🕷️𝑨𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒊́ 𝒂 𝒏𝒐 𝒓𝒆𝒔𝒑𝒊𝒓𝒂𝒓🕷️
No recuerdo el momento exacto en que morí. Recuerdo el después: el silencio que astilla los huesos, y luego, ese hambre.
Un hambre que no se parece a nada humano; no es un vacío en el vientre, es un parásito en el alma. No pide permiso, no negocia, no duerme. Manda con la fuerza de un naufragio.
Me despierto cada noche con la boca seca, el paladar convertido en ceniza y la conciencia intacta. Eso es lo peor: sigo siendo yo, pero con una ley de hierro dictando tras el pecho.
Camino entre gente que late, seres que exhalan vaho de calor y vida fresca. Puedo oír el tambor de sus arterias, el río espeso y caliente que les corre bajo la piel, acelerándose, rítmico, cuando mi sombra se acerca.
Aprendí a sonreír para que no vean el rictus, a fingir un pulso que no existe, a desviar la vista de esos cuellos que palpitan como promesas. Yo resisto... a ratos. Me prometí no cruzar ciertas líneas, juré por mi nombre muerto no volver a matar.
Pero las promesas se deshacen como carne podrida cuando el instinto empieza a rugir en voz alta.
Esta noche la vi a ella. Olor a perfume barato y a miedo dulce. La acorralé donde la luz no se atreve a entrar, ahí donde el asfalto escupe frío. No hubo palabras, solo el sonido de su ropa rasgándose y el crujido seco, delicioso, de su tráquea bajo mis dedos.
Enterré los colmillos no con elegancia, sino con saña, buscando el surtidor que apagara mi incendio. Sentí el hierro del primer trago, el espasmo de su cuerpo perdiendo el norte, y el gore de la herida abierta, caliente, bañándome las manos. Bebí hasta que el latido se volvió un eco sordo, hasta que sus ojos se quedaron mirando el vacío que ahora soy.
Y al soltarla, el silencio volvió a ser absoluto. Miré mis manos, negras de su vida, y no sentí el asco que esperaba. Sentí un alivio eléctrico recorriéndome la espalda, una descarga de poder que me erizó el vello de los brazos. Por primera vez en esta condena, el fuego en mi garganta se hizo escarcha. Me lamí los labios, saboreando el matiz de su historia, y en ese rastro de hierro y sal, me reconocí.
Vampiro. La palabra vibró en mi cabeza como un tañido de campana fúnebre. No es un mito, no es una máscara de carnaval. Es esta piel de mármol que nunca más sentirá el sol, son estos sentidos que ahora separan el olor del sudor del de la bilis. Soy el depredador que acecha en las grietas del mundo, la sombra que se alimenta de la luz de los otros.
Mientras la observo yacer como un envoltorio roto, un fogonazo de memoria me atraviesa la nuca. Recuerdo un callejón similar, hace siglos o hace días, no lo sé. Recuerdo una figura demasiado alta, demasiado pálida, unos ojos que no eran ojos, sino pozos de aceite quemado. Sentí el mismo frío que yo acabo de impartir, el mismo beso de cuchillas en la garganta y aquel sabor... su sangre mezclada con la mía, un néctar espeso, amargo y brillante que me obligó a tragar. Recuerdo el dolor de mi corazón deteniéndose, el último golpe de un motor que se gripa para siempre, y el grito que se me ahogó en la boca mientras el mundo se oscurecía.
Él me hizo este regalo de ceniza. Él me arrancó el derecho a la tumba.
Ahora, el placer del ataque se transforma en una náusea gélida. El hambre se ha ido, pero ha dejado espacio para el monstruo. Me miro en un charco de agua sucia y no veo mi rostro, solo veo la ausencia de luz, la marca de la bestia. No soy un hombre que cometió un error. Soy el error de la naturaleza personificado.
No soy un monstruo sin memoria. Soy uno que recuerda perfectamente el sabor de su propia humanidad mientras se limpia la sangre ajena de la comisura. Y eso no me salva: me condena.
Esta es mi nueva vida. No eterna. Interminable.

Comentarios
Publicar un comentario