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Me llamo Matthew Hopkins.
Nadie me nombrรณ.
Nadie me coronรณ.
Pero aprendรญ pronto que el miedo
no necesita permisos.
Nacรญ en una Inglaterra cansada,
con la tierra agrietada por la guerra civil
y las almas aรบn mรกs rotas que los caminos.
Cuando el orden se tambalea,
la gente busca culpables.
Y yo supe seรฑalarlos.
No llevaba uniforme,
ni sello real,
ni autoridad escrita.
Me bastaba con una voz firme
y una promesa sencilla:
yo os librarรฉ del mal.
Asรญ empezรณ todo.
Llegaba a los pueblos como llegan las pestes:
sin anunciarme,
con la certeza de que alguien iba a caer.
Miraba a las mujeres primero.
Siempre a las mujeres.
Las solas, las pobres,
las que sabรญan demasiado de hierbas,
las que hablaban poco
o demasiado.
Dormir era un privilegio
que yo podรญa quitar.
Las mantenรญa despiertas noches enteras,
hasta que el cansancio abrรญa grietas en la mente
y por esas grietas
entraba la confesiรณn.
No hacรญa falta tortura,
solo insistencia,
solo repetir una pregunta
hasta que el silencio se rompรญa.
Buscaba marcas.
El diablo deja seรฑales, decรญa.
Y si no las habรญa,
siempre podรญan aparecer.
Una aguja,
un pinchazo sin dolor,
y ya estaba hecha la prueba.
El pueblo asentรญa.
El miedo siempre asiente.
Me pagaban bien.
Demasiado bien.
Cada aldea agradecida
era una bolsa mรกs pesada
y un nombre menos en el censo.
Decรญan que era justicia.
Yo decรญa que era limpieza.
Durante dos aรฑos
fui juez, verdugo y profeta.
Mรกs de doscientas vidas
se apagaron bajo mi mirada.
Hogueras, sogas, sentencias rรกpidas.
Nadie preguntaba demasiado.
Preguntar era peligroso.
Pero todo cazador depende del bosque.
Y el bosque empezรณ a clarear.
La guerra se calmรณ.
Las preguntas regresaron.
Algunos magistrados
empezaron a mirarme con otros ojos.
Ya no era salvador,
era incรณmodo.
Demasiado eficiente.
Demasiado rentable.
Y entonces hice lo que mejor sabรญa hacer:
desaparecer.
No hubo juicio para mรญ.
No hubo hoguera.
La historia fue mรกs amable conmigo
de lo que yo fui con otros.
Morรญ joven,
dicen.
Pero hay muertes que no importan
cuando el nombre ya ha echado raรญces.
Ahora me recordรกis como monstruo,
como advertencia,
como sรญntoma.
Y quizรก tengรกis razรณn.
Porque yo no inventรฉ el horror.
Solo aprendรญ a usarlo.
Y mientras existan tiempos de miedo,
alguien volverรก a llamarse a sรญ mismo salvador,
alguien volverรก a seรฑalar al diferente,
al dรฉbil,
al incรณmodo.
Y entonces,
sin daros cuenta,
me estarรฉis invocando otra vez.

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