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 Nacรญ en Pella, bajo un sol que prometรญa grandeza y sombra,

donde los rรญos contaban historias de hรฉroes y monstruos,
y donde mi madre, Olimpia, me susurraba secretos
que el mundo jamรกs podrรญa comprender.
Su mirada era fuego y hielo a la vez,
su amor absoluto y posesivo,
y su ausencia un castigo que aprendรญ a cargar como corona y cadena.
Entre ella y yo no hubo simples caricias: hubo dominaciรณn, protecciรณn, y un lazo extraรฑo
que mezclaba deseo y miedo, respeto y dependencia.
Ella me enseรฑรณ que la ambiciรณn es tanto bendiciรณn como condena,
y que quien quiere ser grande debe aprender a abrazar lo prohibido.

Filipo, mi padre, me enseรฑรณ la guerra, la estrategia y la fuerza.
Patroclo me mostrรณ los sueรฑos que valen mรกs que la espada.
Pero Hefestiรณn… รฉl fue mi espejo, mi calma y mi tormenta.
Mi amigo, mi amante, mi confidente.
Cada palabra suya era un refugio, cada gesto, un incendio.
Y juntos, entre batallas y caricias robadas, aprendimos que el corazรณn puede latir incluso en medio del acero y la sangre.

Bagoas, Persia en mis brazos, me enseรฑรณ secretos que la historia calla.
Apolo de Larisa, sombra de juventud y deseo, me susurraba en las noches,
mezcla de ternura y locura que me recordaba que, aunque rey, aรบn podรญa sentir.

Subรญ al trono con veinte aรฑos,
con la voz de Olimpia resonando en mis oรญdos,
con la ambiciรณn grabada en cada mรบsculo y hueso,
y el mundo ante mรญ como un tablero de ajedrez
donde cada ciudad, cada ejรฉrcito, cada hombre y mujer
era pieza y obstรกculo a la vez.

Conquistรฉ mares, montaรฑas y fronteras.
Desbordรฉ tiempos.
Forjรฉ imperios con la fuerza de mis brazos y la violencia de mi ambiciรณn.
Pero nada llenaba el vacรญo que Hefestiรณn ocupaba.
Cuando muriรณ… todo se rompiรณ.

Su muerte me llegรณ como un golpe imposible,
en medio de una fiebre que no era fรญsica,
sino de rabia y desolaciรณn.
Era como si el mundo hubiera decidido arrancarme el corazรณn y dejarme respirando a medias.
Hefestiรณn muriรณ por enfermedad en Ecbatana,
pero la historia no habla de lo que yo sentรญ:
la ira que me inundรณ, la furia que arrastrรณ mis noches,
el deseo de que la tierra misma se quebrara bajo mis pies.

Llorรฉ y maldije.
El mundo temblaba ante mi espada,
pero nada podรญa devolverme lo que se habรญa ido.
Cada ciudad conquistada era una burla,
cada ejรฉrcito rendido, una sombra que no podรญa llenar el hueco.
Recorrรญ Babilonia con un fuego en los ojos,
ordenando funerales fastuosos, llantos falsos y castigos crueles,
buscando en cada gesto y en cada lรกgrima la presencia de Hefestiรณn.
Nada bastaba.
Nada devolvรญa su calor, su risa, su mirada que comprendรญa mi ambiciรณn y mi dolor al mismo tiempo.

Y mientras la furia me consumรญa, recordaba a Olimpia.
Su influencia, su cercanรญa intensa, su voz que me abrazaba y a la vez me dominaba.
Era un amor extraรฑo, peligroso, รญntimo,
que me enseรฑรณ que incluso la carne y la sangre pueden ser armas y refugio.
Ella y yo รฉramos fuego y hielo, deseo y control,
y esa enseรฑanza me acompaรฑรณ incluso en mi desbocado dolor por Hefestiรณn.

Morรญ en Babilonia, con treinta y dos aรฑos,
consumido por fiebre, exceso y un corazรณn que nunca encontrรณ paz.
Pero mi nombre atravesรณ siglos,
mis victorias, mis derrotas, mis amores prohibidos y mi furia incontenible,
resuenan en cada sombra de la historia.

Fui Alejandro:
hombre, dios y leyenda a la vez.
Amรฉ con violencia, soรฑรฉ sin lรญmites,
y llorรฉ con rabia cuando perdรญ lo รบnico que verdaderamente me pertenecรญa.
El mundo recuerda mi mirada que desafiaba al sol,
mi espada que parecรญa cortar la eternidad,
y mi corazรณn, que latiรณ por hombres, por amores y por la ambiciรณn que me consumiรณ hasta la รบltima hora.

Mientras los siglos me recuerdan, sรฉ que Hefestiรณn y Olimpia aรบn viven en mi sangre,
en cada impulso que arde demasiado intenso para ser contenido,
en cada triunfo y cada derrota,
en cada lรกgrima y cada grito que aรบn resuenan en mi memoria.




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