🕷️𝑬𝒍 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐🕷️

Cuenta la leyenda que el Hombre del Sombrero nació hace siglos, no como hombre, sino como sombra de las decisiones olvidadas. Aquellos que murieron con secretos sin confesar, con promesas rotas o con culpas demasiado grandes, dejaron un rastro en la frontera entre lo real y lo intangible. De ese rastro surgió él: una figura alta y delgada, siempre cubierta por un sombrero de ala ancha, rostro oculto, como queriendo ocultar la vergüenza y el remordimiento que alguna vez llevó consigo.

Se dice que se alimenta del miedo y la curiosidad de los vivos, pero no de todos. Solo aquellos que miran hacia adentro demasiado tarde, los que sienten la culpa de algo que no se atrevieron a enfrentar, los que llevan secretos que pesan como piedras invisibles.

El Hombre del Sombrero no viene a castigar. Su aparición es una advertencia, un espejo que refleja lo que evitamos: nuestras decisiones, nuestros miedos, nuestras sombras. Quienes lo ven, dicen los ancianos del pueblo, pueden elegir enfrentarlo o dejar que la sombra se haga más grande, más densa, hasta que cubra sus días y noches.

Me lo contó un viejo del barrio, uno que aseguraba haberlo visto en su juventud:

—No se aparece por azar —dijo—. El Hombre del Sombrero elige. Solo aquellos que guardan miedo y culpa lo perciben. Está detrás de los que viven entre lo que deberían y lo que hicieron.


Yo no era consciente de eso la primera noche. Solo sentí la parálisis, el peso de algo antiguo e inexplicable. Después entendí que mi miedo, mi curiosidad y mi inconformidad con lo que me rodea, lo habían llamado.

Él no habla mucho, pero cuando lo hace, la voz es baja, casi amable, como si quisiera que escuches sin gritar.
—Hoy sí me ves —me dijo una noche—.

No estaba allí para herirme, sino para recordarme algo que ya sabía, pero había olvidado: que las sombras que llevamos no desaparecen si no las enfrentamos.

Los que lo han visto dicen que nunca desaparece del todo. Que mientras haya alguien con miedo a sus propias decisiones, mientras haya secretos que pesan como piedras invisibles, él seguirá allí. Que el sombrero no es solo un sombrero: es un símbolo, la frontera entre la culpa y la verdad.

Y aunque nadie sabe qué busca exactamente, la leyenda advierte: no huyas, no ignores la sensación. Observa, escucha, enfrenta lo que has callado. Porque si lo evitas, la sombra crecerá, y un día ya no habrá reflejo que la contenga.

Yo todavía lo veo. A veces en la esquina del pasillo, a veces en el cristal del espejo. A veces solo lo siento, y mi piel se eriza. Y cada vez que aparece, sé que debo mirar dentro de mí, aunque me duela.

Porque así es el Hombre del Sombrero: no viene a hacer daño, viene a recordar.

No hago más que recordar la primera vez que lo vi, y todavía siento un escalofrío que me recorre la espalda. Pensé que era un sueño, ya sabes, esa frontera borrosa entre dormir y despertar donde todo parece posible, donde la mente juega contigo y te hace creer que la fantasía es real.

Estaba de pie, en la puerta de mi habitación: alto, inmóvil, con un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro. Su sombra era más densa que la oscuridad misma. Nada se movía a su alrededor, salvo esa sensación de peso, como si el aire se hubiera hecho más grueso solo para él.

Intenté gritar, pero la voz no salió. Intenté mover un dedo, un solo dedo, pero mi cuerpo no obedecía. Era una piedra, y no había explicación lógica, salvo la parálisis del sueño. Me convencí de eso, porque aceptar otra cosa habría sido peor: un miedo demasiado profundo para enfrentarlo.

Pero la segunda vez no estaba dormida.

Eran las tres y algo de la madrugada. Me levanté a beber agua, el frío del pasillo me hizo temblar, y al volver, lo vi. Su reflejo en el cristal de la ventana. Detrás de mí, tan cerca que podía sentir cómo el aire se ondulaba alrededor de su figura. Me giré de golpe. Nada. Solo la habitación vacía y mi respiración que golpeaba mis oídos. El reflejo había desaparecido.

Desde entonces aparece cuando quiere. A veces en la esquina del pasillo, tan quieto que parece parte de la sombra de la pared. A veces en el espejo del baño, detrás de mi hombro, como si disfrutara de la certeza de que lo estoy viendo. Nunca se acerca del todo. Nunca se va del todo.

Lo peor no es verlo. Lo peor es cuando no lo veo, pero que está ahí. Lo siento en la vibración del aire, en la forma en que los muebles parecen susurrar. A veces, mientras trabajo o leo, percibo su presencia como un calor oscuro, silencioso, y un escalofrío recorre mi columna.

Anoche fue peor.

Intentaba dormir. La noche estaba en calma, demasiado calma. De pronto, un roce suave, apenas un susurro en la pared. Un dedo que se deslizaba, recorriendo la superficie como si palpase mi miedo. Luego otro. Y otro. Hasta que se detuvo justo detrás de mi cabeza.

Mi respiración se volvió lenta, casi imperceptible. No quería que supiera que estaba despierta, que lo sentía. Me congelé.

Entonces, desde la oscuridad, esa voz baja, profunda, casi amable, dijo:

—Hoy sí me ves.

El frío me atravesó como un cuchillo. Sentí cómo el aire a mi alrededor se espesaba, cómo cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos. Sabía que no podía moverme, no podía gritar, no podía huir.

Pasaron minutos que parecieron horas. No había luz. Solo esa sombra, esa presencia. Y de repente, un susurro más, esta vez muy cerca de mi oído:

—No tengas miedo… todavía.

No entendí si era un juego, una advertencia o una promesa. Me quedé inmóvil hasta que la madrugada empezó a filtrarse por la ventana, y él desapareció como si nunca hubiera estado allí.

Pero hoy, mientras escribo esto, siento sus ojos en mí. En cada esquina vacía de la casa, en cada reflejo que intento ignorar. Sé que vuelve, y sé que no me deja ir del todo.

Y sé también algo más. Que no importa cuánto ignore la sensación, cuánto trate de racionalizarlo. El hombre del sombrero siempre vuelve, y yo estoy aquí, esperándolo, deseando no volver a verlo… y deseando saber qué quiere.




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