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Vivir en un sรฉptimo piso te otorga una falsa sensaciรณn de inmunidad. Desde aquรญ, el mundo es una maqueta silenciosa; los coches son juguetes y las personas, apenas puntos que se desplazan sin importancia. Las ventanas son, en teorรญa, fronteras infranqueables para cualquiera que no tenga alas. O al menos eso creรญa yo hasta que apareciรณ รฉl . La primera vez fue un martes de lluvia. Un reflejo rรกpido, una mancha pรกlida contra el cristal empapado. Pensรฉ que era un efecto รณptico, un juego de luces de los faros de la calle rebotando en el agua. Pero entonces, la mancha parpadeรณ. Era una cara. Una cara humana, pero con esa cualidad estรกtica de las mรกscaras de cera. No hay repisas fuera de mi ventana, no hay andamios, no hay escaleras de incendio que alcancen esta altura. Solo hay vacรญo y una caรญda de veinticinco metros hacia el asfalto. Y, sin embargo, ahรญ estaba, suspendido en el aire, mirรกndome con una curiosidad obscena. Lo que realmente me inquieta no es el miedo a lo desconocido, sino la ...