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Me llamo William Shakespeare, nacido en Stratford-upon-Avon,
hijo de John, comerciante de lanas, y Mary, que me enseรฑรณ
a mirar el mundo con ojos que buscaban historias
donde nadie mรกs veรญa nada.
Aprendรญ latรญn, clรกsicos y secretos de otras รฉpocas,
y desde niรฑo sentรญ que las palabras podรญan arder
como brasas invisibles en la garganta.
A los dieciocho me casรฉ con Anne Hathaway,
mientras la vida ya nos llevaba en brazos de sus hijos:
Susanna primero, luego los mellizos, Hamnet y Judith,
y la sombra temprana de Hamnet que todavรญa llora
en los pliegues de mis tragedias y mis versos.
Londres me llamรณ con su bullicio y su humo,
sus teatros y calles que olรญan a madera y sudor.
Empecรฉ como actor, vestido de otros cuerpos,
llevando mรกscaras y palabras ajenas,
hasta que descubrรญ que podรญa escribir mundos enteros.
Me unรญ a Lord Chamberlain’s Men —despuรฉs The King’s Men—
y construimos el Globe, templo de madera y luz,
donde mis voces se alzaron y nunca se apagaron.
Dudan de mรญ, dicen que no fui yo,
que Francis Bacon, Christopher Marlowe o algรบn noble
oculto tras mi nombre escribieron lo que firmรฉ.
Rรญen del hombre humilde que soรฑรณ con reyes y tragedias,
pero el genio no pide tรญtulos ni permisos.
Hubo aรฑos perdidos, del 1585 al 1592,
vacรญos donde nadie sabe mis pasos ni pensamientos,
y aun asรญ crecieron mis versos, mis mundos, mis mitos.
Dicen que mi tumba estรก maldita:
“Buen amigo, por el amor de Cristo,
no muevas mis huesos”.
Quien ose perturbar mi descanso atraerรก desgracias;
quizรก sea leyenda, quizรก verdad, pero mi advertencia
sigue viva en la madera, la piedra y la tinta.
Entre brebajes y ungรผentos de herbolarios,
opio y raรญces que duermen y despiertan,
he encontrado mundos que no existen en la calle,
pero sรญ en mis pรกginas, donde los fantasmas y los prรญncipes
sueรฑan, aman y mueren como yo los imaginรฉ.
No eran drogas modernas ni lujo prohibido,
eran medicina, curiosidad y necesidad,
y en esos instantes mi mente volaba mรกs allรก de Stratford,
mรกs allรก de Londres, y nacรญan Hamlet, Romeo y Macbeth,
mi sombra en cada verso, mi delirio en cada escena.
He amado, perdido, reรญdo y llorado;
he sentido la pasiรณn y el dolor en carne propia
y en mis personajes; he inventado mรกs de mil setecientas palabras
y dejado que los mitos hablen de mรญ.
Cada obra, un espejo de la condiciรณn humana;
cada verso, un testamento de mi mirada sobre el mundo.
Ahora regreso a Stratford, entre muros silenciosos,
pero mis historias siguen caminando por teatros, calles y corazones.
Porque yo, William Shakespeare, no muero
donde la tinta y el eco de mis versos aรบn respiran,
y donde la maldiciรณn de mi tumba recuerda
que incluso los muertos pueden hablar si saben escribir.

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