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Nacรญ en Dublรญn,
en una casa donde las palabras importaban
y el pensamiento no pedรญa permiso.
Mi padre, Sir William Wilde,
curaba ojos y oรญdos,
pero tambiรฉn escuchaba al pasado,
recogรญa mitos, folclore, estadรญsticas,
como quien sabe que un paรญs
se entiende mejor cuando se le presta atenciรณn.
Mi madre, Speranza,
escribรญa con fuego.
Poeta, nacionalista, agitadora de ideas,
llenaba el salรณn de voces,
de debates, de cultura y de riesgo.
De ella heredรฉ el amor por el lenguaje
y la costumbre de no callar.
Fui un niรฑo brillante,
un joven aรบn mรกs brillante,
y lo supe.
Trinity College, Oxford,
los clรกsicos, el latรญn, el griego,
y esa certeza peligrosa
de que la inteligencia debรญa ir bien vestida.
Londres me adorรณ.
Yo me dejรฉ querer.
Fui dandi, provocaciรณn con chaleco,
una cita ingeniosa caminando sola.
Mientras otros predicaban la moral,
yo me dediquรฉ a desnudarla
con elegancia.
Escribรญ comedias para que rieran
y no se dieran cuenta
de que se estaban mirando al espejo.
La importancia de llamarse Ernesto,
Un marido ideal,
El abanico de Lady Windermere.
Todo ligero.
Todo afilado.
Tambiรฉn escribรญ un retrato,
uno que envejecรญa por mรญ.
Dorian Gray cargรณ con lo que yo sabรญa:
que la belleza sin รฉtica
termina pudriรฉndose en silencio.
Me casรฉ.
Sรญ, me casรฉ.
Constance Lloyd,
inteligente, culta, escritora, feminista.
Tuvimos dos hijos:
Cyril y Vyvyan.
Durante un tiempo
fui esposo, padre
y hombre respetable.
Pero la verdad no acepta jaulas.
Y yo tampoco.
Mi relaciรณn con Bosie
fue pasiรณn y ruina,
amor y exceso,
un error hermoso
en un mundo que solo tolera
lo que puede fingir que no existe.
En 1895 me juzgaron.
No por lo que hice,
sino por lo que era.
Dos aรฑos de trabajos forzados.
Dos aรฑos para aprender
que el ingenio no sirve de abrigo
cuando la sociedad decide castigarte.
En la cรกrcel escribรญ sin mรกscaras.
De Profundis fue una herida abierta.
La balada de la cรกrcel de Reading,
una verdad cantada despacio.
Al salir, ya no era bienvenido.
Me marchรฉ a Francia
con otro nombre: Sebastian Melmoth.
Vivรญ pobre, cansado,
observando cรณmo la fama
es una amante infiel.
Morรญ en Parรญs,
con mรกs ironรญa que dinero,
y mรกs lucidez que consuelo.
Cuarenta y seis aรฑos.
Suficientes para dejar rastro.
Mis hijos cargaron con mi apellido
hasta que dejรณ de ser seguro llevarlo.
Constance los protegiรณ,
los llamรณ Holland,
los salvรณ del ruido.
Cyril muriรณ en la guerra.
Vyvyan escribiรณ para entenderme.
Y a travรฉs de รฉl,
mi sangre sigue hablando.
Si algo aprendรญ,
es que la sociedad perdona casi todo
excepto la diferencia honesta.
Y que ser uno mismo
tiene un precio,
pero no serlo
sale mucho mรกs caro.

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