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Me llamo Luis Carlos de Francia,
nacรญ un 27 de marzo de 1785 en los salones dorados de Versalles,
hijo de Luis XVI y Marรญa Antonieta,
pequeรฑo heredero de un reino que jamรกs lleguรฉ a tocar.

Mi hermano mayor, Luis Josรฉ, se fue primero,
dejรกndome la corona invisible sobre mi cabeza
cuando apenas entendรญa quรฉ era la palabra “delfรญn”.
El destino me convirtiรณ en heredero al trono francรฉs
y en prisionero de un mundo que ya no me pertenecรญa.

Recuerdo los jardines de Versalles,
el aroma a flores y a cera,
las risas lejanas de sirvientes y amigos,
los cuentos al borde del fuego,
y los abrazos de mi madre que parecรญan detener el tiempo.

Pero llegรณ la Revoluciรณn.
La alegrรญa se transformรณ en murmullo de miedo,
el oro en cadenas invisibles,
el palacio en jaula.
Tras la fallida huida de mi familia en 1791,
me encerraron en la Torre del Temple,
junto a mis padres,
mientras las sombras de la historia se cerraban sobre nosotros.

Yo era el Delfรญn, el Luis XVII que todos proclamaban,
pero nadie me vio reinar.
Los monรกrquicos exiliados susurraban mi nombre,
y yo, un niรฑo de ocho aรฑos,
escuchaba los ecos de un reino que nunca pude abrazar.

La soledad de la celda era frรญa y larga.
El maltrato, la desnutriciรณn, la higiene deficiente
se convirtieron en mi mundo cotidiano.
Cada pared era un recordatorio de lo que habรญa perdido:
mi familia, mi infancia, mi libertad.

Recuerdo la oscuridad mรกs que la luz,
los pasos del carcelero mรกs que los jardines,
el frรญo mรกs que el calor del sol.
A veces, escuchaba los rumores
de que podrรญa escapar, de que alguien me reemplazarรญa,
pero todo era mentira.
La tuberculosis me robรณ la vida,
y el niรฑo que era Luis Carlos de Francia
muriรณ el 8 de junio de 1795,
con apenas diez aรฑos.

Los aรฑos pasaron y el mundo siguiรณ,
los secretos se escondieron en los muros de Saint-Denis,
hasta que un corazรณn conservado hablรณ,
y la ciencia confirmรณ la verdad:
era yo, Luis Carlos, el Delfรญn olvidado,
el niรฑo que jamรกs reinรณ,
el alma que quedรณ atrapada entre oro, jaulas y susurros.

Hoy mi historia viaja a travรฉs de palabras y recuerdos,
como un lamento que atraviesa siglos,
como un poema que recuerda que incluso la sangre real
no protege de la injusticia ni de la pรฉrdida,
y que una infancia robada puede convertirse en eco eterno
entre los muros del tiempo.




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