🕷️ 𝑬𝒍 𝑺𝒂𝒍𝒖𝒅𝒐 𝑫𝒆𝒍 𝑵𝒂𝒖𝒇𝒓𝒂𝒈𝒐 🕷️
Siempre es el mismo ritual. Cierras las pestañas del navegador, dejando que el zumbido del ordenador muera en el silencio del salón. Apagas la luz y, antes de retirarte, te detienes frente a la ventana. El bloque de enfrente es un panal de vidas ajenas, una cuadrícula de ventanas iluminadas donde cada uno lidia con sus propios fantasmas, con sus rutinas y derrotas que nadie más ve.
Te fijas en la ventana del cuarto piso. Siempre está igual: una luz fría, blanca y quirúrgica que recorta la silueta de alguien que parece leer o escribir frente a su escritorio. Nunca se levanta, nunca estira la espalda, nunca se asoma a ver las estrellas. Te reconforta pensar que es otro náufrago del insomnio, otra alma trasnochadora que, como tú, prefiere la noche porque es el único momento en que el mundo se calla. Esa constancia te da seguridad, una ilusión de normalidad que lentamente se te escapa.
Hoy, por pura curiosidad, decides romper la cuarta pared de cristal. Sacas el móvil y haces parpadear la linterna. Click, click. Un saludo breve. Una señal de humo en el bosque de hormigón. Esperas, sin mucha esperanza, que la otra persona ni siquiera lo note. Pero lo nota. Dos parpadeos secos, medidos. Sonríes; hay alguien ahí fuera. Un gesto casi humano, familiar… y casi reconfortante.
Pero luego algo cambia. La cadencia de los parpadeos se vuelve rítmica, frenética, violenta. No es un saludo amistoso; es un código que no logras entender. Te acercas al cristal, forzando la vista hasta que el frío del vidrio muerde la punta de tu nariz, y ahí lo ves.
No es humano. Lo deduces antes de que el miedo te domine:
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La postura nunca cambia, no se estira, no ajusta la espalda, no se mueve de manera natural.
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Sus movimientos y parpadeos son demasiado perfectos, demasiado rápidos para un ser humano.
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La luz que creías provenir del escritorio emana de él mismo, de sus ojos o de algún centro de su cuerpo que brilla con intensidad antinatural.
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No interactúa con objetos, no escribe, no bebe, no respira como lo haría alguien que está horas sentado.
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Los golpes en la ventana son demasiado precisos y rítmicos, como un mensaje codificado de inteligencia y cálculo, no de emoción humana.
Entonces lo comprendes: lo que tienes enfrente no es un vecino, ni un humano, ni siquiera algo que debería existir. Sus ojos, dos cuencas enormes y brillantes sin párpados, parpadean con una velocidad mecánica. Su cuerpo parece absorber la oscuridad y la luz por igual, y cada gesto es medido, paciente, diseñado para ser observado y para aprender de tu rutina.
Retrocedes, la respiración entrecortada, el corazón golpeando el pecho. Cierras la persiana de golpe. El motor eléctrico cruje como un grito metálico. Te acurrucas en la cama, convencido de que todo ha sido un espejismo, un truco de luces y fatiga visual. Pero entonces escuchas el primer golpe.
Tap. Tap. Tap. Tres cortos. Luego tres largos. Luego tres cortos. S.O.S.
No está pidiendo ayuda. Te das cuenta de que esos golpes son un aviso. La criatura ha cruzado la calle. Ahora sabe dónde estás. Cada mirada que le devuelves, cada parpadeo que haces, le da cuerpo y fuerza. Tu curiosidad le ha dado existencia.
Intentas racionalizarlo. ¿Qué es? ¿De dónde viene? Antes fue humano, o algo muy parecido, atrapado en el edificio y deformado por la soledad y la obsesión. Su cuerpo se transformó, sus extremidades se confundieron con la penumbra, y sus ojos adquirieron un lenguaje propio. Ahora necesita ser visto, necesita ser reconocido, necesita que alguien participe en su mundo para existir.
Te tumbas en la cama, abrazando las rodillas, pero no puedes dejar de mirar hacia la ventana. Cada sombra que se mueve en la habitación parece replicar su forma. Cada crujido del edificio parece un mensaje codificado. Cada parpadeo de luces lejanas se convierte en un código que solo él entiende.
No hay nada que puedas cerrar que lo detenga. Ni la ventana, ni la persiana, ni la distancia entre bloques. La luz que emana de él atraviesa paredes, se infiltra en la penumbra de tu apartamento. Su paciencia es infinita. Observa cada movimiento, cada respiración, cada pestañeo. Aprende. Espera.
Mientras cierras los ojos antes de dormir, un pensamiento se instala en tu mente:
si escuchas un parpadeo en la oscuridad de tu pasillo…
por lo que más quieras…
no enciendas la luz.
Porque ya sabe dónde estás.
Porque ya existe en tu mundo.
Porque tú le diste permiso.


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