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Nacรญ en Coimbra, hijo de Alfonso IV,
en palacios frรญos,
donde la corona dictaba la vida antes que el corazรณn.
Conocรญ a Inรฉs de Castro,
dama gallega de mi esposa Constanza,
y me enamorรฉ sin medida,
con la certeza de que cada instante podรญa ser el รบltimo.
Tras la muerte de Constanza,
mi amor por Inรฉs no cediรณ.
Tuvimos tres hijos,
pequeรฑos refugios en un mundo que nos rechazaba.
Los nobles temieron a los Castro,
temieron que mis hijos heredaran,
temieron que el corazรณn venciera al reino.
Sus susurros y miradas de desconfianza
me siguieron dรญa tras dรญa.
Hasta que la tragedia llegรณ:
en 1355, por orden de mi padre,
Inรฉs fue asesinada en la Quinta das Lรกgrimas.
Mi furia me llevรณ al borde de la rebeliรณn,
pero la intervenciรณn de mi madre evitรณ la guerra civil.
Cuando en 1357 ascendรญ al trono,
busquรฉ venganza.
Los responsables fueron capturados,
y pagaron con la vida de forma cruel:
el corazรณn arrancado,
la sangre de sus actos recordada para siempre.
Pero la venganza no bastaba.
El mundo debรญa reconocerla:
mi reina, mi esposa secreta,
Inรฉs de Castro.
Exhumรฉ su cuerpo,
ya descompuesto,
la vestรญ con galas reales,
y la sentรฉ a mi lado en el trono.
Los cortesanos debieron inclinarse,
besar su mano,
reconocer la verdad que nunca pudieron negar.
Finalmente, descansรณ en Alcobaรงa,
en mรกrmol blanco y silencio eterno.
Mi tumba se enfrenta a la suya,
para que incluso en el Juicio Final
lo primero que vea sean sus ojos,
y que ningรบn tiempo, ni muerte,
pueda separarnos jamรกs.
Mi vida, mi reino, mis decisiones,
todo girรณ alrededor de un amor imposible,
de una pasiรณn que desafiรณ la historia,
la polรญtica y la muerte.
Y aรบn hoy, si cierro los ojos,
siento su mirada sobre mรญ,
eterna,
inquebrantable,
recordรกndome que el amor verdadero
no conoce lรญmites ni final.

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