๐ค ๐ณ๐ ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐๐๐๐ ๐๐๐๐ ๐ค
Todas las casas mienten.
Dicen ser refugio, costumbre, rutina.
Dicen paredes, suelo, techo.
Pero guardan otra cosa: memoria.
Y la memoria, cuando envejece, aprende a moverse sola.
Al principio no notas nada.
Una casa nueva siempre es educada.
Observa en silencio cรณmo caminas, dรณnde dejas los zapatos, a quรฉ hora apagas la luz. Aprende tus horarios como quien aprende un idioma a base de escucharlo detrรกs de una pared demasiado fina.
Durante el dรญa no pasa nada.
El ruido la mantiene a raya: puertas, agua corriendo, el zumbido elรฉctrico de algo siempre encendido.
Las presencias —porque no hay otra palabra— se repliegan. Se esconden donde no miras. En el รกngulo muerto de los pasillos. En el hueco exacto entre el armario y la pared. Dentro de ese silencio que todavรญa no ha llegado.
Por la noche cambia todo.
La casa respira distinto cuando duermes.
No mรกs despacio. Mรกs profundo.
Como si probara el aire.
Empiezan los detalles pequeรฑos. Inofensivos, casi amables.
Un crujido que no recuerdas haber oรญdo antes.
Un paso que se detiene justo cuando te incorporas en la cama.
La sensaciรณn inequรญvoca de que algo ha cambiado de sitio, aunque no sabrรญas decir quรฉ.
Te dices que es normal.
Las casas suenan.
Las maderas trabajan.
El cerebro exagera cuando estรก cansado.
Hasta que una noche notas el peso.
No un golpe. No una caรญda.
Peso.
Como si alguien se hubiera sentado al borde de la cama sin tocarla.
El colchรณn no se hunde, pero tรบ lo sabes. El cuerpo lo sabe antes que la cabeza. Ese escalofrรญo que no sube ni baja: se queda. Se instala.
A veces sientes dedos.
No presionan.
Rozan.
El pelo, la muรฑeca, la piel que queda fuera de la sรกbana porque siempre hay una parte de ti que se confรญa.
Otras veces es el aire.
Un desplazamiento mรญnimo, exacto, como cuando alguien pasa muy cerca sin tocarte y aun asรญ te obliga a contener la respiraciรณn.
Nunca hay pasos claros.
Nunca hay voces.
La casa no necesita hacer ruido para decir estoy aquรญ.
Empiezas a soรฑar con habitaciones que no existen.
Con puertas que sabes que no estaban, pero que en el sueรฑo reconoces como propias.
Sueรฑas que te llaman por tu nombre, pero no con una voz: con la estructura misma del lugar. Como si las paredes lo pronunciaran a la vez, despacio, saboreรกndolo.
Te despiertas cansada.
No por no dormir, sino por dormir vigilando.
Un dรญa vuelves a casa y algo no encaja.
Todo estรก en su sitio, pero la casa… espera.
Ese silencio no es vacรญo. Es expectante.
Como una respiraciรณn contenida justo antes de decir algo importante.
Ahรญ es cuando entiendes la regla no escrita:
la casa solo se mueve cuando tรบ no miras.
Solo avanza cuando tรบ confรญas.
Por eso, cuando llegues a casa y la encuentres demasiado quieta, haz ruido.
No por valentรญa. Por educaciรณn.
Saca las llaves antes de abrir. Muรฉvelas. Dรฉjalas sonar.
Avisa.
Dales tiempo a esconderse.
Porque lo que vive en las casas no se va.
Aprende.
Y cuando ya sabe demasiado de ti,
no necesita verse para estar contigo.


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