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Daisy Clark habรญa sido una mujer de silencios, de miradas esquivas y un aire de fragilidad perpetua. Su coma de un mes habรญa sido un eco de su vida, una prolongaciรณn de su ausencia. Cuando el doctor, con el rostro grave de quien ha pronunciado veredictos incontables, anunciรณ su deceso, no hubo sorpresa, solo una resignaciรณn cansada. Fue enterrada en un dรญa de verano engaรฑosamente fresco, la tierra aรบn hรบmeda de una lluvia reciente, en el pequeรฑo cementerio de Saint Jude, a un kilรณmetro y medio de la casa donde susurrรณ su รบltimo aliento. —Que descanse siempre en paz —dijo su marido, Elias, con la voz rota, mientras dejaba caer una rosa blanca sobre el ataรบd. Elias creรญa en el descanso, pero Daisy, en su nuevo estado, ya no lo hacรญa. Las manecillas del reloj se arrastraron hasta la medianoche, y la luna, como un ojo ciego, apenas ofrecรญa luz. Fue entonces cuando un hombre, silueta encorvada y pasos sigilosos, se deslizรณ entre las lรกpidas inclinadas. Silas era su nombre, y su oficio, el m...