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Nacรญ Aquiles, hijo de Peleo y Tetis,
y un talรณn olvidado marcรณ mi destino,
un punto dรฉbil en mi carne que los dioses
observaron con indiferencia y sonrisa.

Mi madre me sumergiรณ en el Estigia,
buscando invulnerabilidad absoluta,
pero me sostuvo del talรณn en su prisa,
y ese contacto diminuto se convirtiรณ en mi condena.
Un recordatorio constante de mi mortalidad,
de que incluso un hรฉroe que desafรญa ejรฉrcitos y monstruos
no puede escapar al destino que los dioses marcan.

Desde niรฑo sentรญ el fuego de la guerra,
aprendรญ con los mirmidones que un guerrero
no es solo fuerza, sino astucia, velocidad, valor,
y sobre todo, la fidelidad a quienes amas.
Allรญ conocรญ a Patroclo,
mi compaรฑero, mi confidente,
el รบnico capaz de calmar mi furia
y de entender mi corazรณn inquieto.

Troya ardiรณ por el rapto de Helena,
y Paris, su impulsivo prรญncipe, desatรณ el caos.
Hรฉctor, noble y valiente, se convirtiรณ en rival digno,
pero mรกs allรก de hombres y muros,
en los bosques y las costas, los dioses me pusieron pruebas:
cรญclopes que rugรญan y lanzas de roca,
serpientes marinas que surgรญan del mar,
y espectros que surgรญan en la noche para tentar mi valor.
Cada encuentro me hizo mรกs fuerte,
pero tambiรฉn mรกs consciente de mi fragilidad,
de mi deseo de pasar a la historia.

Y allรญ estaba ella, Calรญope,
hija de un rey aliado, entrenada en la guerra,
con ojos que ardรญan y voz que templaba mi espada,
desafiante, feroz, con secretos que ni los dioses podรญan prever.
Nos encontramos tras una escaramuza contra un cรญclope,
y su mirada me juzgaba y admiraba a la vez.
Ella no era un consuelo pasajero,
era la prueba de que incluso un hรฉroe podรญa temer al amor,
que podรญa sentir deseo y respeto sin perder su furia.

Patroclo cayรณ, cubriendo mi honor con mi propia armadura,
y Hรฉctor lo matรณ. La rabia se volviรณ fuego en mis venas,
mi espada buscaba justicia, venganza y memoria.
Cada golpe que di no era solo guerra: era amor, era lealtad, era desesperaciรณn.

Los dioses nunca estuvieron lejos.
Atenea guiaba mis movimientos, Apolo protegรญa a mis enemigos,
y Zeus miraba desde las alturas, evaluando mis decisiones.
Aprendรญ que la gloria no se gana solo con fuerza,
sino con inteligencia, paciencia y astucia.
Y que incluso el mรกs grande de los hรฉroes
tiene un punto dรฉbil, un talรณn que los dioses seรฑalan,
y que serรก su destino final, por mรกs invencible que parezca.

Finalmente, Paris disparรณ la flecha que terminรณ mi vida.
Mi talรณn cediรณ, y mientras caรญa, la conciencia me aferrรณ
a todo lo amado y perdido: Patroclo, mis compaรฑeros,
las batallas, los monstruos, Calรญope,
y mi ansia de dejar un nombre que el tiempo no borrara.

Si alguien recuerda algo de mรญ,
que sepa que fui mรกs que un guerrero:
amรฉ, sufrรญ, luchรฉ contra hombres y criaturas,
busquรฉ la gloria y comprendรญ la fragilidad de la carne,
y en cada decisiรณn, cada batalla y cada abrazo perdido,
dejรฉ mi huella.

Patroclo sigue conmigo,
Calรญope vive en mis recuerdos,
y la memoria de quienes amamos
es la รบnica eternidad verdadera.




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