de la habitaci贸n 205 permanec铆a cerrada de par en par, con el pestillo de hierro oxidado echado desde el exterior.
Avanc茅 los cuatro pasos que me separaban de la puerta. Toqu茅 la madera. Estaba fr铆a y r铆gida. La l贸gica dictaba que la pantalla del sensor de la c谩mara hab铆a sufrido un error de procesado de imagen. Deslic茅 el pestillo de hierro hacia la izquierda; el metal emiti贸 un chirrido seco que reson贸 a lo largo de todo el corredor desierto.
Empuj茅 la puerta. La habitaci贸n 205 estaba vac铆a. Las paredes conservaban el azulejo verde original de los a帽os cincuenta y la ventana estaba tapiada con rasillones de ladrillo. No hab铆a ning煤n lugar donde ocultarse.
Sin embargo, en el centro de la estancia, sobre la capa de polvo del suelo, hab铆a una silla de madera de respaldo recto. Sobre el asiento reposaba una linterna de petaca de bronce, similar a las empleadas en la mitad del siglo pasado.
Me acerqu茅 a la silla. La linterna de petaca ten铆a la lente de cristal fracturada. Junto a ella hab铆a un cuaderno de registro con las tapas de cart贸n corro铆das por la humedad. Abr铆 la primera p谩gina. Las anotaciones estaban hechas con bol铆grafo de tinta negra, con una caligraf铆a recta y t茅cnica:
14 de agosto de 1956. Inspecci贸n de muros de carga. El operario Manuel Rivas no ha regresado de la planta tercera. Se observa una l铆nea blanca trazada sobre el piso.
Gir茅 la p谩gina.
15 de agosto de 1956. La l铆nea blanca ha alcanzado la escalera principal. Si se cruza la l铆nea, la salida del pasillo muestra la nave A. Pero al cruzar la puerta de la nave A, se reaparece en el pasillo de la nave B.
Escuch茅 entonces el primer sonido mec谩nico en el pasillo exterior.
Un golpe met谩lico, claro y seco. El sonido de un pestillo de hierro desliz谩ndose sobre su riel.
Sal铆 de la habitaci贸n 205. A lo largo del corredor de ochenta metros, las doce puertas de madera de la derecha se hab铆an cerrado de golpe. Todas ten铆an sus pestillos pasados desde el exterior.
Mir茅 hacia el fondo del pasillo, hacia la escalera de salida. La franja de pintura blanca fresca ya no cruzaba solo el suelo de la estancia 205; ahora se extend铆a en l铆nea recta hacia la escalera, pero la superficie de la pintura viva no estaba lisa.
Sobre la banda de pintura fresca hab铆a huellas de pies descalzos. Las marcas no se alejaban de m铆 hacia la salida; avanzaban desde la escalera hacia mi posici贸n, una tras otra, pisando la pintura h煤meda y dejando un rastro blanco que se deten铆a exactamente a dos metros de mis botas.
Alc茅 la c谩mara r茅flex y mir茅 nuevamente a trav茅s del visor digital.
La pantalla no mostraba el pasillo vac铆o. A trav茅s de la lente de 35 mil铆metros, a dos metros de m铆, de pie sobre las huellas de pintura fresca, hab铆a un hombre con el mono de trabajo de los operarios de los a帽os cincuenta. Ten铆a el rostro vuelto hacia m铆. No ten铆a ojos; en el lugar de las cuencas oculares hab铆a dos hendiduras cuadradas, hechas con la precisi贸n de un cortafr铆os sobre la piel dura.
El hombre sosten铆a en su mano derecha un pincel industrial de cerda dura, chorreante de pintura blanca.
En la pantalla de la c谩mara, el hombre dio un paso hacia adelante. El sonido de su suela de goma sobre la pintura fresca no fue una alucinaci贸n: fue un chasquido h煤medo y denso que reson贸 perfectamente en el pasillo real.
A baj茅 la c谩mara para mirar a simple vista. El pasillo segu铆a estando vac铆o ante mis ojos. Pero en el suelo, la franja blanca se estir贸 otros treinta cent铆metros hacia mis pies, acompa帽ada por el sonido f铆sico del pincel rozando el terrazo.
Comprend铆 la regla de este lugar con absoluta claridad matem谩tica: el peligro no se oculta en lo invisible; habita en una frecuencia de luz que el ojo humano no puede procesar directamente, pero que los cristales de las lentes 贸pticas registran con perfecta precisi贸n. La entidad no necesita ocultarse porque la f铆sica de nuestra visi贸n la protege, pero su impacto sobre la materia es cien por ciento real.
Ech茅 a correr hacia la escalera principal. Cada vez que miraba al frente sin la c谩mara, el pasillo estaba despejado. Pero cada tres pasos, escuchaba a mi espalda el chapoteo r铆tmico, r谩pido y pesado del pincel y las suelas sobre la pintura fresca, acerc谩ndose a mi nuca.
Llegu茅 a la planta baja y cruc茅 la puerta de salida de la nave B. Sal铆 al patio exterior.
El coche estaba aparcado junto a la valla de espino. La luz del sol de las cinco de la tarde iluminaba el cap贸. Me sub铆 al veh铆culo, cerr茅 los seguros, introduje la llave en el contacto y arranqu茅 el motor.
Aceler茅 por el camino de tierra que conectaba con la carretera comarcal. Recorr铆 los dos kil贸metros de pista forestal a setenta kil贸metros por hora. Al llegar al cruce con el asfalto, gir茅 a la derecha.
Cinco minutos despu茅s, la carretera de asfalto descendi贸 suavemente y me deposit贸 de nuevo frente a la valla de alambre de espino del Antiguo Sanatorio de la Cumbre.
Detuve el coche en mitad del camino. El cuentakil贸metros indicaba que hab铆a avanzado seis kil贸metros en l铆nea recta desde el recinto. La carretera no ten铆a curvas. La geometr铆a del espacio alrededor del sanatorio se hab铆a cerrado sobre s铆 misma en un bucle perfecto de dos kil贸metros de radio.
Mir茅 por el espejo retrovisor interior del veh铆culo.
El asiento trasero estaba vac铆o a simple vista. El cristal de la luneta posterior mostraba el camino de tierra limpio.
Tom茅 la c谩mara r茅flex del asiento del copiloto, la encend铆 y apunt茅 el objetivo hacia el espejo retrovisor.
A trav茅s de la pantalla LCD, el espejo retrovisor reflejaba el asiento trasero. Sentado en el centro del tapizado, el hombre del mono de trabajo me observaba a trav茅s de sus cuencas cuadradas. Ten铆a el pincel apoyado sobre la tapicer铆a de mi coche, y una l铆nea de pintura blanca fresca comenzaba a extenderse lentamente desde el respaldo posterior hacia la base de mi asiento.
El olor a disolvente industrial llena ahora mismo el habit谩culo del veh铆culo. La temperatura del motor es normal, el dep贸sito de gasolina est谩 lleno, pero cada vez que intento avanzar por el asfalto, la carretera me devuelve al port贸n de entrada.
No necesito imaginar nada. S茅 exactamente lo que hay detr谩s de mi cabeza. Solo necesito mantener la vista fuera de la pantalla de la c谩mara para no ver el momento preciso en que el pincel toque la parte trasera de mi cuello.

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