饢 饾懗饾拏 饾拡饾拞饾拹饾拵饾拞饾挄饾挀饾拪́饾拏 饾拝饾拞 饾拲饾拏饾挃 饾拵饾拏饾挀饾拞饾拏饾挃 饾挃饾拞饾拕饾拏饾挃 饢
El faro de Punta Entinas nunca necesit贸 tormentas para parecer un despojo. Se alza sobre una franja de guijarros negros y grava donde el mar no rompe: se arrastra. La sal seca ha ido devorando la pintura blanca de la torre hasta dejar al descubierto el hierro oxidado, un tono marr贸n rojizo que recuerda a la sangre seca sobre el metal.
Cuando llegu茅 a la costa a principios de octubre para encarar el turno de mantenimiento, el pueblo m谩s cercano —una hilera de casas de pescadores a cuatro kil贸metros— parec铆a haber entrado en una letargia invernal antes de tiempo. Las barcas permanec铆an varadas en la arena, cubiertas por lonas alquitranadas; las ventanas de la taberna continuaban cerradas con maderos cruzados. El 煤nico sonido era el silbido fino del viento del norte col谩ndose entre los juncales.
El interior de la vivienda del farero ol铆a a aceite de parafina, a s谩banas guardadas en armarios de pino h煤medo y a la cal desprendida de los tabiques.
Los tres primeros d铆as transcurrieron en una calma mon贸tona. Mi rutina se limitaba a revisar los niveles del generador, limpiar la lente de fresnel en la cumbre de la torre y anotar en el cuaderno de bit谩cora la fuerza del viento.
El primer detalle fuera de lugar no vino del mar, sino de la escalera de caracol.
A las cuatro de la madrugada del cuarto d铆a, el zumbido constante de la linterna giratoria se vio interrumpido por un chasquido sordo. Un golpe seco, r铆tmico, como el de un objeto de madera pesada cayendo de escal贸n en escal贸n desde la linterna hacia la planta baja.
Clac. Pausa. Clac.
Me levant茅 del catre. El aire en el pasillo se hab铆a vuelto inusitadamente fr铆o, denso, cargado de un olor penetrante a alga podrida y a fango de fondo marino.
Tom茅 la linterna de mano y abr铆 la puerta de hierro que daba acceso a la torre. El haz de luz cort贸 la penumbra de la escalera. No hab铆a nada en los pelda帽os. Solo una peque帽a mancha de agua salada, espesa como muc铆lago, posada sobre el hierro del tercer escal贸n.
—El viento en la c煤pula —me dije en voz baja. La frase son贸 hueca, desprovista de convicci贸n, ensordecida por la densidad del muro de piedra.
Al quinto d铆a, el mar comenz贸 a retirarse.
No fue una marea baja ordinaria. El agua retrocedi贸 m谩s de trescientos metros mar adentro, dejando al descubierto una plataforma de lecho marino calcificado, gris y agrietado, que jam谩s hab铆a visto el sol. Miles de pececillos y moluscos quedaron atrapados en los charcos, muriendo en un silencio absoluto bajo la brisa fr铆a.
Sin embargo, los p谩jaros no bajaron a comer. Las gaviotas permanec铆an alineadas sobre la cornisa del faro, inm贸viles, con los picos cerrados y las cabezas vueltas r铆gidamente hacia la l铆nea del horizonte seco.
Esa noche no encend铆 el generador. No hizo falta.
Desde la ventana de la habitaci贸n vi que algo en el lecho marino expuesto emit铆a un destello tenue. No era una luz brillante; era una bioluminiscencia verdosa, apagada, que brotaba de las grietas de la roca al descubierto. La corriente de aire que entraba por la rendija de la ventana ya no tra铆a salitre. Ol铆a a pulpa vegetal en descomposici贸n, a la carne blanda de las criaturas que habitan en las fosas donde nunca llega la luz.
Escuch茅 los pasos en la mamposter铆a externa.
No sub铆an por la escalera interior. Algo caminaba por la pared vertical de piedra, escalando desde la base golpeada por la grava hasta la altura de mi ventana. El sonido era el de docenas de u帽as duras, calcificadas, rascando el mortero seco.
Rasg. Pausa. Rasg.
Me pegu茅 a la pared opuesta. La linterna de mano temblaba entre mis dedos, pero no la encend铆. La sugesti贸n es un veneno que requiere penumbra para surtir efecto.
El rascado se detuvo justo al otro lado del cristal de mi dormitorio.
Durante diez minutos enteros, lo 煤nico que se escuch贸 en el interior de la estancia fue el siseo de mi propia respiraci贸n entorpecida por el p谩nico. Luego, un aliento h煤medo empa帽贸 el cristal desde el exterior. El vapor dej贸 una marca grasienta sobre el vidrio, una huella ancha y desprovista de la forma de una mano humana: la impronta blanda de algo que se arrastra y que carece de estructura 贸sea.
No intent贸 romper el cristal. Simplemente continu贸 su ascenso hacia la linterna superior.
Al amanecer, sub铆 a la c煤pula. La lente de fresnel estaba intacta, pero el cuenco de bronce que 褋芯写械褉卸邪铆a el lubricante del engranaje estaba lleno de un polvo ceniciento y denso.
Al inclinarme sobre el mecanismo, encontr茅 el libro de registros de los fareros anteriores, guardado en el caj贸n de la mesa de guardia. La 煤ltima entrada, fechada en noviembre de 1942, no conten铆a datos meteorol贸gicos. Solo una frase repetida con una caligraf铆a temblorosa que ocupaba tres p谩ginas enteras:
«La marea no baja por la luna. El agua se retira porque algo est谩 saliendo del fondo a respirar.»
Mir茅 por el ventanal de la cumbre. El mar no ha regresado. La franja de tierra descubierta se extiende ahora hasta donde alcanza la vista, arrugada, oscura y sembrada de profundas grietas que no dejan de supurar ese vapor verdoso.
Abajo, en la base de la torre, la puerta de entrada de hierro fundido acaba de ceder hacia adentro con un crujido pesado.
No escucho carreras desesperadas ni gritos. Solo el sonido lento de unas suelas h煤medas y blandas comenzando a subir el primer pelda帽o de la escalera de caracol.
Clac. Pausa. Clac.
Permanec铆 inm贸vil junto a la mesa de guardia, con los nudillos blancos apretando el borde de madera rota. El aire en la c煤pula de cristal se volvi贸 tan espeso que cada inhalaci贸n rasgaba la garganta con sabor a salmuera y 贸xido.
El sonido no pertenec铆a a un hombre. Cada impacto contra el hierro desgastado revelaba una masa compuesta por extremidades acumuladas, un cuerpo blando recubierto por caparazones marinos y fragmentos de piel humana que la sal del fondo hab铆a conservado durante d茅cadas. Eran los antiguos fareros; aquellos cuyos nombres figuraban en el registro bajo la escueta nota de «desaparecido en el mar».
La figura irrumpi贸 en la penumbra de la cumbre sin prisas. No ten铆a rostro, solo una acumulaci贸n de cart铆lago ceniciento, algas endurecidas y dos cavidades oscuras supurando l铆quido verdoso. El ropaje que vest铆a, jirones de tela salpicada de salitre, pertenec铆a al hombre que firm贸 la 煤ltima entrada en 1942.
No avanz贸 para atacar. Extendi贸 un brazo r铆gido, cuya piel ten铆a la consistencia de la cera fr铆a, y pos贸 su mano desprovista de u帽as sobre el cristal de la lente de fresnel. El contacto emiti贸 un siseo met谩lico, como el de una plancha caliente sumergida en agua helada.
Al comprender la naturaleza de la criatura, el miedo no desapareci贸; se transform贸 en una resignaci贸n absoluta. El ser no buscaba devorar la carne. Necesitaba un nuevo vig铆a. El mar retiraba sus aguas cada ochenta a帽os para devolver la piel del encargado anterior, desgastada y petrificada por la presi贸n del fondo, y exigir un reemplazo en la torre.
Sent铆 el primer pinchazo helado en la planta de los pies. Una rigidez opaca ascendi贸 por las pantorrillas mientras el aceite de la l谩mpara se apagaba de golpe. Mi piel comenz贸 a perder el color, torn谩ndose cenicienta, recubri茅ndose de una capa fina de sal dura que amortiguaba el pulso de mi coraz贸n.
Cerr茅 el libro de bit谩cora con un movimiento lento y r铆gido. Tom茅 el tintero y anot茅 la fecha de hoy.
El mar ya ha comenzado a rugir en la lejan铆a. La gran marea negra regresa para cubrir las grietas del lecho marino y limpiar el 贸xido del hierro. Y yo me quedo aqu铆, con la espalda pegada a la lente, esperando el turno de la noche.
Comentarios
Publicar un comentario