✵𝒀𝒐, 𝑨𝒍𝒆𝒊𝒔𝒕𝒆𝒓 𝑪𝒓𝒐𝒘𝒍𝒆𝒚✵ /𝐋𝐞𝐲𝐞𝐧𝐝𝐚𝐬, 𝐏𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐣𝐞𝐬 𝐞 𝐇𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐞𝐧 𝐏𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐚 𝐏𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚/
Nací en 1875, en Royal Leamington Spa,
hijo de Edward Crowley, fabricante de cerveza
y devoto cristiano hasta la médula,
y de Emily Bertha Bishop,
tierna en apariencia, vigilante en el fondo.
Crecí en una casa donde Dios lo veía todo
y el placer era una falta grave.
Mi padre murió cuando yo tenía once años
y con él se fue cualquier idea amable del mundo.
No heredé solo una fortuna considerable,
heredé una soledad rígida,
una fe impuesta sin consuelo
y una infancia saturada de reglas, sermones y miedo.
Me criaron familiares piadosos
que confundían virtud con represión.
Aprendí pronto a callar,
a leer a escondidas
y a sospechar de toda verdad que exigiera obediencia ciega.
Ahí nació mi rechazo.
Ahí empezó mi hambre.
Desde niño supe que la vida común
me quedaba estrecha como un traje ajeno.
Busqué lo prohibido por instinto:
símbolos, lenguas muertas, textos antiguos,
todo aquello que la moral cristiana señalaba como peligro.
La curiosidad fue mi primer sacramento.
En Cambridge no quise diplomas.
Quise grietas.
Escribí poesía, ensayos, blasfemias bellas.
Me volví un ajedrecista serio,
un alpinista temerario,
un lector voraz de todo lo que prometiera profundidad.
Mis primeros viajes interiores
vinieron acompañados de hashís, opio, éter
y alcohol elegido con precisión,
no para huir del mundo,
sino para afinar la percepción.
Anotaba efectos, visiones, errores.
Incluso entonces, la magia ya era método.
La lectura de La cábala desvelada
me abrió una puerta que no volvió a cerrarse.
En 1896, en Estocolmo,
tuve mi primera experiencia esotérica consciente:
una certeza súbita
de que la realidad tenía capas
y que algunas respondían cuando se las invocaba bien.
Un año después ingresé
en la Orden Hermética del Alba Dorada.
Allí aprendí magia ceremonial con Mathers y Allan Bennett:
símbolos, jerarquías, rituales, disciplina.
La magia no era fantasía:
era práctica, repetición, registro.
Pero las luchas internas por el poder
terminaron por pudrir la Orden,
y yo nunca supe inclinar la cabeza
más de lo estrictamente necesario.
Me marché.
Y en Egipto, todo se volvió irreversible.
Rose Edith Kelly fue mi esposa,
pero también fue médium,
conducto, sensibilidad pura.
Ella veía antes de que yo entendiera.
En El Cairo, durante nuestra luna de miel,
una voz se impuso.
Aiwass.
No fue inspiración, fue dictado.
Así nació El Libro de la Ley
y con él Thelema:
Haz lo que quieras será toda la Ley.
El Amor es la Ley, el Amor bajo la Voluntad.
No era libertinaje,
era responsabilidad absoluta sobre uno mismo.
Casi nadie lo comprendió.
Rose pagó un precio alto.
El alcohol y el peso de las visiones
acabaron por quebrarla
y terminó internada en un manicomio.
No la salvé.
La magia no siempre repara lo que revela.
Fundé la Astrum Argentum
no como secta, sino como sistema:
disciplina, diarios mágicos, progreso real.
Nada de fe ciega.
En la O.T.O. llevé la magia sexual
al centro del rito:
el cuerpo como instrumento,
el deseo como energía operativa.
Todo se medía.
Todo se evaluaba.
Mis rituales parecían teatro
porque el símbolo necesita escena,
pero no eran espectáculos:
eran operaciones.
Viajé sin descanso
como si quedarme quieto fuera una forma de morir:
India, China, Ceilán, Birmania,
Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto,
España, Francia, Italia, Suiza,
México, Canadá, Chile, Argentina.
Viví en Londres, París, Nueva York, Berlín, Cefalú.
Escalé el K2, el Kangchenjunga,
permanecí días a gran altitud sin oxígeno.
Mi cuerpo se rompía
y yo lo exigía más.
El dolor me llevó a la morfina,
la morfina a la heroína.
Primero fue medicina.
Luego dependencia.
Nunca me engañé con eso.
Bebí con gusto y criterio:
brandy, champán, absenta.
A la absenta le dediqué un poema.
Desprecié el alcoholismo
porque suplanta la Verdadera Voluntad
y embota el entendimiento.
Tras Rose llegó Maria Teresa Sánchez,
un vínculo más terrenal, menos visionario.
Con ella tuve hijos:
Randall, Nuit Ma Ahathoor Hecate Sappho Jezebel Lilith,
Lola Zaza.
No fui un padre doméstico
ni un hombre fácil de habitar,
pero dejé sangre, nombres y símbolos
caminando por el mundo.
En Cefalú fundé la Abadía de Thelema.
Sexo libre, drogas, naturaleza, rituales,
vida comunitaria sin moral cristiana.
Fue una utopía intensa y peligrosa.
Algunos no resistieron.
La prensa nos convirtió en monstruos
y Mussolini me expulsó.
Antes tuve que retirarme a Fontainebleau
para arrancarme la cocaína y la heroína del cuerpo
como quien se arranca un dios falso.
Escribí sin parar.
Ochenta libros.
Magia, cábala, yoga, filosofía, poesía, novela, pintura.
Con Frieda Harris creé el Tarot Thoth,
fusionando magia occidental, misticismo oriental
y psicología moderna.
Me obsesioné con Jack el Destripador,
con el símbolo oculto tras el crimen.
Me llamaron satanista, perverso,
la Gran Bestia 666.
Acepté el papel:
el escándalo también es un ritual.
Las guerras me encontraron ambiguo.
Espía, agente doble, provocador:
cada cual eligió su versión.
Convencí a Churchill
de usar la V de Victoria
como arma simbólica frente a la esvástica.
Llegué a viejo pobre y enfermo.
Me retiré a Hastings,
sostenido por discípulos y benefactores,
trabajando aún en la Gran Obra.
Heroína para el dolor,
brandy para la noche,
tabaco hasta el último día.
El cuerpo ya no obedecía,
pero la mente seguía trabajando.
Morí en diciembre de 1947,
a los setenta y tres años.
Dicen que el cielo tronó.
Eso es leyenda.
No fui santo ni salvador.
Fui obsesivo, brillante, contradictorio,
cruel a veces, visionario otras.
Un hombre que se negó a vivir pequeño
aunque el precio fuera alto.
Si todavía se me recuerda
no es por la magia,
sino por haber llevado la contradicción
hasta el final
sin pedir perdón.
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