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Me llamรฉ Roger Godberd
antes de que otros necesitaran un nombre mejor
para contar mi historia.

Nacรญ alrededor de 1230,
en Swannington, Leicestershire,
hijo de una familia con tierras modestas,
lo bastante dignas para creer
que la ley protegรญa a quienes trabajaban la tierra.
Mentira temprana.

Fui esposo.
Fui padre.
Tuve una familia
antes de convertirme en un nombre perseguido.
Sus nombres no quedaron en los registros,
porque la historia solo recuerda
a quienes incomodan al poder,
no a quienes pagan el precio de amarlos.

Empuรฑรฉ armas como soldado
al servicio de Simรณn de Montfort,
cuando aรบn pensรกbamos
que un rey podรญa rendir cuentas.
Luchรฉ contra Enrique III,
y perdรญ en Evesham, 1265,
el dรญa en que Inglaterra decidiรณ
que la justicia volverรญa a esconderse
tras muros y coronas.

Despuรฉs de eso
ya no hubo regreso.

Me convertรญ en forajido
entre 1266 y 1272,
viviendo en Sherwood,
durmiendo con el oรญdo pegado al suelo
y la espalda contra los รกrboles.
Robรฉ.
Quemรฉ propiedades.
Ataquรฉ monasterios.
Matรฉ a un monje en Stanley Abbey.
No lo justifico.
Lo nombro.

El sheriff de Nottingham,
Reginald de Grey,
me persiguiรณ con obsesiรณn,
como si acabar conmigo
fuera una forma de restaurar el orden.
Nunca lo fue.

Un caballero, Richard Foliot,
me dio refugio cuando nadie mรกs lo hacรญa.
Aรฑos despuรฉs,
ese gesto aparecerรญa en las baladas
convertido en Sir Richard at the Lee.
Ahรญ empezรณ la mentira hermosa.

Me capturaron.
Me encerraron en la Torre de Londres.
Mi nombre quedรณ escrito
junto a la palabra “ejemplo”.

Cuando Eduardo I regresรณ de las cruzadas,
me concediรณ el perdรณn.
No por misericordia,
sino porque a veces al poder
le conviene parecer justo.

Volvรญ a Swannington
como un hombre cansado
al que ya no temรญan.
Morรญ alrededor de 1293 o 1294,
en mi propia tierra,
por causas naturales.
Sin ejecuciรณn.
Sin espectรกculo.

Estoy enterrado en Swannington,
en suelo comรบn,
sin tumba legendaria,
sin epitafio maldito.
La leyenda necesitรณ otro final,
pero mi cuerpo se quedรณ aquรญ.

Despuรฉs de muerto
me cambiaron el nombre.

Me llamaron Robin Hood.
Me hicieron arquero perfecto,
ladrรณn noble,
amigo de los pobres
y enemigo elegante del sistema.
Me limpiaron la sangre
y me vistieron de esperanza.

No me quejo.
Las leyendas sirven
cuando la realidad duele demasiado.

Pero si alguna vez oyes mi historia,
recuerda esto:

Robin Hood fue el cuento.
Yo fui el hombre.

Y los hombres reales
nunca salen ilesos de la historia.




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