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Fui dibujada primero en papel,
trazo de burla, filo de tinta,
nacida del pulso inquieto
de un hombre que sabรญa demasiado
sobre las mรกscaras que usamos
para negar de dรณnde venimos.

Josรฉ Guadalupe Posada me llamรณ Garbancera,
y en 1873 me dio sonrisa de hueso
y un sombrero vacรญo de elegancia,
para apuntar con ironรญa
a quienes renunciaban a sus raรญces
mientras presumรญan una piel prestada.

Yo era espejo y aguijรณn;
satira que mordรญa suave
a la รฉlite que jugaba a ser europea
sin escuchar el latido indรญgena
que aรบn les recorrรญa la sangre.

Pero no me quedรฉ ahรญ.
A veces las imรกgenes saben esperar
su momento para renacer.
Dรฉcadas despuรฉs, Diego Rivera
me tomรณ de la mano —esquelรฉtica, sรญ,
pero firme—
y me llevรณ a pasear por su mural
Sueรฑo de una tarde dominical en la Alameda Central.

Fue รฉl quien me llamรณ Catrina,
la versiรณn femenina del “catrรญn” presumido,
y me vistiรณ con un atuendo completo,
elegante, irรณnico,
dรกndome el cuerpo que Posada nunca me dibujรณ
y el nombre con el que cruzarรญa fronteras.

Desde entonces camino entre vivos y muertos,
entre la solemnidad del recuerdo
y la risa descarada que siempre he llevado conmigo.
Me han puesto flores en el cabello,
me han trazado en mejillas blancas
con pinceles que tiemblan de emociรณn,
y me han hecho desfilar por las calles
cada vรญspera del Dรญa de Muertos,
cuando Mรฉxico huele a cempasรบchil,
a pan dulce caliente,
a historias que se niegan a desaparecer.

En cada rostro pintado de Catrina
me reconozco un poco:
elegancia que es burla,
muerte que es fiesta,
memoria que camina sin miedo
porque sabe que nadie escapa
a la verdad del hueso.

He visto niรฑas que se visten de mรญ
sin entender del todo mi origen,
y abuelas que me miran con respeto
porque recuerdan cuando era Garbancera
y solo querรญa seรฑalar
lo frรกgiles que se vuelven los egos
cuando olvidan sus raรญces.

Y aun asรญ…
yo no vengo a castigar.
Ese nunca fue mi papel.
Vengo a recordar, con delicadeza,
que todos somos polvo vestido,
historia en movimiento,
y que ninguna mรกscara,
por fina que sea,
puede ocultar por siempre
la esencia que nos hace quienes somos.

Soy fiesta y memoria,
sรกtira y abrazo,
la voz que rรญe desde el otro lado
pero que no deja de honrar la vida.
Porque la muerte, al final,
no es amenaza:
es espejo.
Y yo, vestida de hueso y flor,
camino entre ustedes
para que no olviden
su propio rostro.




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