✵๐’€๐’, ๐‘ฎ๐’Š๐’๐’†๐’ƒ๐’“๐’‚✵ /๐‹๐ž๐ฒ๐ž๐ง๐๐š๐ฌ, ๐๐ž๐ซ๐ฌ๐จ๐ง๐š๐ฃ๐ž๐ฌ ๐ž ๐‡๐ข๐ฌ๐ญ๐จ๐ซ๐ข๐š ๐ž๐ง ๐๐ซ๐ข๐ฆ๐ž๐ซ๐š ๐๐ž๐ซ๐ฌ๐จ๐ง๐š /


Yo, Ginebra, joven frente a la corona,
Arturo, viejo y fuerte, me tomรณ por esposa;
sus manos eran ley y abrigo,
y yo aprendรญ a amar entre deber y silencio.

ร‰l era un rey hecho de invierno y de firmeza,
un hombre que cargaba con Camelot en la espalda
y con cicatrices que yo no sabrรญa curar.
A su lado aprendรญ a reinar,
a guardar mis dudas bajo vestidos pesados
y mis deseos bajo la piel.

Con Arturo compartรญa un amor tranquilo,
ese que nace del respeto y la costumbre,
un cariรฑo que no duele,
pero tampoco arde.
Y aunque รฉl me miraba con honor,
a veces olvidaba que bajo la corona
late un corazรณn que tambiรฉn quiere ser elegido.

Entonces llegรณ Lancelot,
caballero de mirada limpia,
destreza perfecta
y lealtad absoluta al rey que yo llamaba esposo.
Era la sombra que faltaba en mis noches,
la voz que pronunciaba mi nombre
como si llevara siglos esperรกndolo.

Su presencia fue una grieta luminosa
en mi mundo de deber y protocolo.
Cada vez que entraba al salรณn del consejo
mis manos temblaban bajo la mesa,
y cuando rozaba mi mano al pasar
mi alma vibraba como si alguien
hubiera dicho mi verdad en voz alta.

Al principio fueron miradas,
pequeรฑos incendios contenidos,
pasos que coincidรญan donde no debรญan.
ร‰l evitaba hablarme demasiado,
conociendo su propio peligro;
yo fingรญa no comprenderlo,
sabiendo perfectamente
que ya estaba perdida.

Una noche de invierno,
cuando las chimeneas ardรญan perezosas
y la corte dormรญa,
Lancelot tocรณ mi puerta
con tres golpes suaves,
la seรฑal que ninguno habรญa pronunciado
pero que ambos esperรกbamos.

Entrรณ.
Y el mundo dejรณ de fingir.
Su armadura cayรณ al suelo,
la mรญa cayรณ de mi alma,
y en su abrazo descubrรญ
lo que Arturo nunca supo darme:
ser mirada como mujer
y no como sรญmbolo.

Cada encuentro despuรฉs de aquel
fue un filo hermoso y devastador,
amor robado al destino,
pecado que no pedรญa perdรณn.
Yo pensaba en Arturo,
en su bondad de rey,
en su cansancio de hombre,
en el deber que me ataba;
pero mis manos seguรญan buscando a Lancelot
como un secreto demasiado grande para ocultarlo.

El castillo comenzรณ a murmurar.
Los criados bajaban la voz al verme pasar,
y los caballeros del consejo
se miraban con mรกs tensiรณn de la habitual.
La culpa nos seguรญa por los pasillos
como un perro fiel.

Hasta que, una noche sin luna,
Arturo decidiรณ comprobar
si la traiciรณn tenรญa rostro.
Entrรณ en mis aposentos
sin anunciarse,
como un juez que ya sabe la sentencia
antes de escucharla.

Nos encontrรณ asรญ:
mis manos enlazadas en las de Lancelot,
nuestros labios todavรญa respirando el mismo aire,
el silencio confesรกndolo todo.

Arturo no gritรณ.
No levantรณ la espada.
No pronunciรณ maldiciรณn alguna.

Ese silencio suyo
fue peor que cualquier castigo.
Un silencio que se quedรณ a vivir entre los tres,
un silencio que partรญa la historia en dos.

“Lancelot”, dijo finalmente,
con una calma que herรญa,
“vete… antes de que olvide que soy rey.”

Lancelot bajรณ la mirada,
aceptando que su amor habรญa vencido al honor
y aun asรญ habรญa perdido.
Habรญa arrebatado el corazรณn de Ginebra,
pero tambiรฉn habรญa roto el de Arturo.
Y ningรบn hombre valiente
puede sostener ambas verdades sin sangrar.

Se marchรณ al amanecer,
cubierto con la capa,
exiliado por culpa,
por amor
y por respeto al hombre que lo habรญa elevado.

Arturo se quedรณ.
Pero ya no era mi esposo.
Era un rey herido que necesitaba guerras
para no pensar en su dolor.
Se lanzรณ a cada frontera,
luchando mรกs ferozmente que nunca,
como si pudiera matar con su espada
la sombra que habรญamos dejado en su vida.

Y yo…
quedรฉ reina de un reino que ya no me abrazaba.
Aprendรญ a caminar recta
aunque por dentro fuera ruina.
A sostener el trono sin que mis manos temblaran,
aunque el amor perdido y el amor traicionado
me araรฑaran el pecho cada dรญa.

Con el tiempo, Arturo volviรณ a hablarme.
No como esposo,
pero sรญ como aliado.
El perdรณn llegรณ,
pero no la inocencia.
Las cicatrices no duelen siempre,
pero nunca desaparecen.

Lancelot viviรณ lejos,
entre batallas que nadie le pedรญa luchar.
Cada victoria era un intento de olvidar,
cada herida una forma de recordarme.
Y aunque nunca regresรณ a Camelot,
su nombre seguรญa ardiendo en mis noches
como un fuego que la historia no pudo apagar.

Y asรญ quedรณ escrito nuestro destino:
tres almas marcadas,
tres formas distintas de amar
y de perderse.

Arturo, rey herido pero justo.
Lancelot, caballero que amรณ mรกs allรก del deber.
Yo, Ginebra, mujer entre la corona y el incendio,
definiendo mi vida
con el peso de un amor prohibido
y la dignidad de seguir en pie.




Comentarios

Entradas populares de este blog

๐—ฃ๐–—๐–Š๐–˜๐–Š๐–“๐–™๐–†๐–ˆ๐–Ž๐–”́๐–“

๐Ÿ•ท️๐‘ด๐’Š๐’„๐’“๐’๐’“๐’“๐’†๐’๐’‚๐’•๐’๐’” -๐Ÿ ๐Ÿ•ท️

๐Ÿ•ท️๐‘ด๐’Š๐’„๐’“๐’๐’“๐’“๐’†๐’๐’‚๐’•๐’๐’” -๐Ÿ ๐Ÿ•ท️