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El aire a las diez y cuarenta y cinco de la noche tiene una densidad distinta. Huele a alfombra sint茅tica, a polvo recalentado por los focos del techo y al rastro dulce del perfume que las clientas han ido evaporando a lo largo del d铆a.
Laura conoc铆a el sonido exacto de la soledad en la tienda. No era silencio absoluto; era un zumbido el茅ctrico constante, el crujido sordo de las estructuras met谩licas al enfriarse y el eco que produc铆an sus propias zapatillas sobre el suelo de microcemento pulido.
Dobl贸 un jersey de lana gris. Lo aline贸 con la arista de la mesa de madera.
Al levantarse, la luz del pasillo central parpade贸 una sola vez. Fue un destello microsc贸pico, apenas la vacilaci贸n de un tubo fluorescente al final de su vida 煤til. Laura volvi贸 la cabeza hacia la secci贸n de sastrer铆a.
All铆 estaban las seis figuras.
Eran maniqu铆es de resina mate, sin rostro, con cabezas ovoides y lisas que devolv铆an un reflejo desva铆do de los focos. Uno vest铆a un abrigo de pa帽o; otro, una chaqueta de cuero fino. Estaban dispuestos en abanico sobre una tarima de roble.
Laura pas贸 a su lado camino de la caja registradora. Mientras caminaba, un detalle m铆nimo, casi insignificante, detuvo sus pasos.
El maniqu铆 del abrigo de pa帽o no estaba en la posici贸n que ella recordaba.
No se hab铆a ca铆do. No estaba en el suelo. Sencillamente, su hombro izquierdo parec铆a estar girado apenas dos cent铆metros hacia la derecha, orientado no hacia el pasillo principal, sino hacia la columna de hormig贸n donde ella sol铆a dejar la chaqueta.
Laura se qued贸 inm贸vil. El fr铆o del aire acondicionado le acarici贸 la nuca.
—Est谩s cansada —murmur贸 para s铆 misma. Su voz son贸 peque帽a, ahogada por las moquetas.
Subi贸 a la tarima. Agarr贸 la figura por el torso de resina para corregir el 谩ngulo. La superficie del maniqu铆 estaba tibia. No helada como el pl谩stico expuesto a un climatizador a diecinueve grados, sino a una temperatura rid铆culamente parecida a la piel humana despu茅s de usar un jersey de lana durante horas.
Solt贸 la figura de golpe.
Un chasquido seco reson贸 en el almac茅n del fondo. Fue un sonido breve, como el de una articulaci贸n de madera al encajarse a presi贸n.
Laura baj贸 de la plataforma sin quitarle la vista de encima a la figura sin rostro. Sac贸 el tel茅fono m贸vil del bolsillo. No hab铆a cobertura dentro de la estructura de hormig贸n del centro comercial; la barra de se帽al mostraba una b煤squeda infructuosa y silenciosa.
Camin贸 hacia la caja para recoger las llaves. Los pasos de sus suelas de goma sonaban demasiado fuertes.
Al pasar de nuevo junto a la tarima de sastrer铆a, se detuvo sin querer.
Los seis maniqu铆es segu铆an de pie. Ninguno se hab铆a movido de su plataforma. Pero ahora, los seis maniqu铆es ten铆an la cabeza sutilmente inclinada hacia abajo.
Hacia sus pies.
Laura no grit贸. El verdadero horror no genera alaridos; liquida la capacidad de respirar. La certeza irracional de que algo violaba las leyes del espacio la dej贸 petrificada en mitad del pasillo. La tienda parec铆a haberse expandido; la distancia hasta la persiana met谩lica del escaparate resultaba ahora inusitadamente lejana.
Apag贸 la luz del pasillo secundario desde el conmutador de la pared. La mitad de la tienda qued贸 sumida en una penumbra verdosa, alimentada solo por los carteles de salida de emergencia.
Fue entonces cuando escuch贸 la respiraci贸n.
No era un jadeo humano. Era el roce r铆tmico, 谩spero y pausado de dos superficies de fibra de vidrio frot谩ndose entre s铆 en el interior de un t贸rax hueco.
Fricci贸n. Pausa. Fricci贸n.
Laura dio un paso atr谩s. Su tal贸n choc贸 contra la base de una mesa de exposici贸n.
En la penumbra, la silueta del maniqu铆 del abrigo ya no estaba sobre la tarima de roble. Estaba un metro por delante, posado sobre el suelo pulido, con los brazos ca铆dos a lo largo del cuerpo en una postura perfectamente natural, perfectamente inerte.
Laura ech贸 a correr hacia la puerta del almac茅n. El aire le quemaba los pulmones. Atraves贸 la cortina de tiras de pl谩stico y se abalanz贸 contra la puerta de salida de incendios. Empuj贸 la barra antip谩nico con todo su peso.
La barra baj贸, pero la puerta no cedi贸s. Estaba trabada desde el exterior.
Se qued贸 de espaldas a la puerta, en la oscuridad casi total del pasillo de carga, escuchando el pulso acelerado en sus o铆dos. El olor a cart贸n h煤medo y polvo era insoportable.
Al otro lado de la cortina de pl谩stico, en la tienda, son贸 el primer impacto.
Un golpe seco, pesado, de resina pura contra el suelo.
Luego otro.
Y otro m谩s.
No corr铆an. Se arrastraban con la lentitud torpe de lo que no posee m煤sculos, pero avanza con un peso muerto e implacable. El sonido de los pies de pl谩stico golpeando el suelo retumbaba en la estructura del edificio.
Laura se agazap贸 entre dos pal茅s de madera, cubri茅ndose la boca con ambas manos para contener el llanto.
Las tiras de pl谩stico de la entrada del almac茅n se separaron con un susurro sint茅tico.
Una figura entr贸 en la estancia. Su silueta recortada contra la tenue luz del escaparate era inconfundible. El maniqu铆 se detuvo en el centro del pasillo. Permaneci贸 inm贸vil durante largos segundos, con su cabeza lisa orientada hacia el techo.
Luego, con un crujido de fibra de vidrio que reson贸 en todo el espacio, la cabeza lisa gir贸 noventa grados sobre su eje, mirando exactamente hacia el rinc贸n a oscuras donde Laura permanec铆a escondida.
La figura no avanz贸 m谩s. Simplemente se qued贸 all铆, paciente, sabiendo que la noche era muy larga y que la tienda no abrir铆a hasta las diez de la ma帽ana.
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