๐ท️๐ณ๐ ๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐ ๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐๐๐๐ท️
En algunos pueblos remotos del norte, donde la niebla se queda a dormir y las noches parecen no terminar nunca, existe una creencia que no se enseรฑa a los niรฑos, pero que todos aprenden tarde o temprano:
cuando alguien muere con asuntos pendientes, no descansa.
Vuelve.
No vuelve como los muertos de las historias fรกciles.
No arrastra cadenas ni atraviesa paredes.
No aparece en sueรฑos.
Vuelve andando.
Al principio nadie lo nota. ¿Quiรฉn sospecharรญa?
Es la misma silueta cruzando la plaza, el mismo abrigo gastado, la misma forma torpe de encender un cigarrillo que ya no deberรญa encenderse.
Parece cansado, incluso triste.
Como cualquiera que regresa a un lugar que conoce demasiado bien.
Pero hay algo que no encaja.
Siempre hay algo.
Los vecinos lo han visto al anochecer, cuando el pueblo empieza a recogerse y las ventanas se encienden una a una.
Camina despacio, como si contara los pasos.
No saluda primero.
Solo devuelve el saludo si alguien lo hace… y aun asรญ, nunca cambia la expresiรณn.
Dicen que los ojos no parpadean.
Dicen que la mirada pasa a travรฉs de ti, no hacia ti.
Dicen que, cuando se aleja, no se escucha el sonido de sus pasos.
Nunca entra en ninguna casa.
Jamรกs.
Se detiene frente a la puerta.
Siempre frente a la puerta.
Si alguien, venciendo al miedo o a la curiosidad, se atreve a preguntar quรฉ hace ahรญ, responde lo mismo, con una voz demasiado tranquila:
—He olvidado algo.
No explica quรฉ.
No insiste.
No amenaza.
Es peor.
A la maรฑana siguiente, alguien cercano aparece muerto en su cama.
Un familiar.
Un amigo.
Alguien que lo quiso.
No hay signos de violencia.
No hay desorden.
Solo un detalle que nadie menciona en voz alta:
el rostro muestra una calma que no pertenece a los vivos.
Los mรฉdicos hablan de causas naturales.
El pueblo guarda silencio.
Con el tiempo, algunos intentaron racionalizarlo todo.
Hablaron de coincidencias, de enfermedades, de sugestiรณn colectiva.
Pero entonces empezaron los sonidos.
Golpes suaves en la puerta a horas imposibles.
Pasos que se detienen justo al otro lado.
Respiraciones lentas, pacientes, como si supieran que no hay prisa.
Quienes se asoman por la mirilla no ven nada.
Quienes miran por la ventana juran haber visto una silueta quieta, esperando bajo la luz amarilla de la farola.
Siempre la misma postura.
Siempre la misma distancia.
Hay una norma no escrita que todos conocen:
si llama por tu nombre, ya es demasiado tarde.
Algunos han cerrado puertas y ventanas con llave, han apagado las luces, han fingido no estar en casa.
Pero el sonido persiste.
Un susurro exacto, pronunciado como solo esa persona sabรญa hacerlo.
Ese tono รญntimo que no se puede confundir.
Otros han huido del pueblo, dejando atrรกs casas, recuerdos, familias.
No sirviรณ de nada.
Porque lo que vuelve no persigue.
Espera.
Y cuando te detienes, cuando dudas, cuando piensas que quizรก todo fue una exageraciรณn…
aparece.
El pueblo recuerda a los que abrieron la puerta.
A los que hablaron.
A los que respondieron.
Nadie los volviรณ a ver caminar por las calles.
Pero algunos juran escuchar sus pasos, algunas noches, deteniรฉndose frente a otras puertas.
Porque lo que vuelve no quiere entrar.
Quiere que salgas.
Quiere que cargues con aquello que dejรณ atrรกs.
Asรญ que si una noche escuchas tu nombre al otro lado de la puerta,
y sabes —porque lo sabes— que esa voz no deberรญa existir,
no abras.
No respondas.
No mires.
No respires demasiado fuerte.
Porque si lo haces,
ellos sabrรกn que estรกs listo para acompaรฑarlos.
Y lo que no debiรณ volver
no se irรก solo.

Comentarios
Publicar un comentario