🕷️𝑳𝒂 𝑪𝒂𝒔𝒂 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝑳𝒖𝒛 𝑹𝒐𝒋𝒂🕷️

Llegó al vecindario sin hacer ruido, como si el mundo se hubiera detenido para permitirle cruzar la calle sin que nadie lo notara. Su llegada fue silenciosa, pero su presencia se sintió de inmediato: las hojas caídas se arremolinaban a su paso, los gatos se escondían bajo los coches y un escalofrío invisible recorría cada casa. Nadie conocía su nombre, nadie sabía quién era, y sin embargo todos sentían que sus ojos oscuros y profundos los observaban, incluso cuando no podía verse nada.

La casa al final de la calle parecía abandonada, con sus paredes desconchadas y la madera crujiente de las ventanas. Pero por la noche, detrás de sus cortinas, una luz roja parpadeaba como el latido de un corazón que nadie podía tocar. La niebla que la rodeaba no era natural; se movía con voluntad propia, se arremolinaba, se colaba por las rendijas de las puertas y ventanas, abrazando la casa como un guardián silencioso. Nadie se atrevía a acercarse, y los pocos que lo hicieron, volvieron cambiados, temblando, con susurrantes advertencias que nadie creía.

Una noche, movida por una mezcla de miedo y curiosidad, decidí acercarme. La calle estaba vacía y el viento llevaba un olor extraño, metálico, a humedad y ceniza. Al llegar frente a la casa, la luz roja me cegó un instante, pulsando con fuerza, como llamándome. Tras la cortina, sus ojos me atraparon: bellos, profundos, peligrosos. Y entonces susurró mi nombre.

La niebla se levantó de golpe, rodeándome, envolviéndome. No podía moverme, no podía gritar, solo sentía cómo cada fibra de mi cuerpo vibraba al ritmo de aquella presencia imposible. La voz que pronunciaba mi nombre era dulce y terrible a la vez, una melodía que helaba la sangre y arrancaba la razón. Me acerqué, sin saber por qué, y la cortina se abrió sola, revelando un interior que parecía respirar: paredes cubiertas de sombras que se retorcían, reflejos rojos en cristales quebrados, y un aroma que olía a recuerdos olvidados y miedo puro.

Desde aquella noche, nadie me ha vuelto a ver. Camino por la calle y escucho el eco de mi propio nombre mezclado con risas que no pertenecen a este mundo. Cada noche, la luz roja sigue bailando detrás de las cortinas, pulsando, invitando, llamando. Los vecinos hablan en susurros de figuras que atraviesan la niebla, de susurros en la oscuridad y de puertas que se abren sin que nadie esté cerca. Algunos dicen que quien se acerca demasiado desaparece, dejando solo un hilo de niebla y un eco de risa.

Los días que intento ignorarla, sueño con ojos que me siguen desde la penumbra de mi habitación, con risas que se filtran bajo la puerta y con aquella luz roja parpadeando en mis párpados cerrados. La niebla se cuela en mis sueños y me lleva de regreso a la casa, donde las sombras se retuercen y el tiempo se detiene.

No hay nadie visible en la calle, pero siento su mirada en cada esquina, en cada ventana, en cada reflejo del cristal. La casa nunca duerme, nunca descansa. Sus risas llaman, susurros que prometen secretos prohibidos, y quienes las escuchan saben que nunca volverán a ser los mismos.

Ahora sé que la luz roja no es solo luz; es un faro que busca almas curiosas, incautas, las que se atreven a mirar demasiado. Y aunque nadie más me vea, siento que estoy marcado, que cada noche, al cerrar los ojos, escucho su risa y siento la niebla arrastrarme hacia la casa, hacia la cortina roja, hacia los ojos que todo lo ven.

La ciudad duerme, pero la casa sigue viva. Su luz roja baila, la niebla se agita, y las risas llaman a cualquiera que ose acercarse. Yo sigo siendo un testigo invisible, atrapada entre el mundo real y el mundo que se esconde tras esas paredes rojas, esperando a que otro incauto cruce el umbral y descubra que no hay vuelta atrás.




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